EL
SIGLO DECIMONONO EN COLOMBIA
El siglo que en
Colombia se extiende desde la guerra de independencia hasta la guerra de los
mil días fue un período de guerras y más guerras. En lo cultural se desarmó el
armazón señorial heredado de la época colonial y se implantaron las vivencias y
tradiciones auténticamente colombianas. En lo político y social se abrieron rutas
propias y urgentes, unas erroneas, otras acertadas.
Durante la primera
mitad de la centuria se apeló a la cultura europea como modelo aplicable a la
nación, en especial los modelos ingleses, el económico de Smith y Mills, el educativo de Lancaster y los culturales y jacobinos franceses de
Montesquieu, Talleyrand, Diderot,
Voltaire, Rousseau.
Las guerras de
Independencia precipitaron las luchas sociales, una vez se expulso al hispano.
Los ejercitos libertadores habían sido hervideros de ideas y prácticas democráticas.
En el espacio de
la Segunda mitad del siglo y al calor de fuegos intelectuales que tomaban
fuerza en hispanoamérica, se irradió en Colombia la confianza en los valores
inherentes a lo propio. Se formuló la vigencia cultural de lo nativo, se
suprimió el demeritamiento del criollo ante el peninsular. De esa reclamación civilizadora
surge el avance de la cultura colombiana, cuyo efecto se desbordaría en el
siglo xx.
El siglo xix se
debatió, en lo cultural, entre la corrriente hispanista que privilegiaba la
herencia peninsular, con los Caro, Cuervo, Suárez y, por otro lado, la
nativista con Carlos Arturo Torres y otros egregios pensadores. En lo referente
a la literatura, la ciencia y el pensamiento, se paso de Mutis, Samper y
Arboleda, a Sanín Cano, Silva, Gómez Restrepo, Farina, Valencia, Posada,
Camacho Roldán, et al.
En el ambito de
lo político, el siglo exhibe un cambio
radical. Los legisladores de Angostura, en 1819, se fijaron la tarea de dar
“base fija y eterna a nuestra
República”. Luego, los congresistas de 1821, en Cúcuta, se suscribieron a las
ideas revolucionarias del elenco francés de la Bastilla y del Abate de Pradt,
recogidos por el ideario de Bolívar, con su integracionionismo americano: ”Que
bello fuera que el Itsmo de Panama fuese para nosotros lo que el de Corinto fue
para los Griegos”.
Del centralismo demoliberal resplandeciente en Cúcuta surgio la Gran Colombia. Y pronto se consolidó el civilismo bajo los lineamientos de un Estado de derecho, al tenor de la conceptualización y el trabajo de Francisco de Paula Santander, uno de los hilos condicionantes mas fuertes de la concatenación política nacional hasta el presente. Se cimentaron el derecho constitucional de Lepage, el de legislación de Bentham y el público internacional de Watel.
Pero factores recurrentes de desintegración política se translucieron casi de inmediato. El regionalismo, efecto de la diferencia de objetivos económicos de las partes geográficas colombianas, obró como fuerza centrífuga. El dominio centralista de Santafé sobre las capitales regionales, los pujos geopolíticos de fuerzas económicas aglutinadas alrededor de causas locales, todo esto precipitó la disolución de la Gran Colombia, en 1830.
Aunque se siguio el civilismo constitucionalista del togado José Ignacio de Márquez, pasaron como meteoros legalistas las constituciones de 1821, 1832, 1843. Brillaron como astros en raudo vuelo destructor los grandes Sogunes nacionales, Mosquera, Obando, Córdoba, Ospina, López, Herrán, Melo. Fue la época de los caudillos de irresistible fuerza personal y horripilantes ejecutorias militares.
Con vista a la conformación estatal y constitucional de la República, fueron surgiendo los partidos políticos, a partir de la Convención de Ocaña, en 1828. Bolívar primero y luego sus múltiples imitadores tomaron los arrestos del dictador. La religión, la moral, el radicalismo inglés se convirtieron en manzana de discordia entre el clero y los liberales. Revolución en 1840. Hicieron su aparición el romanticismo (Dumas, Victor Hugo) y el socialismo utópico. (Fourrier, Saint-Simon, Proudhon). Grandes conceptualizadores liberales y conservadores se disputaron en la palestra de la ideología la preeminencia y el control político. Se estableció el sindicalismo y se lanzaron reformas agrarias.
El respiro de tiempo que va desde 1849 a 1885 fue el de las reformas y la Federación. Reformas en la propiedad de la tierra, a los bienes eclesiásticos, a la separación entre Estado e Iglesia, a la libertad de los esclavos, a los impuestos y monopolios, al impulso de la educación y la cultura, todo bajo la hegemonía liberal. De particular significado es el golpe encabezado por el General Melo, el 27 de abril de 1854, como primer atentado, si fallido, por instaurar una república de sesgo popular, representativa de los de abajo. Siete meses duro el experimento.
Al tenor del Radicalismo preconizado con furor (Murillo Toro, Rojas Garrido, Camargo, Gutiérrez, Otálora) llegó un ciclo pavoroso de guerras civiles. 1853, elección de Obando. 1854, Golpe de Melo. 1855, elección de Mallarino. 1857, presidencia de Ospina. 1860, revolución de Mosquera. De 1864 a 1886, quince presidentes.
Apuntaba Rafael Núñez: “Desde que Colombia inició su vida política, la regla general ha sido la guerra civil”. La historia del siglo xix lo sustenta: guerras civiles en 1812, en 1840, en 1851, en 1854, en 1860, en 1876, en 1885, en 1895 y de 1899 a 1902. La anterior reseña no incluye los cuartelazos, las revueltas, los pronunciamientos, levantamientos, sublevaciones y motines.
La Religión fue un hueso particularmente duro de roer, cubierta como estaba por el manto de lo sacrosanto y sustentada no sólo por el poder sacro sino por el temporal, adquirido éste a las buenas o las malas, a través de siglos. Dicho de otra forma, la protección a lo institucional, ante el conflicto de y con la Iglesia, permeó la vida general de la República. Hubo polémicas religiosas y teológicas mezcladas en y con lo político. La confrontación, por ejemplo, entre católicos y utilitaristas, la surgida en torno al Patronato Republicano y las precipitadas por causa de los bienes y del poder político del catolicismo.
La economía del Nuevo Reino de Granada había reposado, durante el período colonial, básicamente sobre la producción minera. En cambio, el modelo económico a partir de 1810 fluctuó entre la reconstrucción de los fundamentos coloniales de la economía y la ruptura hacia el proteccionismo o la apertura al libre cambio.
Empero, la economía republicana se vio afectada por los efectos de las guerras sobre la población, diesmándola (en 1851 Colombia tenia 2.1 millones de habitantes). Por la destrucción de la hacienda a cuenta de las mismas causas . Por la conversión de indios y esclavos en terrajeros o peónes. Por el aislamiento geográfico y el inadecuado sistema de transporte. Por la política de tierras, que fue un medio soterrado de traspaso de los ejidos públicos a un reducido número de empresarios, consolidándose así la gran propiedad. En fin, por el control del comercio exterior en manos de las élites comerciales y terratenientes.
Mas lo fundamental del desarrollo colombiano decimonono fue la continuación y exacerbación de las inequidades de clase. Lo cual se reflejaría de cuerpo entero por ejemplo en la naturaleza de las importaciones a Colombia. De 1854 a 1889, el monto de las importaciones suntuarias fue del 80% del total, creando una pauta de consumo superfluo y no productivo dentro de las élites. El ahorro y la acumulación del capital necesario para el arranque capitalista nacional no se dio.
En la frontera agraria, las tierras fueron acaparados por las familias de la alta clase social. Las haciendas se convirtieron en fuente de enganche para manumitados, campesinos e indígenas: “algunas haciendas lograron retener como arrendatarios a sus antiguos esclavos y a sus hijos, consolidando una tendencia de… varias décadas” (Hermes Tovar). Entre 1870 y 1880 se emitieron títulos territoriales sobre 38 millones de hectareas. El 92% para los latifundistas y el 8% para los campesinos.
La mineria atrajo al trabajador pauperrimo y fue un venero de explotación humana. El comercio exterior y el interior quedaron en las manos de la misma plutocracia que acaparaba la tierra desde los tiempos independentistas. Las reformas tributarias, las políticas de aranceles fueron a beneficiar a los mismos plutócratas. Las políticas proteccionistas o de libre cambio no importaban sino a la clase dominante, la única que podía exportar o importar. El sistema bancario y el de tributación se conformaron al tenor de las necesidades y predilecciones de los ricos. Y la deuda externa, acumulada de años cayó como espada de Damocles sobre una economia dispareja y sesgada hacia el sector social dominante.
El siglo cerró
con la guerra más fratricida que recuerden los anales sangrientos del
país. Lo cual causó aún más avidez y
abuso por parte de las élites y más sufrimiento y furia en el sector desposeído
e injustamente sojuzgado en Colombia, cual estaba conformado por la clase rural
pobre y la asalariada. 10 millones de hectareas se repartieron durante el
periodo finisecular y los primeros años del siglo xx., la mayoria para los
terratenientes. Este ex abrupto social agravo el problema de clases. El nuevo
siglo, el xx, iría a cosechar la furia reivindicativa de la clase sojuzgada. La
cual furia pasaría intacta al siguiente siglo, el xxi. L