AMERICAM TERRA

- EPOCA PREEUROPEA -

 

JAIRO SANDOVAL FRANKY

 

PLAZA & JANES EDITORES ã

1997

 

ISBN: 958-14-0283-7

 

LIBRARY OF CONGRESS CALL #: F1219.73.S28   1997

 

 

 

Capítulo XIV.  Destrucción y ruina del Imperio Mexicano

 

Aparte 1.  Antecedentes

 

   Hablando literal y figurativamente, hemos llegado al último capítulo de la historia azteca, el capítulo de su destrucción y ruina. Ese pavoroso acontecimiento ha quedado gravado con caracteres de sangre y con memorias de espeso heroismo en la conciencia colectiva de la humanidad. El debate sobre su significado, aún después de casi quinientos años, no da signos de debilitamiento.

 

   La mortal depredación sería perpetrada por la nación española, un noble país por entonces imbuído de un fanatismo religioso limítrofe con la patología, y poseesor de una pujanza colectiva y de una inconmobilidad de miras con pocos precedentes en la historia. Su vehemencia se asemejaría tan sólo a la formidable expansión con que el pueblo árabe transformó al mundo novecientos años atrás, o al horror y duelo que llovió sobre la Roma indefensa la audaz y artera genialidad del conquistador Alarico, o la del feroz visigodo Genserico. España arrasaría no solo con la economía y el derecho, con la religión y la literatura, con el arte, las costumbres y la lengua, sino con el pueblo americano, al punto que su actividad depredadora en México merece el epíteto de genocida. Un capítulo, éste, aún no analizado en su totalidad, ni mucho menos comprendido por nosotros los latinoamericanos, siendo, como somos, legatarios de la civilización y practicantes de la religión involucradas en el magno crimen, e incapacitados como estamos para razonar

“por que [en la Mesoamérica autóctona] sucedieron tales cosas que los europeos, o los que estamos ya catequizados a la europea, no nos explicamos sino en demérito de los mexicanos [precortesianos]”. Guzmán, Eulalia, Una visión crítica de la historia de México…  UNAM, 1989.

 

   Es lo cierto que para la primera década del siglo xvi México era una gran monarquía. Cuando Moctezuma II asumió el poder, entró en planeamientos administrativos de mayor jerarquía pero, el tiempo andando, la fortuna de presto le dejo saber, primero, ser llegada una hora por demás aciaga para su país y, segundo,  que el derecho inconcuso de los emperadores mexicanos al imperio por primera vez parecia peligrar.

 

La génesis del misterio

 

   He aquí que cuando en tierra de Anáhuac hacía su curso el año trece-conejo (1518), un hombre del pueblo le trajo a Moctezuma noticias precipitadas del litoral marino sobre ciertas torres o pequeños cerros que venían flotando sobre la superficie de la mar, de cuyos vientres emergían, al detenerse en isletas y bahías, bípedos parlantes y glotones, muy similares al ser humano, pero con claras deficiencias, cuales eran una pigmentación de piel desagradablemente blanca y un exceso de pelos en el rostro. Que “allí estaba en el puerto una cosa espantosa y grande, redonda, en medio del agua, y que andaba de aquí para allá por encima del agua, hacia una parte y hacia la otra”. Durán, Diego, Historia de la Indias…, Grijalbo, 1986.

 

   Con tan ominoso recado, de inmediato se agolparon en la mente del intranquilo monarca los presagios que de antiguo venían augurando futuras hecatombes, haciendo en su juicio extraño matrimonio con las viejas profecías de su religión. ¿Serían premoniciones del regreso del Hombre-Dios, Quetzalcóatl, en intentos de reclamar el reino abandonado siglos antes? 

 

   Erosionada su gravedad por la desconcertante nueva, Moctezuma resolvió reunir su Consejo de Gobierno y consultar a sus sabios. Sus dezasonados servidores leían en sus lágrimas turbación y pesimismo, no pudiendo el uno o los otros disipar sus temores. Hipótesis no pocas tejían los grandes del Imperio y dudas ominosas obnubilaban la gigantesca sagacidad del tlatoani. Mas, como su fama de prudente no era hija de la exageración, aplicó su atención toda en el problema y ordenó partir hacia la costa atlántica a sus tres más entendidos mayordomos, con el fin de que espiaran, haciendo el simulacro de ofrecer ayuda, a las criaturas anfibias, o de intentar cambiar con ellas objetos de utilidad o de placer, como demostraban desearlo éstas cuando apartándose de la protección marsupial de sus casas flotantes, intentaban establecer comunicación oral con los moradores de la costa.

 

   Recogida que fue la información deseada por el emperador, regresaron los comisionados a comunicarle, en un vendaval de palabras y con dibujos en paños de papel, sus extrañas observaciones. Dijéronle que la comarca había recibido a los forasteros desplegando su tradicional hospitalidad e intercambiando voces y signos, con dificultad pero sin impaciencia; que los visitantes alardeaban tener un gran cacique de inconcebible poder y muy lejano, su rey, y de un hombre de crecida piedad, sacrificado por turbias razones sobre dos maderos puestos en cruz, su dios; que eran tan ingenuos estos advenedizos como para cambiar galanas y valiosas cuentas transparentes o multicolores, traídas nada menos que del lado incógnito del mundo, por gallinas, por rústicas hachas de color y por oro; que, no obstante habérseles colmados de amistad, habían dado por exigir con una arrogancia indefinible pronta incondicionalidad a su lejano rey y adoración a su victimizado dios; y que, al fin, tras de haber navegado costa a costa, siguiendo a veces la vía del ocaso, otras la del norte, un día se les vio tomar la vuelta del oriente hasta desaparecer en el vientre infinito de la mar. 

 

   No fueron pocas las conjeturas provocadas en la capital por tan extraño fenómeno, porque lo que habían visto los ojos lo exageraba la imaginación; de tal suerte que Moctezuma y su Consejo permitieron al juicio ponerse de parte de la resignación, y despachar el enigmático incidente al reino de lo inexplicable, es decir, de lo divino. Lo que estaba fuera de los términos de la experiencia no merecía ser recordado; pero la vigilancia de las costas implicadas en el misterio se duplicaría, caso de que los cerros flotantes y sus navegantes apetecieran volver a importunar la tranquilidad de la nación.  l

 

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