La implantación española en la Nueva Granada
La implantación de España en la Nueva Granada, efectuada en el
siglo xvi, resquebrajó en su totalidad el sistema social y económico de los
indígenas. En su lugar vino a nacer un nuevo orden, en el cual el peninsular
ocuparía la cúspide de la pirámide y el indígena la base.
En el siglo xvi,
una España avida de riquezas y acosada por el despertar capitalista de Europa
desbordó sus mesnadas conquistadoras a lo largo y ancho de un nuevo orbe
incluyente del territorio que en poco tiempo se conocería como la Nueva
Granada. Oro, tierras y mano de obra serían los elementos que necesitaría para
mantener su poderío militar y político en Europa y para crearlo en el
territorio neocontinental usurpado a los indígenas.
Poco a poco las
riquezas y la tierra neogranadinas pasaron a manos peninsulares y los indígenas
a constituir un grupo humano incrementalmente dedicado a trabajar para los
españoles, habiendo perdido sus medios de producción. Los hispanos
monopolizarían en adelante la incipiente economía, la tecnología, los mercados,
y con su creciente poder definirían y jerarquizarían el grado de autonomía de
su grupo y del autóctono.
La fuerza fue el
instrumento crítico de la dominación hispana. Hábiles procónsules, feroces
soldados y religiosos abnegados y casuistas fueron los forjadores de la nueva
sociedad granadina. La fuerza, pues, obró como el catalizador del cambio y se
insertó desde un principio en el accionar y en la mente de los Conquistadores.
Como la violencia
fue la partera de la nueva sociedad, su ahijada no podía ser sino la
injusticia. Ambos elementos perdurarán hasta nuestros días, como que el sistema
impuesto por España traía consigo el germen divisionista dominadores/dominados, sobre que iría
surgiendo, al tenor de los cambios de corte económico, la división social en
clases.
Nadie menos que el
insigne Fray Bartolomé de Las Casas ilustra el pillaje neogranadino oficiado
por los españoles: “El año de 1539… concurrieron muchos tiranos [a la Nueva
Granada] y desde Santa Marta y Cartagena… descendieron a penetrar aquellas
tierras [de la Sabana] llenas de infinitas gentes… Y muchos inicuos y crueles
hombres que alli concurrrieron de otras partes… eran insignes carniceros…”
Lo sustenta el
mismo Adelantado Jiménez de Quesada, quien conoció bien el saqueo hecho de los
tesoros indígenas: “Era cosa de ver sacar cargas de oro a los cristianos a
las espaldas, llevando tambien la cristiandad a las espaldas”. ¿La máxima
predilecta del Adelantado? “Asegurar la caza [de los indígenas] con
arte y sujetar estas naciones con maña”.
El historiador
Restrepo Tirado lo confirma: “Santa Fe, en sus primeros días, amasó su historia
con tremendos elementos de pasión o pugna de castas, odios de razas y feroz
fanatismo…llegamos a la conclusión de que nunca se disfrutó, durante la
dominación española, del bienestar”.
Los cronistas de
aquella época dan cuenta de la manera como se fue consolidando la
estratificación entre poderosos y débiles, entre ricos y pobres, entre los
pocos de arriba y los muchos de abajo, entre españoles y naturales.
Fray Pedro Aguado,
en su Recopilación Historial alude, en el siglo xvi, a la fuerza usada
sobre el indigenato: “Diversas armadas de Españoles [llegaron a Cartagena] a
haber oro de rescate, como a saltear los indios y hacer esclavos de ellos…
porque ni oficiales ni jueces les iban a las manos…”
En un auto del
Archivo de Indias, en Sevilla, se lee: “Diego de Villafañe, Visitador… hizo las visitas de [Ibague y Tocaima] en donde se ha comprobado los malos
tratamientos y excesos cometidos contra los naturales”. Similares autos
hablan del mismo vejatorio tratamiento en todo el territorio del Virreinato.
Acusación
semejante hace Lucas Fernández de Piedrahita, en su Historia general de las
conquistas del Nuevo Reino de Granada: “… “En las entradas hechas por el
adelantado [Jiménez de Quesada] y su hermano, especialmente en el Zenú [Sinú]
los indios eran maltratados… les consumían los mantenimientos hasta hacerlos
perecer de hambre…”
Refiere fray
Alonso de Zamora en su Historia de la Provincia de San Antonino del Nuevo
Reino de Granada: “Estas poblaciones [del Valla de Upar] hallaron sus
casas quemadas y a sus habitadores [indígenas] fugitivos de las hostilidades
que hicieron los alemanes con su general Ambrosio Alfinger… memoria abominable
de sus atrocidades”.
Empero, no toda la
tarea de sujeción se hizo con armas de metal y fuego. Las armas sicológicas
fueron blandidas por los conquistadores de la Cruz: “el medio más
proporcionado de los Misioneros… para modificar a los bárbaros es agasajar
mucho, regalar y tomar en brazos a sus hijuelos… Y después de reducidas
aquellas familias… escoje el padre Misionero los chicos… este es un favor que
hara reducir últimamente a sus padres…”, apunta Jose Gumilla en la Historia
Natural… de las naciones de las riveras del Río Orinoco.
Este comentario de
Fray Pedro Simón registrado en su Noticias historiales de las conquistas de
Tierra Firme en las Indias Occidentales es bastante significativo:
“[después de rendirse a los españoles en 1544] sintieron los caciques y
principales el haber bajado de señores a criados”. Simón se refería a los
caciques de Vélez, pero sus palabras son un paradigma que aplica a todas las
regiones de la Nueva Granada. Al ritmo bárbaro de la subyugación, los indígenas
principales iban cambiando de estatus social, de señores a siervos; luego
cambiarían, con todos sus congéneres, de clase social, cuesta abajo.
La regla de
conducta, independiente de la legislación regia o las normas religiosas, era la
de sujetar y doblegar a los productores primarios de riqueza con una política
de arrasamiento y subordinación. De un jerarca católico de la Isla de Santo
Domingo--de la que al principio la Nueva Granada dependía-- sale la
requisitoria más tajante al modus operandi del conquistador granadino: “…hacer
una entrada con la más gente que se puede para robar el oro y lo que los indios
tienen. Y vueltos a la ciudad [los conquistadores] comen de lo robado…y cuando se les ha acabado, júntanse y van a
otra parte para hacer otra entrada y traen el mas oro que pueden…”
En resumen, la esclavitud, el rescate y el
saqueo fueron mecanismo consuetudinarios de dominio. El objetivo era, y no podía
ser otro que la acumulación capitalista. Organizar a los indígenas, negros y etnías
no blancas de tal manera que con su producción y/o trabajo creacen el excedente
económico con que el conquistador iría a progresar, la Iglesia Católica a crecer
y la Monarquía Hispana a imperar. Cuestión de poca monta era a los hispanos adelantar
la acumulación de riquezas a las buenas o a las malas, y el látigo ganó la
parada. Es cierto que el Emperador
Carlos V trató de suavizar con leyes la suerte de los naturales y de las
toneladas de negros importados, pero aun esta medida tenía un fin utilitario,
si es que se iba a evitar la bancarrota de la empresa americana: conservar la
viabilidad física y mental de la masa humana que producía las cuantías de riqueza
y las utilidades.
Con el correr del
tiempo, los descendientes de los hispanos pobres cayeron de la clase dominante
a la subordinada. No existe género de incertidumbre sobre que la fuerza dividió
en dos sectores a la incipiente sociedad granadina, la clase dominante de los
acaudalados descendientes de españoles, por un lado, y el criollo pobre, el
negro, el mestizo, el mulato y el indígena, por el otro. El siglo xvi fue aquel
en que se inicio la estratificación social del Reino, lo que conduciría a la
consolidación de la división de clases en el siglo xvii y siguientes.
Durante doscientos
años se fueron consolidando las élites criollas, gentes acaudaladas hijas de
españoles pero nacidas en Nueva Granada. Su poder creció al paso de su
enriquecimiento. Entraron paulatinamente en colusión con los peninsulares que
detentaban el poder. Pero eventualmente buscaron rapar para sí ese poder que
para principios del siglo xvi apenas sí demoraba de las decadentes manos “extranjeras”
que malgobernaban el virreinato.
Obtenida la deseada independencia nacional, ya en el primer
tercio del siglo xix, se vino a oficializar la segmentación clasista de la
Nueva Granada. La Revolución de Independencia fue el mecanismo de lucha de
aquella clase criolla en busca de empoderamiento, la cual citó a las clases
dominadas para que, bajo el señuelo de la emancipación--la cacareada
“Libertad”--lucharan por la victoria sobre los debilitados peninsulares y por
la obtención del sistema republicano de gobierno. No sabían estas clases
desfavorecidas que el grito de independencia seria un canto de sirena
multiplicador de sus desgracias. Ni que esa desigualdad aún existiría en el
siglo xxi, doscientos años más tarde. L