Colombia en la Encrucijada

   La veterana indiferencia de la sociedad colombiana en cuanto a la crisis nacional es emblemática y casi siempre oscila entre las profundidades de la depresión y las alturas de la euforia. De donde se deduce que la terca guerra civil, constante como lo es en sus razones, no encontrará tropiezos mayúsculos. Es decir, seguirá su curso predecible, al presente alentada por las acciones punitivas de las Fuerzas Armadas, acciones conducentes¾si manejadas con base a una estrategia política igualadora¾a un escenario de negociaciones de paz.  

   Emblemático es de los connacionales radicados en Colombia decir año tras año, matanza tras matanza, genocidio tras genocido,  violación tras violación de los derechos humanos y del Derecho Internacional Humanitario, las mismas consignas inconscientes de rechazo al crimen, al barbarismo, al genocidio. Parece que en Colombia toda persona se  hubiera convertido en plañidera de velorio, tal como si el lamento fuera un sustituto de la acción. A casi nadie se le ocurre decir: “habría menos muertos en Colombia si, en vez de buscar paz, los colombianos buscáramos soluciones”.

  En efecto, el “Plan Colombia” debe mudar a “Plan Colombiano”. Las extenuantes cuanto frívolas exhortaciones para que nos rescaten de la vorágine, directa o por interpuesto organismo,  los norteamericanos o los europeos, deben ceder ante los actos positivos autóctonos, no por la “paz”, sino por la solución de los problemas inherentes a la guerra. Poner banderitas tricolores a flamear no reemplaza el poner neuronas a crear caminos, o hechos a mover voluntades. Toda busqueda ritualista, anecdótica, elegíaca, oportunista  de la “Paz” debe ser trascendida. Que en adelante nadie en Colombia pida la paz, sin antes decir cómo intenta contribuir a obtenerla¾y lo cumpla. Porque es lo cierto que la insurgencia, la contrainsurgencia, el sicariato, el narcotráfico, la corrupción y los asaltos a los derechos civiles y constitucionales contemporáneos no surgieron porque sí, o desaparecerán porque sí. Comporta, entonces, discernir el entramado social que los mantiene activos, comprender la dinámica que los fue forjando como antecedentes y luego cual componentes de la guerra civil que consume a la nación. Y eso no se obtiene balbuceando o diseñando en símbolos pictográficos o en líneas gnómicas la palabra “paz”.  En fin,  por cada marcha o conferencia que se haga por la paz, que haya una contramarcha o contraconferencia por los hechos resolutorios de los subconflictos contributivos a la guerra.

   Mas si la sociedad colombiana es indolente en cuanto a voluntad,  lógico será suponer que sea indolente en cuanto a razonamiento.

 ¿Entiende el colombiano, por ejemplo, que la suma de todos los factores civiles que afectan negativamente al país arroja un total doloso por lo menos tan nocivo y brutal que el redituado por todos los factores de la violencia política, es decir, por los secuestros, extorsiones, voladuras, bombas, genocidios atribuibles  a los alzados en armas?  Estoy diciendo que la  corrupción de la clase política, contratos de dudosa ortografía, compadrismos,  complots, sobornos, cohechos, latrocinios, compra de votos reeleccionistas, la imprevisión del Estado (pérdidas de la banca pública,  incumplimiento de contratos, juicios venales, nóminas paralelas, transferencias clientelistas, hurto,  despilfarro, peculado, complicidad) no por “normales” causan menos desamparo, dolor y, por supuesto, muertes en la sociedad colombiana que el barbarismo antiestatal visible y real que nos azota. En las oficinas del Estado hay tantos facinerosos como en las veredas afectadas por la violencia.   

  Es claro entonces que la guerra civil colombiana, en lo básico, no está configurada por la suma aritmética de varios conflictos, ni por la algebraica de varios agentes, sino por la suma sociológica de varios problemas. Valga decir: en la medida en que a la problemática de la violencia política se continúe aparejando a los atropellos perpetrados por el conglomerado político y la casta hegemónica (dos sectores interactuantes),  la guerra de clases que hasta ahora ha sido mimética, eventualmente pasara a guerra abierta. Por un lado, insurgentes, contrainsurgentes, campesinos sin tierra, obreros sin trabajo y desplazados (el “subproletariado” de que habla el neoconservador Robert Kaplan); por el otro, una casta hegemónica obtusa y una subclase media aquiescente (apuntaladas ambas por el brazo coercitivo del Estado) . 

  ¿Qué hacer? Desde luego, incurriría yo en el mismo facilismo que critico si dijera que la solución luce obvia o sencilla, o que empolla en manos de la derecha antiterrorista o pasta en el monte. Pero lo que sí es inobjetable es esto: la nación colombiana no resolverá sus problemas hasta tanto, (a) un sector mayoritario de la sociedad tome conciencia de sus actuales y reales obligaciones civiles, (b) la casta hegemónica opte por acomodar sus privilegios patriarcales a un nuevo contrato social y económico incluyente de las necesidades implícitas y explícitas propias de la clase subordinada y (c)  se reorganice un buen sector humano de Colombia en una vibrante sociedad civil. Difícil esto, pero posible.

 En cuanto a lo posible: ¿ha tomado conciencia el país de que los inermes, sencillos habitantes de las zonas rurales que se están organizando en innovativas comunidades de autagestión son la prueba más arrequintada de que la inteligencia, responsabilidad y organización cívicas del pueblo raso son suficientes para incidir con peso determinante sobre el curso de los acontecimientos nacionales?  ¿Se da cuenta la nación de que “los de abajo” (insurgentes, contrainsurgentes, soldados de línea, policias, masa rural y obrera)  y no la casta hegemónica, la clase media o la oligarquía nacionales, son quienes están sufriendo de frente y de lleno la casi totalidad de los estragos de la violencia y hallando soluciones prácticas (ya sean de guerra o de paz), es decir, los únicos expuestos a todos los rigores de la lucha y los únicos realmente activos?

   Un modesto miembro de la sociedad civil colombiana, exponente de la clase subalterna, dijo algo que vale por todos los discursos bombásticos de los polílicos, por toda la parla badulaque de los “estadistas” y por el recetario capcioso de algunos periodistas: “Hemos vivido [los pobres] sin los europeos y el Estado. Que se olviden del sueño de que vamos a cambiar los derechos fundamentales por inversión social”. Ahí está la expresión más sublime de que el colombiano humilde lleva consigo la esencia viva de la democracia civil y de que está decidido a defenderla con su vida.

  En cuanto a lo difícil: el nuevo contrato social colombiano --carta de ruta para el futuro-- nacerá del parlamento y trabajo entre los actores centrales del conflicto, cada cual aportando su ideario, intereses y sudor. Pero en un sentido más amplio, el contrato social debe nacer de todos los colombianos. Cuarenta años de sangre han signado de pesimismo y desilusión a la familia colombiana. Igualmente desensibilizado al delito político, al crimen de cuello blanco anda el colombiano, que atento a las posibilidades integrativas de nuevas fuerzas colectivas economicas y politicas que ofrece la coyuntura histórica actual. El primer gran desafío a las generaciones vivientes colombianas radica en enfocar con pupila clara la visión de una Colombiana potenciada al máximo como república, puesto que una sociedad democrática no puede florecer si no es al amparo de una organización republicana clásica. El segundo desafío consiste en efectuarlo.

   Estoy diciendo entonces que el resurgimiento nacional de Colombia no puede definirse sino sobre políticas públicas republicanas que incrementen el talento, la educación, la salud, el empleo y el bienestar general del ciudadano, canalicen de forma eficiente y ética las inversiones públicas hacia esos fines y aseguren la tranquilidad ciudadana a través de recursos cohersitivos estatales legítimos.  Lo que necesita ser agarrado al vuelo es esto: que ese resurgimiento nacional esta atado críticamente a una fiel interpretación del carácter nacional, so pena de caer en aventuras manchegas. Si la nación es una colectividad de personas autoconcentradas, no comunitarias, repelentes en sus fueros civiles, el carácter nacional no será propicio para el cambio. Urgen pues unos ciudadanos motivados por un interes colectivo en la prosperidad, seguridad y calidad de vida de todos. Si la nación no admite corregir el dilema del uso del poder político tal como se ha practicado en Colombia, que ha consistido en no dispersarlo entre todas las capas sociales, en no dejar participar a la clase subordinada en el gobierno y negarle el acceso a los mecanismos estatales, culturales y económicos, entonces ese carácter nacional no será propicio para el cambio. La concentración del poder es causante de desafección y violencia. La concentración del poder en pocas manos garantiza, como lo auguraba Jefferson, una revolución en cada nueva generación. 

   Las soluciones simples al conflicto no existen, por lo cual los colombianos no podemos ser neutrales en el dilema moral del país puesto que un conflicto moral no conoce la neutralidad. El Estado, los gobiernos, los alzados en armas, las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica, todos, son igualmente culpables de la guerra civil colombiana.  La ciudadanía es culpable de acquiescencia con su prolongación.

   Se necesita reinflamar el genio preservativo de la democracia colombiana. Porque una descomposición de la democracia, como la sufrida por los colombianos durante cuatro décadas, es una cosa, otra peor e inadmisible fuera una depresión permanente del espíritu cívico de la nación. O los colombianos nos enjaezamos con las guarniciones que demanda el paso del conflicto a la estabilidad, o dejamos que el conflicto nos siga poniendo el arnés, en detrimento del ideario nacional.

   Estoy diciendo que en Colombia se debe restaurar la confianza pública, porque la prolongada desconfianza de la ciudadanía en el gobierno ha creado la del gobierno en la ciudadanía. La política hegemónica de exclusión ha creado paulatinamente la política sediciosa de protesta. El discurso político de parte y parte y sus prácticas de lucha han devaluado el capital moral sin cuyo acopio y uso no existe república y no existe democracia. Un saludable renacimiento de la civilidad y del espíritu público es inevitable. Y los líderes políticos de la nación deben comenzar a llevar un comportamento ético supeditado al fortalecimiento de los intereses públicos nacionales. La cuestión se complica cuando se entiende que el líder es aquel que va al frente de su gente y época, siendo su intuitividad y olfato más agudo que el común. Debe, por ejemplo, detectar la deshonestidad pública, la corrupción del proceso político, desentrañarlas y denunciarlas antes que nadie y, de contera, someterse al juicio de la ciudadanía, rendir cuentas y proteger la integridad del Estado. Falte esa clase de lideres, falte esa conducta, y la gobernanza se debilita y la gobernabilidad se enreda.

 La agenda que ultimadamente lleve a la paz, nacerá en la mente y el corazón, usará el brazo y pasará por la conciencia de cada uno de los colombianos.   L