EL ALTO SIGLO VEINTE EN COLOMBIA: VIOLENCIA DE 1946 A 1966

 

   Si en Colombia la primera mitad del siglo xx fue de relativa calma política, la segunda sería de inmitigado duelo. En 1948, la violencia política cobró 43.557 víctimas. En 1949, 13.519. En 1950, 50.253. Para un total de 144.548 muertes entre 1948 y 1953.

 

   De 1953 a 1957, la época de la dictadura, la violencia produjo 24.576 víctimas. De 1958 a 1966, el período del Frente Nacional, la misma violencia arroja un saldo de 18.571.

 

   Como la cifra total de 1946 a 1966, veinte años de sangre, sube aproximadamente a 200.000 muertes; como los estimativos de las migraciones internas (desplazamientos) durante “La Violencia” son de dos millones de habitantes y los cálculos del número de “parcelas perdidas”, es decir, desalojadas, abandonadas o quemadas por la misma causa, son del tenor de 393.648, y como al mismo tiempo hubo un derrumbe o ausencia parcial del Estado, creándose una anomia nacional,  es válido colegir que en tal época se registró en Colombia una guerra civil, asi el fenómeno no se conformara a la definición genérica de “guerra civil”.

 

   Las explicaciones que se han formulado para elucidar el fenómeno de la violencia de 1946 a 1966 (que va de la administración Ospina Pérez a la de Guillermo Valencia) apelan a las teorías que las ciencias sociales, la sociología, la economía y el análisis político, etc., ofrecen a los estudiosos de la materia. Se ha fijado la atención en las interpretaciones políticas del conflicto, en las socio-económicas, institucionales, sicológicas, culturales, raciales. Se ha enfocado desde el método del funcionalismo, el estructuralismo, el marxismo, el historicismo, la télesis y el desequilibrio social, el operacionalismo,  el positivismo, el empiricismo… 

 

   Sea como sea, incumbe advertir que ninguna explicación adquiere validez si no tiene en cuenta el hilo umbilical que conecta todos los estadios de la historia colombiana desde el momento mismo en que los españoles tocaron el litoral caribe colombiano hasta nuestra época, el hilo de la desigualdad, el desequilibrio entre grupos sociales, en razón del control clasista de la tierra, la economía y las riquezas nacionales. Esa desigualdad original se transmitió a traves de los hitos de nuestro devenir histórico, tales como fueron la consolidación de las clases sociales durante la alta colonia, la creación del Estado democrático durante la Independencia,  la estructuración de las leyes y el sistema republicano de gobierno y de gobernanza civil en el siglo xix  y la transformación industrial del siglo xx, todos los cuales hitos fueron dándole nuevo cariz, nuevas formas, y a su vez mimetizando, a la desigualdad primaria.

 

   Siendo la desigualdad  la madre de la  violencia y siendo la violencia directamente proporcional a la  intensidad con que opera la desigualdad, los levantamientos indígenas de la colonia fueron fruto de la desigualdad, los movimientos comuneros fueron resultado de la misma. La revolucion de Independencia fue efecto de análoga razón, como lo son las virulentas luchas sindicalistas, políticas, insurgentes y terroristas de los tiempos actuales.

 

   En el caso específico de la violencia  entre 1946 y 1966, las razones inmediatas¾y derivadas¾del conflicto, en lo formal se remontan a las elecciones presidenciales de 1922 y a la intimidación post-electoral durante la transmisión del poder de conservadores a liberales en 1930, y en lo fundamental a la necesidad del sector conservador por recuperar las tierras de los liberales, sus cargos gubernamentales, el control estatal de los flujos de riquezas y las canonjías derivadas del control económico local y estatal. Sus causas remotas, es decir, las precondiciones, se insertan de vuelco en vuelco en lo profundo del siglo xix.

 

   La mayoría de las interpretaciones de la violencia política de este período dan en señalar a la lucha partidista como el causal del conflicto. Otras lo asignan a las pugnas por el poder, por el botín económico-político, a los debates electorales, o al papel disociador del Estado. Otras interpretaciones privilegian como causas a las pasiones políticas, a la socialización, a la negación de status social a ciertos sectores, a la mezcla étnica del campesinado, a las ideologías, al narcotrafico y hasta a las frustraciones sexuales de los monógamos, mayoritarios éstos en las zonas de violencia.

 

   Empero, aunque todas las explicaciones de causalidad pueden gozar de cierta  validez interpretativa, siempre existe una taxonomía de valoración que asigna a ciertas causas eficientes una preponderancia o superioridad explicativa y hasta epistemológica (estrategia de  conocimiento) sobre las demás. Tales son las causas eficientes, últimas, precondicionantes, bajo las cuales pueden agruparse o subsumarse otras, porque aquellas tienen una validez teórica y un peso y amplitud mayor que las de éstas, las precipitantes. Aquellas son causas sine qua non, causas determinantes,  éstas son causas apenas contributivas. En lo tocante a las transformaciones político-sociales colombianas, las causas que tienen que ver con la creación, el control y distribución de las riquezas, con la propiedad o tenencia de la tierra y con las formas de obtener y mantener el empleo o de organizar el usufructo personalista o colectivo del Estado parecen conllevar un valor específico superior al de toda otra causa, las que sumadas pasan a ser causas secundarias.

 

   Asi entendido, la Violencia politica colombiana deja de ser una fuerza irracional y maniquea de cambio y se visualiza como una verdadera relación de producción, una forma¾-sanguinaria, por supuesto¾de redistribución del agregado productivo dentro de un sistema político-estatal no suficientemente desarrollado y por lo tanto usurpativo. La violencia  no es, en el período de 1946 a 1966, el instrumento predatorio de un pueblo bárbaro. Es el resultado obligado de conflictos no  dirimibles con los expedientes del sistema político nacional existente, por ser flojo, por ser manipulado, por ser arbitrario y por ser punitivo. Dicho de otra forma, la agresividad política de las víctimas del sistema estatal y social de ese período, lejos de ser un epifenómeno, se forjó como un instrumento brutal pero necesario de reorganización socio-económica,  como un violento vínculo social de producción en un campo crónicamente sojuzgado y por lo tanto desabonado para la transfomación social pacífica.

 

   En ese proceso y durante esas dos décadas, el Estado colombiano fungió como maquinaria para la redistribución clientelista de los ingresos nacionales en beneficio de la clase dominante y en un botín de guerra. Las elecciones se tornaron batallas sin ley y fueron medios ilícitos para obtener el poder estatal que permitiera la continuación acelerada de la redistribución desequilibrada de la propiedad territorial rural y demás prevendas de clase.

 

   Por su parte, a las ideologías políticas se les hizo vestir  los oropeles de la persuación retórica con el propósito de ofrecer los razonamientos que justificaran, exaltaran y legitimizaran todo lo anterior, de acuerdo a la vieja costumbre colombiana de hacerlo todo cumpliendo con la ley. Por otra parte, a las creencias religiosas se les trajo de los cabellos para que otorgaran el imprimatur sacro a las ideologías y prácticas  depredadoras.  En adición,  la Iglesia Católica entró en el conflicto de parte de los intereses seculares elitistas y de los estatales, cual competía a un componente ilustre del sector privilegiado de Colombia. Vasta decir que bajo la violencia de este período todo lo mental, cultural, religioso y espiritual se convirtió en campo y en instrumento de batalla.

 

   Estas modalidades de violencia sirvieron bien¾directa e indirectamente¾los fines económicos atras postulados. Las manisfestaciones mas tajantes de esos fines fueron: 1. El saqueo de las tierras del campesino y de las parcelas medias.  “En el Tolima, un método para desalojar a los campesinos de la tierra fue el incendio de casas. Un estudio de la secretaría de agricultura de ese departamento estima un total de 34,304 casas quemadas durante el periodo de La Violencia”  (Oquist). 2. El reforzamiento del sector latifundista, lo cual equivalía a una reforma forzada de la propiedad agropecuaria nacional (Posada).  3. La redistribución del ingreso de forma regresiva (de pobres a ricos) por causas de la inflacion resultante y del afianzamiento del capital financiero. 4. El refinar la clase hegemónica el control y manejo del Estado con fines de lucro. “Entre 1948 y 1953, los liberales y los conservadores se mataron… para alcanzar prebendas economicas.” (Nordlinger).  5. El uso de expedientes ideológicos, el apoyo al falangismo español, el respaldo al fascismo europeo, la identificación con los propósitos y las tradiciones de la Iglesia Católica y el amparo a lo totalitario y ortodoxo como herramental para la obtención de los privilegios económicos derivados de la violencia hegemónica.  6. Justificar el trabajo nefando de quienes atropellaban y rendir  maleable y dócil, o inducir amedrantamiento y culpabilidad, en la conciencia del atropellado.

 

   Sea como sea, el efecto no solo fue de sangre sino de retardo al desarrollo capitalista de Colombia y de contracción de la democracia, gobernanza y republicanismo nacional.  La repartición de la tierra y las riquezas en base a razones políticas resquebrajó el desarrollo económico autónomo y de natural evolución. Ni que decir tiene que el Estado, cual comodín de usurpación, propició la fragmentación periférica del poder, al permitir que los cargos y las rentas departamentales y municipales fueran de libre acceso, uso y esquilme por parte del partido en ejercicio del poder. No precisa enfatizar que estos cambios burocráticos determinaron los vínculos formales y reales entre los miembros todos de la sociedad colombiana sobre que se basa la corrupción que al presenta continúa devorando el recaudo y el presupuesto del pueblo colombiano.

 

   “La sangre se seca pronto”, era una máxima del general-estadista francés Charles DeGaulle. La sangre derramada en Colombia durante el periodo 1946-1966 se fue secando a la carrera bajo los vientos secos del Frente Nacional. Y es de enfatizarse que las confrontaciones económicas violentas, disfrazadas de políticas, no solo habían sido de una clase social contra otra, dominantes contra dominados, sino que también fueron internas dentro de cada clase, luchas intestinas entre los miembros de las élites y también entre los miembros del sector agraria y del trabajador urbano, e internas en estos dos últimos grupos.  Lo cierto es que no habiéndose resuelto en este período de 20 años el problema endémico de la desigualdad social entre los colombianos, nuevas venas rotas vinieron a anegar de sangre una vez más las comarcas del país. De 1970 en adelante, hasta el último dia de la centuria, Colombia entera será un inmitigado campo de batalla. L