AMERICAM TERRA
- EPOCA
PREEUROPEA -
PLAZA &
JANES EDITORES ã
1997
Capítulo
XIV. Destrucción y ruina del Imperio
Mexicano
Aparte 1. Antecedentes
Hablando literal y figurativamente, hemos llegado al último
capítulo de la historia azteca, el capítulo de su destrucción y ruina. Ese
pavoroso acontecimiento ha quedado gravado con caracteres de sangre y con
memorias de espeso heroismo en la conciencia colectiva de la humanidad. El
debate sobre su significado, aún después de casi quinientos años, no da signos
de debilitamiento.
La mortal
depredación sería perpetrada por la nación española, un noble país por entonces
imbuído de un fanatismo religioso limítrofe con la patología, y poseesor de una
pujanza colectiva y de una inconmobilidad de miras con pocos precedentes en la
historia. Su vehemencia se asemejaría tan sólo a la formidable expansión con
que el pueblo árabe transformó al mundo novecientos años atrás, o al horror y
duelo que llovió sobre la Roma indefensa la audaz y artera genialidad del
conquistador Alarico, o la del feroz visigodo Genserico. España arrasaría no
solo con la economía y el derecho, con la religión y la literatura, con el
arte, las costumbres y la lengua, sino con el pueblo americano, al punto que su
actividad depredadora en México merece el epíteto de genocida. Un capítulo,
éste, aún no analizado en su totalidad, ni mucho menos comprendido por nosotros
los latinoamericanos, siendo, como somos, legatarios de la civilización y
practicantes de la religión involucradas en el magno crimen, e incapacitados
como estamos para razonar
“por que [en la Mesoamérica autóctona] sucedieron tales
cosas que los europeos, o los que estamos ya catequizados a la europea, no nos
explicamos sino en demérito de los mexicanos [precortesianos]”. Guzmán,
Eulalia, Una visión crítica de la historia de México… UNAM, 1989.
Es lo cierto que para la primera década del siglo xvi México era
una gran monarquía. Cuando Moctezuma II asumió el poder, entró en planeamientos
administrativos de mayor jerarquía pero, el tiempo andando, la fortuna de
presto le dejo saber, primero, ser llegada una hora por demás aciaga para su
país y, segundo, que el derecho
inconcuso de los emperadores mexicanos al imperio por primera vez parecia
peligrar.
He aquí que cuando en tierra de Anáhuac hacía su curso el año
trece-conejo (1518), un hombre del pueblo le trajo a Moctezuma noticias
precipitadas del litoral marino sobre ciertas torres o pequeños cerros que
venían flotando sobre la superficie de la mar, de cuyos vientres emergían, al
detenerse en isletas y bahías, bípedos parlantes y glotones, muy similares al
ser humano, pero con claras deficiencias, cuales eran una pigmentación de piel
desagradablemente blanca y un exceso de pelos en el rostro. Que “allí estaba en
el puerto una cosa espantosa y grande, redonda, en medio del agua, y que andaba
de aquí para allá por encima del agua, hacia una parte y hacia la otra”. Durán,
Diego, Historia de la Indias…, Grijalbo, 1986.
Con tan ominoso
recado, de inmediato se agolparon en la mente del intranquilo monarca los
presagios que de antiguo venían augurando futuras hecatombes, haciendo en su
juicio extraño matrimonio con las viejas profecías de su religión. ¿Serían
premoniciones del regreso del Hombre-Dios, Quetzalcóatl, en intentos de
reclamar el reino abandonado siglos antes?
Erosionada su
gravedad por la desconcertante nueva, Moctezuma resolvió reunir su Consejo de
Gobierno y consultar a sus sabios. Sus dezasonados servidores leían en sus
lágrimas turbación y pesimismo, no pudiendo el uno o los otros disipar sus
temores. Hipótesis no pocas tejían los grandes del Imperio y dudas ominosas obnubilaban
la gigantesca sagacidad del tlatoani. Mas, como su fama de prudente no era hija
de la exageración, aplicó su atención toda en el problema y ordenó partir hacia
la costa atlántica a sus tres más entendidos mayordomos, con el fin de que
espiaran, haciendo el simulacro de ofrecer ayuda, a las criaturas anfibias, o
de intentar cambiar con ellas objetos de utilidad o de placer, como demostraban
desearlo éstas cuando apartándose de la protección marsupial de sus casas
flotantes, intentaban establecer comunicación oral con los moradores de la
costa.
Recogida que fue
la información deseada por el emperador, regresaron los comisionados a
comunicarle, en un vendaval de palabras y con dibujos en paños de papel, sus
extrañas observaciones. Dijéronle que la comarca había recibido a los
forasteros desplegando su tradicional hospitalidad e intercambiando voces y
signos, con dificultad pero sin impaciencia; que los visitantes alardeaban
tener un gran cacique de inconcebible poder y muy lejano, su rey, y de un hombre
de crecida piedad, sacrificado por turbias razones sobre dos maderos puestos en
cruz, su dios; que eran tan ingenuos estos advenedizos como para cambiar
galanas y valiosas cuentas transparentes o multicolores, traídas nada menos que
del lado incógnito del mundo, por gallinas, por rústicas hachas de color y por
oro; que, no obstante habérseles colmados de amistad, habían dado por exigir
con una arrogancia indefinible pronta incondicionalidad a su lejano rey y
adoración a su victimizado dios; y que, al fin, tras de haber navegado costa a
costa, siguiendo a veces la vía del ocaso, otras la del norte, un día se les
vio tomar la vuelta del oriente hasta desaparecer en el vientre infinito de la
mar.
No fueron pocas las conjeturas provocadas en la capital por tan
extraño fenómeno, porque lo que habían visto los ojos lo exageraba la
imaginación; de tal suerte que Moctezuma y su Consejo permitieron al juicio
ponerse de parte de la resignación, y despachar el enigmático incidente al
reino de lo inexplicable, es decir, de lo divino. Lo que estaba fuera de los
términos de la experiencia no merecía ser recordado; pero la vigilancia de las
costas implicadas en el misterio se duplicaría, caso de que los cerros
flotantes y sus navegantes apetecieran volver a importunar la tranquilidad de
la nación. l
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