La “Neodemocracia” colombiana como paradigma hemisférico    

    En la época actual, dos proposiciones políticas claves pero al parecer antagónicas tienen aplicación válida para la turbulenta República de Colombia, a saber:

   1. Que en términos político-sociales Colombia es el país latinoamericano más desarticulado y caótico.

   2. Que Colombia se perfila como la vanguardia exitosa de una nueva democracia continental.

   Todo en el caos actual de Colombia tiende a corroborar lo primero --su desarticulación-- y a ofuscar o refutar lo segundo --su promisoria democratización.

   Sin embargo, la neodemocracia colombiana se viene manifestando de tiempo atrás como el producto epigenético (modelado en el curso) de la prolongada descomposición política de la República. O, si se quiere, que en el mismo caos que golpea a la nación se consolida el desarrollo democrático,  va implícita y se vislumbra la epifanía de la Colombia del siglo xxi. Un cambio que inteligentemente manejado podría conventirse en un paradigma social para una buena parte de América Latina. Nuestra barbarie presente podría ser, entonces, el heraldo de una benigna mutación democrática. Colombia tendría razones para abrigar confianza en sus capacidades innatas y en su futuro.

Obstáculos de forma.

   Pocos colombianos comulgamos con lo anterior y menos lo dan por practicable. Encasquetados de antiguo en el nebuloso parroquialismo de ideologías y prejuicios (aquellos que todos decimos no tener), ya individuales, ya de grupo, admitimos sólo los absolutos de nuestros idearios y los damos por inajustables con los opuestos: los cromatismos del gris no se palpan en el país, el blanco y el negro son categóricos.

   Así tal, todo entre nosotros es o no es; el concepto de que algo pueda, al mismo tiempo, ser y no ser nos resulta inconcebible. A la historia colombiana, por ejemplo, se le representa como la crónica del barbarismo, o se la epitomiza como la narrativa de la democracia. Al conflicto presente lo arreglan o “el arma de los argumentos”  o “el argumento de las armas”. La insurgencia personifica la barbarie, o es el futuro del país. Se debe dialogar entre balas o entre bambucos. La violencia es estructural y endémica, o es apenas coyuntural y episódica. El buen logro de la política colombiana solicita como antecedente la existencia de la paz, o para obtener la paz urge arreglar de antemano la política. Estas y otras son las antinomias irreconciliables que esgrimimos para evitar pensar a fondo.

   Articulado de esta forma, el actual pensamiento colombiano constituye un enfrentamiento pugnaz entre opiniones monolíticas, estériles para el diálogo y, por ende, para la construcción de propuestas suasorias o la implementación de decisiones consensuadas. Dicho de otra manera, el actual "debate" por Colombia, al permanecer encasquetado en el lecho procusto de su inflexibilidad, imposibilita un análisis diacrónico--es decir, dinámico, móvil--de la problemática nacional, o un intercambio vigoroso y racional de ideas disímiles, únicos expedientes capaces de arrojar conclusiones efectivas. Continúese desconociendo, pues, que del comercio activo y de la síntesis de juicios opuestos brota el cambio y se estará colocando un limitante de hierro, primero en la elucidación, luego en la solución de nuestros problemas.

Problemas de hecho.

   Pero, claro, no es en la esfera de la conceptualización de nuestro conflicto donde se hallan sus causas o estriban sus soluciones, sino en el conflicto mismo. Y de ese conflicto puede predicarse, sin incurrir en bombasticismos o en error, el siguiente apotegma:

 El carácter integral, absoluto, todo-envolvente y el alcance transectorial de la pugna social colombiana actual están haciendo de la República de Colombia el primer (y por ahora el único) país hispanoamericano capaz de resolver a satisfacción el desquiciamiento político-social que se enquistó en el continente desde la génesis misma del Estado español.

   Valga decir, Colombia--de manejar bien las cosas--sería el primer país del área en ponerle fin a las injusticias sociales que comparten las naciones de nuestro continente y, por lo tanto, el primero en llegar al estadio superior de la democracia liberal. Y todo eso sin que en el cruento proceso se abran las compuertas a los expedientes dictatoriales o se retrograde en materia de derechos y libertades civiles. Escolio: la violencia--partera histórica de toda nueva sociedad—ha vapuleado a la República, pero nos lanza con igual fuerza al camino de la luz. Nuestra tradicional democracia crece: quedamos y seguimos; somos y no somos diferentes.

   Conscientes de lo anterior, ¿podríamos los colombianos suscribirnos a los siguientes enunciados?

   Nuestra violencia política, por execrable que sea,

a)       es directamente proporcional a la intensidad y al número de los desequilibrios sociales que la alimentan;

b)       es más un proceso de regeneración que uno de descomposición;

c)       ha proliferado porque el Estado ha venido contribuyendo por acción y omisión a exacerbarla;

d)       puede ser erradicada mediante una tinosa combinación de fuerza y de persuasión pacífica;

e)       perdurará hasta que todos los "colombianos de bien" nos responsabilicemos por su virulencia y cesemos de pensar que del exterior o de un mago local nos llegaran las soluciones;

f)         no podrá ser erradicada si la sociedad civil colombiana no se involucra empíricamente en su análisis, promueve su entendimiento, sobrevigila su desmantelamiento, es  decir, actua;

g)       tampoco si los Gobiernos incrementalmente se autodefinen árbitros y unicos ejecutores del proceso reformatorio;

h)       no disminuirá hasta tanto la insurgencia y el paramilitarismo no se persuadan de que conformando, como conforman, las dos caras de un Jano enajenado, si no conviven, no viven. Y de que si no cambian los cilindrazos de la muerta por las campanadas por la vida, su lucha se antoja esteril y sus reivindicaciones inmerecidas;

i)         regresara inexorablemente si de la paz negociada no surge el arreglo de clases que, por primera vez en la historia del país, solucione a satisfaccion de los afectados el problema de la tierra, el empleo, la salud, la educación y la inclusión politica.  

   Dándose por aceptado lo anterior, una cosa salta de inmediato a la vista, ésta: que ni el Estado colombiano, ni los gobiernos nacionales, ni el conglomeradp político (que rige y por lo general entorpece lo politico), gozan de los antecedentes o deben monopolizar el herramental  para liderar el tránsito a la nueva democracia que objetiva y subjetivamente demanda Colombia.

   Es por eso que sobre la sociedad civil colombiana recae (como en momentos de crisis ha recaído en la de otras colectividades democráticas occidentales) la tarea de reproducir--con la anuencia del Estado y el sector privado-- y en un plano político más elevado que el actual, los vestigios sanos y redimibles de la maltrecha estructura democrática nacional. Urge, entonces, a la sociedad civil, encontrar  dentro y fuera de Colombia lineamientos y formas de accion que, mutatis mutandis, apliquen en el país y empalmen con los del sector público y del  mundo corporativo de mercado.

El dilema de las soluciones.

   Dando por aceptables los anteriores puntos, pareciera obligatorio buscarle al conflicto colombiano una solución definitiva. Sin precipitaciones, asi sea intensa la fatiga con la guerra, excesivo el derramamiento de sangre y urgente la paz. Y aunque implique mayores sacrificios por parte de los colombianos ya victimizados, y nuevos por parte de la ciudadanía hasta ahora poco tocada por la guerra. Y aunque signifique, como debe significar, abandonar el escapismo soporífico de las cintas amarillas y expeler toda absolución personal de conciencia que no pose sobre el sacrificio individual por Colombia. “Ask not what your country can do for you; ask what you can do for your country”.

   Porque una cosa sí es indubitable, y es esta: que si el país, arrastrado por la fuerza de la insensibilidad, el cansancio o la irresponsabilidad, indujera el alumbramiento de la tan anhelada tranquilidad pública, sin antes erradicar los microbios históricos  que originalmente provocaron los brotes armados, entonces la inmediata como inevitable acumulación de nuevos excesos de clase espolearían el resurgir de los viejos humores. Y estariamos exportando a las generaciones de nuestros hijos y nietos los problemas que por una u otra causa--la ineptitud y el ocio, entre otras—nuestra generación no supo o quizo encarar y resolver. Inadmisible suceso para Colombia y nada ejemplar para el hemisferio que tendría en Colombia un paradigma utilizable. L