LA GUERRA Y LA PAZ
Tres proposiciones se pueden predicar con
certeza sobre el actual conflicto colombiano: 1. Que todos los colombianos
deseamos la paz, inclusive aquellos que le hacen coquitos a la guerra. 2. Que la
clase dominante y en especial la casta hegemónica[i]
buscan una paz que salvaguarde sus prebendas y disimule su indolencia. 3. Que
sin obtenerse la resolución de los problemas secularmente lesivos de la clase
subalterna nacional no puede haber, ni habrá paz duradera en
Colombia.
Para
iluminar estas proposiciones se hace menester categorizar dos puntos: 1. Que
Colombia sí está en guerra civil. 2. Que la violencia política sí es
estructural.
COLOMBIA
ESTÁ EN GUERRA CIVIL. Esta aserción es controvertida por aquellos nominalistas—nacionales
y extranjeros—para quienes la realidad reside en su representación semántica y
no en la situación empírica. Son los que proceden del diccionario al hecho, es
decir, buscan primero la definición, para luego encajonar dentro de ella la
realidad viva. Son el novio que compra
el anillo de boda y luego se casa con la dama a quien le queda bien. Dicen:
“Según la definición clásica, Colombia no está en guerra civil…”. Obviamente,
su error consiste en no admitir que toda guerra civil es sui generis y
que, por lo tanto, la colombiana se expresa modo suo, valga decir,
presta un atuendo eminentemente idiosincrático, por ejemplo, el no ostentar
bandos rigurosamente definidos, ni tener campos de batalla fisicamente
precisos, ni aplicar tácticas de guerra ortodoxas, ni ocupar a toda la
ciudadanía en la diligencia de las armas.
Pero si
algo que parece un ave surca el agua como un ganso, vuela como un ganso y
grazna como un ganso, lo más probable será que el ave sea un ganso. Traducido
al buen romance, esto significa que si el morbo que afecta a Colombia se lleva
de calle las instituciones, quiebra la economía rural y afecta la nacional,
divide en dos partes el territorio del país y en varias a la ciudadanía,
semiparaliza el Estado, resquebraja de lo lindo el tejido social, confunde aun
más al confundido sistema judicial, se traga grandes bocados del presupuesto
público, aterroriza a los vecinos de Colombia, pone atáxica al Aguila Imperial,
finalmente moviliza a un Ejercito hasta ahora semiapático y
produce en exceso de cien mil muertos, un millón de emigrantes y dos
millones de desplazados, caramba, a lo
mejor se trata de una guerra… de una robusta guerra civil.
LA VIOLENCIA POLÍTICA COLOMBIANA ES
ESTRUCTURAL. Esta aserción es impugnada por algunos exponentes de las élites
políticas y en especial por la oligarquia nacionales y sus voceros, para
quienes aceptar una injusticia social[ii]
de siglos equivale a reconocer su ignominiosa responsabilidad por semejante
quiebra.
Mas ¿cómo explicar que tras varias
centurias al ejercicio pleno del poder, tal como lo han detentado dichas élites
y tal oligarquía, la injusticia social se haya enquistado inextricablemente en
el sistema de gobierno y gobernaza nacional que impusieron desde antaño?
Procede entonces afirmar: la violencia
social que se instauró en suelo colombiano desde que los Conquistadores le
hurtaron la primera mazorca y la primera mujer a los indígenas, violencia que,
mutatis mutandis, aún perdura,
no es fortuita o esporádica, es parte estructural del sistema sociopolítico de
la nación.
La tergiversación elitista que niega esta
realidad vitanda tiene fines casuístas. Intenta hacer creer a la ciudadanía, y
en especial al pueblo[iii],
que la crisis social es apenas espasmódica, i. e., coyuntural. Torcida
así la verdad, pareciera suficiente un oportuno remiendo cosmético para
arreglar los problemas nacionales. Tal objetivo cosmético pretendería, desde
luego, dejar en pie los privilegios que la casta hegemónica colombiana ha usurpado
desde tiempo inmemorial. Los hosannas santimoniosos que desde todas partes de
dicha casta se elevan por la “Paz” y su esfuerzo por obligar a la paloma
emblemática a poner un buen y milagroso huevo pacificante, cumplen a cabalidad
(inconscientemente o no) un propósito mendaz, cual es el de birlar una vez más
a la clase subordinada la reivindicación definitiva de sus derechos, su
sustancia y su desarrollo humano.
Y, por supuesto, los aprestos y arranques
guerreristas del actual gobierno nacional (aunque necesarios desde otro punto
de vista), son una análoga manera de evitar la solucion de fondo, pues nadie
cree, ni los mismos actores pretorianos, que la guerra abierta sea la solucion permanente (lo cual ni
siquiera se analiza) al conflicto nacional.
La conclusión a que lleva todo lo anterior bien pudiera ser ésta: cualquier demanda por la paz que no asiente sobre la base de la emancipación económica y política del pueblo colombiano es una llamada al prolongamiento de la injusticia social y, por ende, a la continuación o retorno posterior de la guerra.
Y si se tiene en cuenta que a lo largo de toda
nuestra historia la mayoría de la ciudadanía ha vivido excluida del poder,
parece acertado permitir que el conflicto de clases que nos aqueja hoy curse
finalmente el camino que le ha impuesto nuestro lastre histórico, pues al fin y
al cabo ya hemos recorrido lo peor de la trocha. Mejor dicho: a pesar de las buenas intenciones, no nos es dable
truncar artificialmente la guerra civil que nos consume, consecuencia
inexorable de la historia colombiana. El sector “dirigente” —el que según
algunos no existe en Colombia—y los contubernios del poder deben saberlo.
TODOS LOS
COLOMBIANOS QUEREMOS LA PAZ. Pero ¿cuál paz? La de los insurgentes, que esperan
resultados tangibles específicos antes de darle curso al proceso de paz ¿La de
los contrainsurgentes, que fiscalizan
con armas vindicativas la conducta guerrillera y dicen desmobilizarse? ¿La de
la subclase media, que aceptaría no sólo la paz sino cualquier semblanza de
paz? ¿La del gobierno, que no sabe ni cuándo, ni cómo, ni de dónde vendrá? ¿La
del conglomerado político, que intenta
dar gato por liebre? ¿La de la atrofiada oligarquía, que tolera paz o guerra,
siempre y cuando ninguna le cueste demasiado o le quite sueño o mucho
tiempo?
LA CASTA
HEGEMÓNICA DESEA UNA PAZ QUE SALVAGUARDE SUS PREBENDAS. De ahí que su
compromiso pacifista incluya toda tesitura simbólica, emocional, publicitaria o
moralista, utilizable para persuadir a los alzados en armas a aceptar la
paz y a la población civil a “luchar”
por la paz… o por la guerra. Pero que excluya toda medida programática real
destinada a sustraerle una siquiera de sus legendarias canonjías
político-sociales o de desinfectar sus ingresos. De ahí, también, la farsa
bizantina de las innumerables “reformas” con que pretende ahogar el grito de
nuestros veinte millones de hambrientos, de ahí el plañido infantil de sus
“consultas populares” y sus “referendos”, con los que pretende darle un visaje
democrático a la manera autocrática como ha
manejado el país. Y de ahí la cadena de subterfugios políticos con que
intenta oscurecer la realidad sensible, eximiendola de revista o
cuestionamiento de fondo.
SIN LA
REIVINDICACIÓN DE LA CLASE SUBORDINADA NO HABRÁ PAZ. Supongo que los
colombianos sabemos lo siguiente: que si, en un país como Colombia, la Iglesia
Católica anda ahora afanada y contrita, algo sustantivo pasa, y ese algo parece
ser que por primera vez en su historia el poder de decidir su futuro no
descansa totalmente en manos de sus hegemonías. Posa en manos de un sector del
pueblo o, por “doloroso” o extraño que parezca, posa parcialmente en manos de
dos facciones populares antagónicas, sangrientas y fuertes, los insurgentes y los
contrainsurgentes. Dos facciones que deben: a) resolver su litigio a la mayor
brevedad; b) otear por sobre el humo del combate, es decir, entender que la
reestructuración democrática de Colombia demandará reconciliación de partes,
trabajo mancomunado y acopio de conocimientos y experiencia.
LA INSURGENCIA Y LOS
CONTRAINSURGENTES DEBEN RESOLVER SU LITIGIO. Guerrilleros y contraguerrilleros forman
parte de la misma clase social, que por el desarrollo inmanente de nuestra
historia, por errores de procedimiento y de analisis y, en parte, por las maquinaciones de sus opositores de clase
anda en guerra intestina. Eventualmente unas y otras tendrán que ver la luz y
hallar un modus operandi más en concordancia con la homogeneidad de sus
verdaderos intereses, que son idénticos, aunque ambas partes actúen y se maten
como si no lo comprendieran.
Pero, aún así, la
mortal querella entre insurgencia y contrainsurgencia por el momento le es
favorable a ambas. Si el objetivo de cada una es, tal como debe ser, el
persuadir a la casta hegemónica de que el poder, la tierra y las riquezas
colombianas en adelante van a ser de todos (en proporciones a ser definidas inter
parte o no van a ser pacíficamente de nadie, entonces la actual división
del trabajo entre las dos facciones se presta a llevar a cabo ese loable
objetivo. La insurgencia podría blandir el garrote de clase, la
contrainsurgencia la agridulce zanahoria. La primera haciendo el papel del
“Coco”, la última el de la alucinante Salomé. La una presionando, la otra
acariciando a un opositor recalcitrante de clase que no demuestra entender su
frágil predicamento ni el mal que su
intransigencia de siglos le ha hecho a la nación. En tal sentido, la paz
dependería, en cierta medida, de la obstinación o la buena voluntad de este
opositor. Cada uno de los colombianos necesitamos grabar en la conciencia, y
con caracteres indelebles, esta máxima: “La paz tiene un precio y cada cual
debe estar—sea individual, sea colectivamente—listo a
pagar su cuota”.
Pero esa cuota no
debe ser de sangre inocente. Por eso, urge que guerrilleros y contraguerrilleros
hagan propia la noción de que las guerras modernas no las gana el más bárbaro,
sino el más inteligente. Y las armas del Estado entender que los errores en las
operaciones o el desconocimiento o no aplicación de los Derechos Humanos
causantes de muertes no son aceptables, son punibles.
La experiencia
contemporánea indica que sin el apoyo de la ciudadanía y la opinión mundial
ninguna fuerza político-militar puede mantener incólume su viabilidad
operativa, mucho menos obtener sus propósitos. Valga decir, más que los
derechos humanos y el DlH, deben ser el
sentido común, el de preservación y la ética—ora la rebelde ora la estatal— los que
obliguen a las dos partes alzadas en armas y a las F.A. a tener por sagradas la
integridad física y la dignidad humana del ciudadano y del combatiente inerme.
En el mundo
actual, cada acto de barbarismo bélico disminuye en vez de aumentar el poder de
quien lo atenta. Sigan cruzando los combatientes esa línea invisible que separa
la ética de la época moderna de la depravación de la pasada y sus aspiraciones
quedarán tan en el suelo como los cadáveres de sus víctimas. En efecto, la
guerra es cruel, pero el luchador no puede serlo. Un comandante debe tomar
decisiones terribles sin contraer un músculo, cierto, pero también sin dar en
tierra con los valores morales. El terror ha jugado un papel importante en la
historia, pero el terrorismo es una abominación. La muerte es connatural al
combate, el crimen no lo es. Una madre no puede ser nunca un objetivo de
guerra. Los niños, con el tiempo, suelen enterrar a sus abuelos, mas no es
propio de abuelos enterrar a sus nietos.
En fin, los colombianos estamos inmersos en una gran guerra civil. Pero
esa guerra civil se debe llevar a efecto para elevarnos a los más altos niveles
de la democracia, jamás para sumirnos en las profundidades de la execración.
Reiterando
conclusiones, las partes del conflicto colombiano todas necesitan ceder en lo
referente a sus exigencias, con miras a la consecución de una paz que nivele el
escenario social de la nación, cabe el fin de que todos y cada uno de los
colombianos gocemos en común las mismas oportunidades políticas y sociales, sin
las cuales Colombia seguira por el sendero tortuoso que tomó hace tiempo. Un
alto en el camino se indica necesario. Como necesaria es la apertura de nuevas
rutas históricas. L
[i] Clase Dominante y Casta Hegemónica. Hago uso de los términos “Clase Dominante” y “Casta Hegemónica” con un sentido estricto. Para ahorrar espacio, refiero al lector al artículo titulado mmmm, en el cual analizo los dos términos.
[ii] Injusticia Social. Comporta aclarar el significado con que uso aquí el término “Injusticia Social”, con el fin de circunscribir la aplicación del concepto al conflicto colombiano, pero dentro de parámetros sociológica, epistemológica y teóricamente reconocibles.
A mi entender, la injusticia social existe en un universo sociocultural en que se niega o no es operacional el principio de la justicia social y/o las prácticas y consecuencias a ese principio asociadas. Es decir, en el que no opera un tratamiento equitativo para todos los miembros del universo, en lo referente a: 1. la eliminación de la desigualdad arbitraria y del poder arbitrario, por lo general detentado por parte de un grupo cuantitativamente minoritario, 2. la distribución equitativa de los medios de obtención de lo que es conducente al bienestar individual y general, y 3. la adecuada provisión de rectificantes para lo que se pudiese razonablemente definir como “mal social”. Vale entenderse, por ser aplicable al caso colombiano, que la “justicia distributiva” denota igualdad en la distribución de bienes y servicios . Y que la “justicia retributiva” dice relación con el tratamiento imparcial e incorruptible a quienes quebrantan la Ley y a las víctimas de los quebrantadores de la Ley.
De la anterior definición salta a la vista la necesidad de afinar un poco más el concepto de injustica social, con el fin de apreciar la incidencia de lo político en el quiebre de la justicia social, en la no obtención de dicha justicia, o en la no reparación cuando ésta en quiebra. En términos políticos, entonces, la injusticia social colombiana refleja el problema secular de cómo se ha ejercido en el país el arte y la práctica de la influencia sobre la ciudadanía en lo referente al manejo de la cosa pública y de cómo se ha manifestado la rivalidad de las colectividades que se materializan con el fin de adelantar la obtención no violenta del poder político dirigido, en última instancia, al alcance y el mantenimiento del control sobre el gobierno y la direccion del Estado.
Valga al efecto, que la noción de Justicia Social que hago operacional en mis análisis del conflicto colombiano, además de suscribirse a una definición teórica aceptada , se sujeta a una epistemología que tiene en cuenta el concepto que de la justicia social tengan los actores primarios de dicho conflicto y que lo compara con los del analista, cualquiera que éste sea, del conflicto.
Finalmente, aunque la injusticia social es productora de violencia “común”, la que metaforicamente denomino “violencia cervecera”, es en realidad la violencia social generada por lo político y exacerbada por el mismo elemento, que debo resaltar en este artículo como la causa última, eficiente y determinante del conflicto nacional. Ni que decir tiene que hacer una clara diferenciación entre una y otra violencia es tarea en extremo dificil. Sin embargo, no creo que dicha dificultad vicia de nulidad mi análisis. (Un análisis del significado de la palabra “Causa” en el al artículo titulado mmm).
[iii] Pueblo. El vocablo “Pueblo” no lo uso aquí con el sentido propagandístico o peyorativo asociado a la retórica política, cual sinónimo de “proletariado”, “masa” o “chusma”, ni como sinónimo de “conjunto de personas organizadas como nación”, sino como una categoría, agregado o colectividad de ciudadanos distinguidos del resto de su comunidad nacional por no ser quienes dominan en lo social, político o económico.