Desde que en
tiempos de la Independencia el autocrático y a la par demócrata Bolívar, y
Santander, el artífice cartesiano de las leyes y el derecho, se disputaron en
la palestra de las ideas y del accionar político la preeminencia del
autoritarismo y del acato institucional, Colombia ha sido tierra de políticos
ladinos. También ha sido vivero de buenos estadistas.
Y desde que España
clavó en suelo, hoy colombiano, su estandarte, hizo papilla o puso a sudar
sobre la tierra a los habitantes locales, gatillando un seudo-capitalista
retardatario y dando rienda suelta al fanatismo de sus dogmas religiosos, desde
entonces a hoy, cuando la sangre continúa empapando ciudades y veredas,
Colombia ha sido un inmitigado campo de batalla. También ha sido un gran
repositorio de enunciados y actividades democráticas.
La concatenación,
en el tiempo, de estos determinantes (unos de actuacion otros de pensamiento)
ha hecho de la nación colombiana dos cosas a la vez: 1. una no-democracia y 2. una democracia funcional.
Esta aparente
antinomia no tiene nada de absurda. Es, al conceptualizarla, el determinismo
probabilista como un país hispanoamericano desenvuelve la doble raigambre de su
herencia y de su contradictorio desarrollo.
PRENOTANDOS DE LA DEMOCRACIA COLOMBIANA
A manera de
antecedente teórico, valga enfatizar que la democracia no es una abstracción
divorciada de la realidad externa y empírica o de su bagaje histórico, cual si
se tratase de un constructo mental al cual debiera supeditarse la realidad
política de las naciones. Memoria histórica y democracia van de la mano. Al
principio del ciclo, la democracia rompe como razón práctica para sublimarse
luego como razón teórica: “Actúo, luego
existo”, podria decir la democracia. De
tal manera que la democracia republicana en Colombia aflora como la superposición
de la corriente igualitaria y popular del liberalismo moderno, extraído de
Europa, pero asentado sobre las
experiencias y logros coloniales de la Nueva Granada.
La querella
hispana contra el Moro durante el período de la Reconquista peninsular se había
venido a remedar en las tierras coloniales de America en el ecuménico trabajo
de la reducción, esta vez del indígena. Los elementos progenitores de la
posterior democracia colombiana se construyeron sobre el arreglo político que
la actividad española instauró en suelo neogranadino, actividad que reflejaba
el estado actual peninsular.
En España, de 1500
en adelante, la nefanda confrontación entre la nobleza y las ciudades, el
establecimiento de la Monarquía absoluta, el anticuado patrón feudal de
pensamiento social, la falta de una infraestructura industrial (como la que se
gestaba a la sazón en Inglaterra), el elitismo en las prácticas comerciales de
Hispania con sus colonias, la ausencia de una burguesía metropolitana capaz de
estimular el crecimiento industrial y la fatal simbiosis entre la Corona y la
Iglesia, habían creado un inadecuado sistema de gobierno, el cual inficiono a
todo el Imperio Español. Eran los tiempo en que nacía la Nueva Granda y, por lo
tanto, los patógones peninsulares se inyectaron en las instituciones y en las
formas de pensamiento de estas tierras.
En dicho
territorio, la injusticia social[i],
que al principo colonial laceró solo al indígena, poco a poco fue cayendo sobre
la clase promiscua de europeo y nativo, sobre el negro, sobre el sambo y el
mulato y sobre el hispano-americano empobrecido (el mismo que en ocasiones
reclamaban: “Que yo tengo muger e hijos y no tengo un pedacillo de un recodo
de tierra en que vivir…”)… De esta situación de injusticia generalizada a
la violencia endémica que mancharía de
sangre la alta época colonial no había sino un paso. Y de entonces acá la
historia de Colombia vibra agitada por
el desarrollo sangriento de ese antagonismo de clases.
Mas, paralelo al
cuadro anterior, venía su antítesis. En la Europa renacentista se hizo patente
la preeminencia española en los campos de las armas y el poder, los cuales
efectos repercutirían en la colonia neogranadina.
Las armas
españolas se extenderían no solo al teatro europeo sino desde el trópico de
Cancer hasta el de Capricornio. El poder, aplicado con sutil o dura energía,
llevaría a España al cenit de la gloria. Y la teoría tomista del Estado se
insinuaría como el armazón político de la Conquista. El Virreinato de la Nueva
Granada absorbería estos efectos.
En esta posesión
española, como en otras, España hubo de formar un Estado, en cuyo epicentro se
conjugarían teorías de gobierno que la filosofía y la política
romano-cristianas por entonces colocaban al servicio del ordenamiento civil de
las naciones. España organizaría en
Nueva Granada lo político-administrativo basándose en la realidad precolombina
y en los preceptos de sus doctos legistas, por entonces los más connotados de
Occidente.
Crearía organismos
elementales pero perdurables de gobierno. El elevado tribunal de la Audiencia.
La altiva figura del virrey, sátrapa emperifollado y eficiente que encarnaba al
Rey. El Cabildo, instrumento
jurídico-administrativo el más democrático. Introduciría, asimismo, la
producción minera y agrícola. Vincularía la economía neogranadina a la Europea.
Sembraría y haría germinar la filosofía moral agustiniana y aquinata. Y
fortalecería el cordón umbilical que empalmaba a la colonia granadina con las
fuentes de la civilización euro-cristiana y (para mal o para bien) con los
arcanos del derecho romano. Permitiría
después el ingreso incauto del renacimiento cultural y filosófico
transatlántico, causa contributiva de la perdida de su colonia americana.
INDEPENDENCIA Y DEMOCRACIA.
Sobre los anteriores
contradictorios elementos se llegaría a edificar la democracia republicana de
Colombia, pues con el discurrir del tiempo colonial, la creciente oligarquía
“patriota” neogranadina fue hallando su desarrollo frustrado y sus intereses
restringidos. Crecidas y maduras sus contradicciones con la oligarquia
“chapetona”, creyó necesario traer a
buen puerto su “derecho” al progreso mercantil libre y a la “Libertad”. La
obsoleta oligarquía española, no obstante, se interponía en su camino. Los dos
sectores rompieron en hostilidades. Y el choque armado—esa tensión rectora del
ascenso social—pondría tras las guerras de Independencia el poder a los pies de
la oligarquía germinal. Pero como el conflicto de clases iniciado en la época
colonial había venido creciendo pari pasu con el poder hegemónico de
terratenientes, religiosos y comerciantes autóctonos, la nueva clase en
ejercicio del poder entraría en pugna inmediata con la masa laborante, es
decir, con el pueblo[ii], lo que
haría necesaria la formación del Estado plutocrático. Cada país crea sus
propias instituciones, pero en base a un pasado que no le es dable escoger.
De la desigualdad
colonial se había pasado a la desigualdad republicana. Mas esa nueva
desigualdad ya no ultrajaba a toda la población, sólo a la masa, y en eso se
cifra el avance democrático de la época. (el otro paso, la emancipación final
del pueblo, lo estaría dando Colombia ahora, la etapa culminante de nuestro
proceso democrático formativo).
Equivocado
estaría, por consiguiente, quien creyera que el cataclismo emancipador de la
Independencia, la cual entregó poder, tierras y riquezas a la plutocracia
criolla y luego a la casta hegemónica, no representaba un extraordinario salto
cualitativo hacia la igualdad. Como lo estaría quien supusiese que no era
también un paso más hacia la no-democracia colombiana.
Y es que las
nuevas realidades y políticas estatales surgen porque son necesarias, porque
interpretan la labor que en un momento específico la dinámica histórica impone
a un sector social dado, aquel sector que cuenta con los medios de dominación y
con la necesidad objetiva de dominar. De esa forma se vendrían a consolidar el
el siglo xix, en manos de las élites criollas (y para usufructo suyo), un
sistema de gobierno liberal, las libertades públicas y los derechos
individuales, la “igualdad”, la separación de los poderes del Estado, el
sufragio, en fin, la conocida panoplia de la democracia liberal.
Pero ese traspaso
de poderes no podía tener un caracter universal, no podía incluir al pueblo. Por qué? Porque si es cierto que por un lado
la división social de clases en que se había fragmentado la Nueva Granada
durante la colonia hacía ahora viable cuestiones como el control democrático
del Estado por parte de las élites emergentes, la desmembración iconoclasta de
la tiranía, la protección de los derechos del hombre y el fortalecimiento de la
Nación, tambien es cierto que por el otro lado lucía el espectáculo de la masa
subalterna, destituida y burlada, potencialmente violenta, puesto que para ella
no se había hecho la revolución, abocada, como seguía, a la pobreza y el
sojuzgamiento. Y sujeta al servicio, impuesto nada menos que por quienes, con
la independencia, habían obtenido su reciente primacía politica en merced al
trabajo y los inmensurables sacrificios marciales de esa masa.
Todo había
cambiado y no había cambiado con la Independencia. En manos de una nueva
minoría llegaba a hervir la apoteosis del éxito republicano, arrebujando a un
dócil Estado liberal en su seno. En los brazos del hambre y la violencia se
continuaba asfixiando el común. Listos quedaban, entonces, el escenario y el elenco para el drama de ciento ochenta
años de lucha politico-social fratricida.
DEL SIGLO XIX A
NUESTRO TIEMPO
Como efecto, el
siglo xix sería un hervidero de miasmas no-democráticos, pero también de hechos
democratizantes.
Como instancias
democráticas figuran el ingente rendimiento de humanistas prolíficos que
pulsando ideas disímiles fraguaron el corpus sustantivo de nuestras instituciones
públicas. Los aportes al localismo político y a su antítesis, el federalismo.
Los tersos enunciados de las élites
civilistas, es decir, el trabajo de quienes, embebidos en teorías europeas,
abogaban por el buen manejo de la renta pública, auspiciaban la recta
organización territorial, esculpían la imagen constitucional de la república,
reclamaban el liberalismo económico, forjaban los partídos políticos y
preconizaban el radicalismo, la regeneración, el utilitarismo, el positivismo y
luego el socialismo. Una pléyade de cultos exegetas proclamando, en crescendo, los apotegmas de la democracia
colombiana, aunados a quienes los implementaban con su ideario y actividad
sindicalista: un pueblo determinado a ejercer sus obligaciones y proteger sus
derechos civiles.
Pero, por el
anverso, un crecimiento paralelo de la tendencia no-democrática. En especial,
las beligerantes discrepancias intestinas de una casta hegemónica fragmentada
ideológica, económica y geográficamente y, por lo tanto, incierta aún sobre cómo
repartirse incruentamente la presa nacional: guerras civiles. Y, por otro lado,
la sempiterna violencia de esa casta contra el pueblo, mismo que reclamaba con
creciente fuerza la justa porción denegada: desigualdad rampante.
El proceso ruge y
se agiganta y llega hasta la mitad del siglo xx, cuando estalla en una orgía de
sangre, instigada por los partidos políticos y bendecida por la Iglesia, tras
la cual, desangrado el pueblo y fatigadas las hegemonías se confecciona la gran
francachela del Frente Nacional, la prueba más insolente y torpe de que el
poder y las riquezas colombianas continuarían por una eternidad en manos de las
plutocracias y sus tributarios. El espectro de los Comuneros, Quintín Lame, los
Bautista, los Fonseca, Yosa, Prías Alepo, Guadalupe Salcedo, Efraín Gonzáles,
Marulanda, Bateman, los Castaño, se
levita y ronda. Siguen años de
violencia reivindicativa infecunda que poco a poco muta a hechos de esquizofrenia
criminal.
El ininterrumpido
proceso democrático continua, cuyo éxito final demanda que el conflicto
colombiano se dirima atendiendo los cambios que su misma carrera ha ido
forzando en el campo político de la nación. No se trata, pues, de olvidar las
cruentas manifestaciones de la guerra, ni de truncar con la violencia punitiva
del Estado la última expresión del antiguo problema nacional, aunque lo
apruebe una mayoría de nacionales en
agotamiento, sino de implementar, ultimadamente a las buenas, los
cambios de fondo que se abalanzan sobre Colombia como cuenta de cobro de un
choque de clases que eventualmente los incrustaría a las malas si no se
atendieran con urgencia y con responsabilidad.
No es difícil
imaginar que nuestra larga guerra civil continuará hasta que el clarín anuncie
el advenimiento de la neodemocracia colombiana. Sera un trabajo difícil, a la
par para instituciones, estadistas y ciudadanos maduros. Pero también un logro
inequívoco del abnegado y combativo pueblo colombiano y, seguramente, templete
social obligado para la América de prosapia hispana. L
[i] Injusticia Social. Para una
explicacion corta del significado con que usa el termino Injusticia Social, refiero
al interesado al artículo “La guerra y la paz”, localizado en el archivo
“Colombia”.
[ii] Pueblo. El
vocablo “Pueblo” no lo uso aquí con el sentido propagandístico o
peyorativo asociado a la retórica política, cual sinónimo de “proletariado”,
“masa” o “chusma”, ni como sinónimo de “conjunto de personas organizadas como
nación”, sino como una categoría, agregado o colectividad de ciudadanos
distinguidos del resto de su comunidad nacional por no ser quienes dominan en
lo social, político o económico.