El Futuro Colombiano y Sus Adversarios

     Si los politólogos, la insurgencia y los políticos colombianos insistieran en parlotear sobre la estrategia que Estados Unidos seguirá en Colombia, sin entender  el complejo silabario político washingtoniano, y si los scholars y policymakers de la Potencia del Norte persistieran en enfocar la problemática colombiana embebidos en la Vulgata de sus academicismos e insularidades, si esas dos tendencias dieran en echar raíces, entonces los colombianos veríamos despabilar nuestro futuro en las manos de sus peores adversarios.

   Pero no hay amedrentarse, porque la situación que sufre Colombia puede resumirse en una serie de proposiciones  simples que, inclusive, obligan a interrogar por qué razón no todos los colombianos las captan, aunque, curiosamente, muchos de los extranjeros las entienden. Proposiciones como éstas: 1. Que el verdadero problema de Colombia son sus hijos. 2. Que si los colombianos no pueden resolver sus problemas entre sí, nadie sabría hacerlo por ellos. 3. Que la dimensión y el peso de los rectificantes que a Colombia se le impusieran desde afuera serían directamente proporcionales a su inhabilidad para resolver sus propios dilemas.

   Surge, pues, la necesidad de que, en la época de las soluciones binacionales que Colombia ha instaurado con E. U., los dos países se conozcan y entiendan mutuamente.

   En tal sentido, vale la pena citar algunos de los enunciados que en aras del entendimiento recíproco han venido tomando cuerpo en ambos países. De los que se formulan en Colombia con relación a su presunto benefactor, no creo necesario dar cuenta en este artículo. Pero sobre los que se abren paso en E.U. en torno a nuestro país, sí. Extrayéndolos del discurso académico y de la jerga legislativa-gubernamental en la nación del norte, allí se vienen perfilando los siguientes artículos de fe:

·          La solución a los recalcitrantes problemas colombianos requiere un enfoque "holista" (integral) y no uno fragmentario, como que el narcotráfico, por ejemplo, incide sobre la violencia; la ingobernabilidad en el desempleo; éste y la venalidad de las leyes sobre la corrupción, etc.

·          La política de E. U. para con Colombia ha sido y continúa siendo desarticulada y caótica.

·          Muchos colombianos ven en las disposiciones del gobierno estadounidense la mano del matón de barrio, o la del camarada. Sea como sea, no soslayan que en E. U. las normativas intragubernamentales, las opiniones de la sociedad civil, los dictámenes de los políticos, la legislación del Congreso y las recomendaciones de los estamentos militares viven en conflicto permanente y se fracturan en miríadas de expedientes: por ejemplo, las prevenciones que el gobierno toma hoy, bien pueden ser revocadas mañana, y las nociones a que se aferran los analistas del segundo piso del Pentágono, bien pueden ser controvertidas o refutadas por los del tercero.

·          Los E. U. no han contribuído a la maduración y fortalecimiento de la democracia colombiana.

·          Los E. U. no han sabido explicar a la comunidad internacional su política para con Colombia, quizás porque en realidad no tienen una clara politica para con este país.

·          El Plan Colombia (versión USA) no tiene en cuenta, tal como debiera, la totalidad del problema colombiano y nadie sabe con certeza si éste ayudará o no al país suramericano o, inclusive, si volverá su letal proa contra E. U. Tampoco se puede columbrar el resultado de un giro publico de E.U. en  apoyo a, o en directa participción en la lucha antiterrorista colombiana.

·          El impacto lacerante de la violencia colombiana lo han sufrido casi que en su totalidad los sectores subordinados de la sociedad, en especial el rural.

·          Las subclase media, la casta hegemónica  y el sector político colombianos no parecen responder del caos nacional, ni estar trabajando con arrojo o diligencia en su erradicación.

·          Las Fuerzas Armadas colombianas conllevan una grave responsabilidad por la degradación del orden y la seguridad nacionales y están obligadas a industriar la recuperación de estos dos arcos torales del Estado.

·          E.U, no han apoyado lo suficiente a la sociedad civil colombiana.

·          Cumple a la sociedad civil colombiana establecer una relación orgánica con su Gobierno y con la ciudadanía en general e involucrarse en la soluciones de la guerra.

   Ahora bien, sería infantil imaginar que en el caso colombiano E.U. se resignaran a circunscribir su injerencia a un mero ejercicio de moralización y análisis.

   Ciertas tendencias históricas contemporáneas de tipo “longue dureé” parecen militar en contra de una presencia fisica estadounidense en Colombia, es decir, surgen ciertos factores que pueden morigerar la secular prepotencia norteamericana, a saber: que en la época de los mercados globales, la política de E.U. para con los países de América Latina no exhibe--porque no puede producir--el arranque virulento e intervencionista que tuvo en el siglo xx, ni luce análoga a las que rezumaron en las épocas de Eisenhower, Nixon o Lyndon Johnson. La aquiescencia del gobierno colombiano a las tareas y aventuras internacionales de Washington y la dócil aceptacion de su politica hacia Colombia, se suman a los anteriores factores tranquilizantes.

   Por el lado anverso, la guerra antiterrorista a nivel mundial, la doctrina unilateralista y la política  de la guerra preventiva (pre-emptive) con que los E.U. manejaran en adelante sus relaciones internacionales, auguran potenciales peligros intervencionistas caso de que Colombia se torne un peligro para la seguridad nacional de su vecino del norte, o en una amenaza para sus intereses regionales andinos y/o hemisféricos. Y aunque es presumible que E.U. eventualmente sacarán el pecho y le hablarán a Colombia con voz engolada, sin embargo, la insondable complejidad de la crisis colombiana, la contención del conflicto (hasta ahora) dentro de los bordes nacionales colombianos y el extraordinario monto humano y financiero de su completa solución, se registran como argumentos disuasorios para una intervención presencial masiva de E.U. en Colombia.

   Así y todo, la posibilidad de que suceda lo peor está siempre latente. Los folios de la historia señalan con flagrante regularidad a países los más sensatos presa de la animosidad y el pánico, o víctimas de la más andariega de las condiciones humanas---la insensatez. Es decir, una intervención frontal de E.U. en Colombia (suya o por interpuestos actores) no es absolutamente descartable.

   No obstante, como en la época Afganistán/Irak el poderío y la estrategia militar norteamericanos estriban en la supercompleja tecnología aérea (que hasta cierto punto trivializa las viejas tácticas antiguerrilleras),  sobre Colombia pendería ante todo una espada de Damocles diferente a las "Fuerzas Especiales": el espectro de operaciones aéreas tendientes a erradicar, con precisas incisiones quirúrgicas , un eventual desborde de la criminal prepotencia (¿estulticia?) guerrillera. Con todo, se puede asumir como lo más probable que E.U. le picarán la cresta, y duro, a la hermana República del sur, pero no le clavarán el talón fratricida. Ergo, el problema militar que deberíamos los colombianos estar contemplando como factible, por ser el más campechano, sería el de unas Fuerzas Armadas nacionales envalentonadas por el aporte material, prescriptivo y operacional de E.U. armando en el país un despelote castrense de cabra en cristalería.

   Pero las anteriores eventualidades no tienen por qué estar sujetas a un férreo determinismo histórico. Porque ni los paradigmas académicos norteamericanos, ni la mecánica estatal , ni la implementación de la política en los corredores del poder washingtoniano son de naturaleza monolítica. Y esta incertidumbre, por paradójica que parezca, puede calmar los nervios de los colombianos. Atentos a lo anterior, el corolario obligado sería el siguiente: Colombia tiene la oportunidad de influir, mediante un cabildeo inteligente y sostenido, en la formulación de las políticas norteamericanas para con ella. Desde luego, este cabildeo no puede ni debe ser tarea privativa del Gobierno colombiano, sino responsabilidad compartida del Estado, de la empresa privada, del periodismo, del sector académico, etc. Pero, sobre todo, de los siguientes sectores colombianos: 1. El de la sociedad civil. 2. El de los alzados en armas (si dieran en ser dúctiles, clarividentes y refinados en su pensamiento). 3. El de la ciudadanía colombiana, en especial la radicada en tierras estadounidenses.

   Otro escenario referente a la injerencia militar estadounidense en Colombia, mas acorde con el moderno cambio táctico operacional en las modernas Fuerzas Armdas de E.U. seria una combinacion de golpes aéreos en combinación con fuerzas de tarea antiinsurgentes de tierra por parte de las nuevas Fuerzas Especiales colombianas que ha desarrollado el Pentágono a partir de los hechos del Once de Septiempre.

   A mayor ilustración,  si Colombia llegare a ser víctima de políticas estadounidenses erróneas, cuya consecuencia fuera la de operaciones en su espacio aéreo y en su suelo, ese error catastrófico sería en cierta medida obra de los colombianos, obra de su ineptitud y negligencia, porque hasta a los matones de barrio los disuade--si no es que los intimida--la vocinglería y la verticalidad colectiva de los atribulados y los débiles. ¿Está en los colombianos el esgrimir esas estrategias? ¿Tienen la  voluntad para cumplir con el deber?