EL POLO “CENTRO-PERIFERIA”: DESATANDO CABOS (3)
He apuntado en un artículo anterior que el recurso teórico bipolar “centro-periferia” ofusca el análisis comprehensivo, totalista, del conflicto colombiano, en razón de que lo encasilla dentro de un mecanismo investigativo que invita conceptualizaciones predeterminadas como polares, solicita contradicciones no necesariamente reales, precluye, o por lo menos dificulta, un enfoque compacto multifactorial o metasocial, traba el auscultamiento de fenómenos no disruptivos y opaca los fenómenos contemporáneos conpartidos de manera armónica por uno y otro polo.
Apunté también que la
solicitud central del Informe Callejon con salida, en el sentido de
recomendar que la mayoría de los cambios de comportamiento y mentalidad
necesarios para acabar el conflicto recaigan en los actores rurales del mismo,
se debía en parte a que todos los miembros del equipo de analistas son parte
calificada del “centro”, lo cual afecta su objetividad, como que todo
investigador ve la realidad sensible que lo envuelve a través de los anteojos
que le coloca su clase y su íntimo entorno social (determinando de forma no
probabilista su mentalidad e ideología), salvo si la epistemología que rige su
análisis filtra y desecha, ab inicio,
todo bagaje de clase, prejuicio y tendencia que inevitablemente venga a
enturbiar sus procesos mentales. Dije también que no basta a los analistas
estar conscientes de su parcialidad y que la registren de manera explícita,
sino que les es mandatorio colocar retenes procedimentales suficientes para
identificar las teorías y los postulados fraudulentos que circulan por su
juicio, hasta eliminarlos.
Paso ahora a elucidar la
manera como el Informe coloca sobre la “periferia” el peso casi total de los
correctivos y de las transformaciones necesarias para terminar el conflicto
colombiano y, a la inversa, cómo permite que el “centro”, es decir la clase
dominante, se adjudique un papel de abusiva primacía y fiscalización y formule para sí un régimen preferente y
liviano.
El Informe habla de
“sinergías” entre las estrategias y tipos de políticas públicas para “acabar”
el conflicto. Nótese que el énfasis se pone en la terminación de la guerra, no
en la erradicación de los
condicionantes primigenios que le dieron aliento, o en los que han ido
llegando a disputarle su exclusividad. Esas causas condicionantes,
primarias ¾y su análisis¾ , brillan por su ausencia, lo cual constituye un desenfoque
categórico.
El informe habla de tres
“circunstancias singulares” que agravan el conflicto, pero ninguna menciona la
desigualdad histórica entre la clase dominante y la subalterna, ni el
registrado historial de hambre y rebeldía que esa desigualdad ha dejado a lo
largo del periplo histórico de la familia colombiana.
Obsérvense los resultados que
desea el Informe: ”El propósito de las políticas públicas [para erradicar la
guerra] es incidir sobre [los estímulos
del entorno], esto es modificar las señales percibidas por el actor, en nuestro
caso, por los combatientes…” Obsérvese además que el énfasis se coloca sobre el
acto de “modificar” la mentalidad de las masas subalternas
inmediatamente involucradas en la guerra. Y aunque es patente que no se trata
de una manipulación fascista, sí se trata de una manipulación, bien
intencionada, por supuesto, y quasi voluntaria. El informe, pues, acusa a los
actores rurales del conflicto de incapacidad para ¾y de un no derecho a¾ determinar por sí mismos lo que les es conveniente
y la manera de lograrlo. En lo analítico, el informe está invalidando la
función del factor “emic”[1]
y el de lo mental en el estudio del proceso confrontacional que estudia.
Ahora bien, me apresuro a
dejar constancia de que la intención formal del Informe no me parece sesgada,
pero si incoherente. Esto se nota, por ejemplo, en la abundancia de enunciados
teóricos de gran muscularidad científica que salpican la obra, seguidos de
cánones procedimentales contrarios al sentido de las teorías expuestas. La
razón de esta antinomia parece ser que, en el fondo, los analistas se suscriben
a conceptos los más válidos de la literatura social científica (nótese la
seriedad de las obras citadas) y se estiman éticamente obligados a aplicarlos
con profesionalismo, pero que esta actitud
es apenas ritualista y epidérmica. Al final, la complejidad del
análisis, los estímulos de clase, sus preferencias socio-culturales, sus
caprichos conceptuales, su propincuidad a los poderes del Estado y a los
gobiernos y la fuerza apabullante del establecimiento y del “peer pressure”,
son suficientes a pincelar en color pastel sus metodologías.
El informe ofrece once
estrategias para acabar el conflicto. Luego tabula seis tipos de señales que
estimulan a los actores a cambiar. Lo ilustrativo aquí es que ni las tres
circunstancias singulares, ni las once estrategias, ni los seis tipos de
señales, aluden, tocan, involucran o comprometen a la clase dominante y menos
aún a las élites de poder, de riqueza y de estatus. Sencillamente el Informe
aglomera la responsabilidad y la tarea del cambio social colombiano casi que
exclusivamente en la clase subalterna.
Quiero decir que si las
soluciones no son un producto del diagnóstico, son apriorísticas, y que si la
clase subordinada no hace aportes sustantivos y explicitamente señalados
al diagnóstico, éste será invalido.
Al Informe le incumbía (según
su canon verbal: “es preciso ‘ponerse en los zapatos‘ de cada actor, mirar las
cosas desde su punto de vista”) racionalizar y darle cabida declarada a
las opiniones y decisiones que hubiese tomado la clase subordinada y valorarlas
de forma análoga a las de las élites.
El informe debía haber
apuntado de forma específica cuáles son las conclusiones de esa clase
subordinada en cuanto al estatuto antiterrorista, al papel que juega Estados Unidos
en el conflicto, a su participación activa en la formulación de las políticas
públicas nacionales, a las falencias del sistema judicial y su reorganización,
a la punición de los delitos de cuello blanco, a los delitos de las Fuerzas
Armadas, al manejo de la economía, a la cultura y la educación nacionales, a
los cambios necesarios en el régimen de tierras y en la distribución del
ingreso y el empleo, a la fiscalización de un Congreso felón e inoperante, a
los nexos de corrupción Estado-Gobierno-Poder Legislativo-Sector Corporativo,
al gasto público, a la violencia de Estado, al desplazamiento, a la
infraestructura rural, a la salud pública, a la política internaciónal de
Colombia, a las negociaciones de paz, al manejo social del campo, al problema de
la droga, a la gobernanza departamental y local, a la inclusión del campesinado
y los asalariados en altos cargos gubernamentales, a la política petrolera, a
los medios de comunicación y las comunicaciónes en general, a la función y
autonomía de la sociedad civil, etc.
Todo esto¾que es de incumbencia
para obreros y campesinos¾todo esto es
indispensable para salir del callejón y es también, en el sentido mas
amplio y noble del termino, “desarrollo humano”, especialmente en un
país que lo ha mancado por siglos.
En resumen: los cambios
recomendados para el “centro” se limitan a describir el aparato y la función
del Estado y a elaborar una presentación exegética, nominal y esquemática de
correctivos. En lo tocante a los cambios recomendados para la “periferia”, aquí
sí que se solicitan alteraciones sustantivas: idetificarse la masa con las
autoridades (¡pequeña tarea sicologica!); ganarle la batalla por “los corazones
y las mentes” a los actores rurales (¿por qué?); neutralizar las acciónes
militares rebeldes, derrotar a insurgentes y paramilitares ¿cómo y hasta qué
punto?)…
Estoy diciendo que el Informe
amerita ser reanalizado y reestructurado en base a epistemologías, teorías y
métodos más en concordancia con la realidad de una nación victimizada por una
cruenta división en clases sociales, la cual se originó en tiempos remotos, se
exacerbó con la política sectaria de más de un siglo, se radicalizó con la
injusticia social[2] permanente,
se ha disimulado y escondido bajo los subterfugios de unas élites modernas nada
inclinadas a ceder uno siquiera de sus privilegios y se ha perpetuado bajo las
maquinaciónes de un Estado que los mantiene intocados y la duplicidad de una
Iglesia que los ha codisfrutado siempre.
Desátense los cabos y
vuélvanse a atar… mejor. L
[1] El significado de los términos “emic” y “etic” y su función en la explicación social es atendido en el artículo titulado “El pórtico indispensable para Callejón…”, partes “uno” y “dos”.
[2] Injusticia Social. Una apostilla sobre el término “Injusticia Social” es atendido en el artículo titulado “La guerra y la paz”, perteneciente al archivo “Colombia”, y una explicación más a fondo, en la serie de artículos titulada “Injusticia Social”.