EL SIGLO VEINTE COLOMBIANO: APERTURA VIOLENTA
El siglo veinte rompió en Colombia con salvos de guerra, en uno de los más cruentos conflictos políticos que hasta entonces se hubiesen gestado en el país, la Guerra de los Mil Días. Y cerró en medio de otra conflagración que hacía palidecer la de su apertura.
En el ínterin, por paradójico que parezca, Colombia fortificó sus instituciones, su democracia, su industria y tecnología, su posición en el concierto de Hispanoamérica, sus relaciones bilaterales con Estados Unidos y su economía.
Ese desarrollo naturalmente fue disparejo. Por el lado infausto, la nación exacerbó sus luchas políticas y dilapidó la energía del pueblo al convertir la violencia de corte político en un actor permanente de su tragedia social. Por el lado fausto, con la alborada del siglo nacieron las grandes empresas que hoy existen, Coltejer (1908), Cemento Samper (1909), Cervecería Bolívar (1908), Postobón y las refinerías del azúcar.
Avance y estagnación serían, pues, los polos gemelos de ese transcurso histórico de cien años. Bien que desde las medianías de siglo hasta su expiración, los conflictos políticos y de clase violentos mantendrían una presencia casi continua.
El primer síntoma de las confrontaciones entre clases sociales se dio en 1919 como resultado de las tensiones económicas que produjo de contera la Primera Guerra Mundial. La indemnización por el desmembramiento de Panama, que adelantó Estados Unidos, se dilapidó, en menoscabo de la equidad social. El enriquecimiento de los grupos conectados con los intereses económicos internacionales irritaron aun más las diferencias de ingresos y de clase. Y en 1927 se presentó la primera huelga petrolera, contra la Tropical Oil Company. El punto crítico laboral del primer cuarto de siglo se alcanzó con las masacres de Barrancabermeja y las bananeras.
Empero y paradójicamente, esta época inicial del siglo fue también el momento clave del despegue económico de Colombia. Entre 1925 y 1929 el producto interno bruto per capita creció a 5.2%. Y entre 1930 y 1933 se formaron 842 empresas. El índice industrial subió entre 1939 y 1948 de 100 a 243.
Mas lo verdaderamente significativo es lo siguiente: que precisamente en razón del ritmo acelarado de las innovaciones técnicas y la convergencia de importantes cambios económicos en tan reducido espacio temporal, se precipitaron convulsiones sociales en el sistema tradicional de valores, con resultados de subversión y violencia. Es decir, el rápido cambio en las fuerzas y los medios de producción entró en conflicto con el sistema de propiedad imperante, con el orden judicial existente y con las normatividades sociales y culturales de antiguo enraizadas en la práctica y la conciencia nacional.
Fue Rafael Uribe quien con sus arrestos políticos iconoclastas produjo una ideología reivindicadora de las quejas populares, colocándola bajo los pendones del sindicalismo, la justicia distributiva y la reforma agraria y tributaria. Un nítido programa de izquierda. Coincidencialmente, sería un Uribe con diferentes atributos humanos, quien con marcados programas de derecha y exactamente cien años más tarde introduciría reformas políticas encaminadas a cambiar un status quo de contracción económica, pesimismo y apatía ciudadana , a erradicar con palabras la corrupción rampante y con armas la violencia secular de clase trastocada en terrorismo por el lado popular y en despotismo y autocracia, por el gubernamental.
Debe subrayarse que hasta las proximidades de los años veinte, el mercado laboral se sometía a una dinámica más acentuada en la zona occidental que en la oriental del país. En la franja este, la vinculación del trabajador agrario a su respectiva hacienda fomentaba su aislamiento del mercado laboral.
Esta expoliación de la fuerza de trabajo aunada a la diversidad de la utilización de las tierras creaba una entabladura económico desalentadora, aun de peor naturaleza cuando se admite el bajo uso de la tecnología, una industralizacion centrada en lo textil y un sistema ferroviario apenas útil para el transporte del café, que omitía expandir el movimiento de productos diferentes al grano. El cultivo del café sería determinante en la formación social del país. La capacidad de producir buena cantidad de grano en pequeñas parcelas y el bajo costo de su producción atrajo a los propietarios pobres. El café se había convertido en la única producción motivadora de general prosperidad para la nación. Pero la nación había caído en el monocultivo.
Que la pequeña propiedad hubiera sido la base de sustentación de una industria que se convirtió en la más importante de la nacion, sirvió para crear una economía unificada, enlazando el occidente con el oriente del país y haciendo necesario el aumento de las vías de comunicación. Consecuencia de gran calado fue la creación de un consumo interno y por lo tanto la producción de más comodidades y servicios.
Otro elemento forjador del carácter nacional fue la concentración del ingreso en pocas manos, incentivadora de la gran propiedad. El efecto de este fenómeno sobre la forma que tomó la democracia en Colombia es altamente significativo. Pero en cuanto a las relaciones de clase, es evidente que la parcelación del café alentó, por el lado opuesto al elitismo, la formación de una robusta clase media. La cual demandaba productos complementarios de manufactura nacional, a diferencia de los comercializadores y exportadores del grano para quienes los productos suntuarios del exterior eran muy atrayentes. El café, entonces, compactó a un basto sector poblacional y lo separó de otro, del elitista y plutocrático, mismo que dominaba la economía nacional desde los tiempos de la Independencia y que al dominar la economia dominaba también lo político, lo social y lo cultural. Basta anotar que para comienzos de siglo el café representaba el 40% del total de las exportaciones y hacia 1920 cerca del 70%.
Lo anterior significaba que un descenso en los precios externos de café traía un descenso en los ingresos de amplios sectores nacioanales y en la capacidad de importar, con desastrosas consecuencias para el comsumo interno y la tranquilidad pública.
De esto se colige que los países consumidores de café comenzaban a tener una importancia exagerada y luego un control desastroso sobre la economía colombiana. Y que los comercializadores y exportadores del grano cimentaban su preeminencia económica, traducible a la política. La Casa Comercial López, verbigracia, controlaba el 70% de las exportaciones del café, era dueña de la Naviera Colombiana, de una red de depositos, de secadoras y trilladoras de café. Nada extraño entonces que Estados Unidos y la familia López vinieran a jugar un papel protagónico en la historia de Colombia.
Al vaivén de los anteriores factores, la desigualdad entre los sectores sociales continuó ahondando sin prejuicio del crecimiento del país.
Por ejemplo, las inversiones necesarias para la organizacion de las haciendas, obligaron a buscar disminuir los costos de producción, apelándose a formas no monetarias del pago de renta por parte de los arrendatarios, tales como el trabajo o la especie. Esto desvinculó al campesino de la circulación monetaria nacional.
Y aunque la emergencia del café en el occidente colombiano creó una economía parcelaria que produjo cierta estabilidad política, y aunque la ocupación de tierras para fines agropecuarios vigorizó el control de la clase terrateniente, es evidente que, por otra parte, el pausado avance de la industralización significó un aumento del acoso al trabajador urbano, el cual acoso produjo 70 agitaciones y huelgas obreas, para un total de 206 conflictos sociales entre 1920 y 1924.
Fuera de eso, un aumento exagerado en los precios de los bienes de subsistencia golpeó a los pobres y las diferencias de salarios entre el campo y la ciudad desestabilizaron las relaciones de trabajo en las zonas rurales con resuntados de descontento popular. En especial porque las disputas entre hacendados y arrendatarios se dirimían al tenor de leyes que favorecían a los primeros, o simplemente por vías de hecho. Como resultado, los conflictos rurales se tornaron violentos. Lo cual fue agrabado por el cuestionamiento de la legitimidad de los títulos de propiedad. Y porque los arrendatarios buscaron la libertad de sembrar sus propias cosechas y de venderlas en el mercado abierto. Colonos sin tierra acudieron a las invaccciones y los pequeños cultivadores demandaron mayores derechos. Como sería de esperarse, los grandes y medianos propietarios hicieron uso de un poder de persuación forzada, misma que habían heredado de sus epónimos en las épocas coloniales y siguientes.
La crisis del trabajo en las ciudades, y la de los salarios, los productos y las tierras, en el campo, fueron debilitando las bases políticas del régimen conservador y apuntando al advenimiento de la república liberal, la que se materializó en 1930 y se extendería hasta 1946.
En cuanto a la clase subalterna, propio es decir que ni en aquel régimen conservador, ni en esta república liberal obtendría la reivindicaciones a que era acreedora y por la que hasta entonces había esperado más de 110 años.
La primera mitad del siglo cerraba con ambivalentes indicios, el humo de las nuevas fábricas anunciando un crecimiento en el terreno de la industrialización y sangre en los campos, indicativa de una nueva epidemia de muertes campesinas. La segunda mitad del siglo pondría de manifiesto la extención y profundidad de ese ya endémico y secular poblema nacional: la opresión de clase como instrumento de silencio y de dominio.