Aparte 2.  Simón Bolívar, sus años formativos.  Capítulo I. Genesis española.

Autor: Jairo Sandoval Franky. Plaza & Janés, Editores. 1991

 

   Por aquellos años postrimeros del siglo xviii en que nació Bolívar, España había vivido un siglo largo de luz y dos de sombra. Había obtenido incuestionable ascendencia en Europa desde 1492, cuando ganó aquello por cuya perdida el rey Boabdil tuvo que “llorar como mujer”, al no haberlo defendido como hombre: el Reino de Granada. Cuando, junto con Portugal, se hizo el primer país en recibir el capitalismo de su continente. Y cuando al impulso de energía colectiva y mística atravesó el elemento incógnito, descubrió tierras exóticas, conquistó imperios, subyugó razas enteras, pobló lejanísimos lugares e impusó rápida, letal, ineluctablemente, el sello español a un nuevo mundo. Tan esplendidos resultados fueron fruto de una manifiesta superioridad en las artes de la guerra y la política, y en una casi anómala profusión de estadistas y soldados. El siglo xvi fue un período en que dominaron las Españas y en que su preeminencia se hizo patente en los campos de las letras, las armas y el poder.

 

   En el campo de las letras, ese período pinacular con el que España deslumbró a Europa ofrece una sucesión áurea de eminentes literatos e incluye los nombres más famosos de cuantos adornaron las artes de la época. Se anuncia con los nobles endecasílabos de Garcilaso, quien unió las profesiones de la poesía y las armas, dándole a la primera su fama y a las últimas su vida, no sin antes haber creado sensibles poemas pastorales ¾los más logrados de ese género en la literatura europea¾, con los que insufló a la poesía castellana nuevo aliento y nueva métrica. Continúa con Fray Luis de León, uno de los hombres más eruditos de su generación, de cuyo hospitalario entendimiento salieron prosa y versos de clásica forma y profunda substancia. Sigue con Teresa, cuyo prístino sensualismo asoma reluctantemente bajo el pío manto de su mística. Avanza con Juan de Mariana, en su monumental Historia. Con San Juan de la Cruz, en versos escasos pero afables. Se eleva con Cervantes a la cumbre de la genialidad. Sigue con Lope, cuya fácil, fértil, prolífica creación no necesita más epítetos. Sigue con la elocuente orfebrería lingüística y sintáctica del grave Góngora, que evoca lo mejor del viejo Milton. Continúa con Quevedo, el oracular, el ingenioso, el perentorio. Y culmina con la filosófica y versátil producción de Calderón, de cuantos literatos dieron las Españas, el más reflexivo y el menos exaltado.   

 

   La prominente situación que en el siglo xvi ocupaba España en el campo de las armas se extendía no sólo al teatro europeo sino también a tierras tan lejanas como las Islas Filipinas y el Río de la Plata, al continente africano, al Mar Pacífico; desde el trópico de Cáncer, al norte, hasta el de Capricornio, al sur. Sus fuerzas navales literalmente de habían desplegado por el mundo; sus tercios de infantería, de cuya invicta pujanza las tierras de Francia, Suiza, Flandes, Nápoles y el resto de Europa, así como Marruecos y América y Asia habían sido testigos, sus tercios de infantería no encontraron rival en esa época. La marcial audacia de Cortés le había otorgado un imperio de fabulosa magnificencia, rival, en la historia, del egipcio. Balboa le había dado el Pacífico. Pizarro, trasladándose  de los muros de Trujillo, en Extremadura, a las costas del Perú y uniendo a sus grandes cualidades grandes crímenes le había entregado el inmenso imperio de los Incas, conquistado en un formidable derroche de energía, inventiva y sagacidad humanas. Las armas españolas imperaban por completo en el Nuevo Mundo y en el viejo Continente dominaban más que lo que Napoleón dominaría en su tiempo.    

 

   El poder, como anota el célebre aforismo, “sale de la boca del cañon”. En el campo del poder, el español no sólo no fue la excepción a esa regla, sino que marchó pari pasu al ejercicio de las armas en su viaje hacia el dominio. Fue usado con sutil o ponderosa energía, ora mediante el empleo de la diplomacia, ora con la ruda mano del gobierno despótico y sanguinario. Cualesquiera hayan sido los otros atributos, o quizás los defectos, de los hombres que España produjo para gobernar su imperio, todos exhibieron relevantes dotes de autoridad, de disciplina y de lealtad. El Gran Capitán, Gonzalo de Córdoba, desplegó en Italia los gajes de la excelencia con su galante comportamiento en las hostilidades, la frugal conducta del soldado y el prudente manejo de la cosa pública. Jiménez de Cisneros, cardenal benévolo y violento, se adueño de la conciencia de la reina como su confesor, de las almas de Granada, como su arzobispo y luego del reino, como su regente. El Duque de Alba, no menos idóneo que los otros procónsules españoles, empleando enormes poderes decidió esculpir su reputación con los materiales del gobierno opresivo y la efusión de sangre, usando como pedestal el territorio de los Países Bajos. Cortés gobernó con osadía. Pizarro sin escrúpulos. Todos intentaron hacerlo con honor.

 

   Pero esa preeminencia española en Occidente , de cuya magnitud la historia escasamente ofrece paralelos, duró muy poco tiempo. En relación con la literatura culmina prematuramente con la obra del insigne Calderón. En el terreno de las armas comienza a naufragar en el colosal desastre de la Invencible Armada en las aguas que separan a Esapaña de Inglaterra. Y en lo tocante con el poder, todo aquello que había sido objeto de envidio o terror para las cortes de Londres, Versalles y la Haya ¾el soberbio esplendor de los tronos de Carlos, el primero de su nombre, y de Felipe, el segundo¾, se había trocado, hacia 1700, en objeto de universal desprecio cuando en España dominaban una reina ambiciosa; Portocarrero, un cardenal vindictivo e intrigante, y Carlos ii, un monarca supersticioso, pusilánime, corto de talento, pequeño de razón. El problema de su sucesión habría de ocupar a Europa desde las costas del Atlántico hasta los bancos del Vístula durante más de doce años: el gran descenso español había comenzado; y este descenso hacia la sombra no tardó en convertirse en un estado de decadencia galopante, que se prolongó hasta bien entrado el siglo de Stravinsky, Einstein y Picasso.   

 

   Tal, a grandes rasgos, fue la parábola histórica de esta gran potencia, y tal su menguada situación presente cuando en una de sus impacientes colonias crecía el hombre que iba a ejecutar la suprema afrenta de sustraerles a los descendientes de la ilustre Isabel la gema más preciada de su corona vacilante. L