Aparte 2. Americam
Terra, época preeuropea. Capítulo
XIV. Destrucción y ruina del Imperio Mexicano. Autor: Jairo Sandoval Franky. Plaza & Janés, Editores.
1999.
Desde luego, los hechos anteriores se trataban de la expedición
a tierra firme que el gobernador de la Isla Fernandina ¾Cuba¾ había puesto bajo el
comando de Grijalba, un capitán diestro de la armada de su rey. Este navegante retornaba
a su punto de partida cargado de alhajas, de oro y de cuentos exagerados, por
no decir maravillosos, sobre los misterios del lugar visitado. Su tripulación llegaba
contando cómo en tierra indígena , “mientras el capitán hablaba [con los
nativos], desenterró un cristiano dos jarros de alabrastro, dignos de ser
presentados al emperador”, y cómo un día “ya tarde vimos un milagro tan grande,
y fue que apareció una estrella encima de la nao… y partió… hasta que se puso
sobre aquel pueblo [indígena] grande… y dejo un rastro en el aire que duró tres
horas largas… y vimos además otras señales bien claras, por donde entendimos
que Dios quería para su servicio que poblásemos en aquellas tierras… y dimos
vuelta”. Además de semejantes extrañezas, alegaban haber sospechado que no
lejos del lugar descubierto residían, sin duda, moros y judíos, puesto “que
todos los indios [de dicho lugar] están circuncidados”.
Muy similar era,
como se echa a ver, al desconcierto de los nativos el desconcierto de los
visitantes.
No se hizo
menester demasiada persuasión para inflamar hasta el delirio la imaginación de
la gente de Cuba, desde la del gobernador hasta la del último bufón, obteniéndose
por resultado la organización de una nueva expedición, la que pondría el
mandatario en manos de un joven de relevantes dotes pretorianas, sagaz, retador
e inteligente. Se llamaba Hernán Cortés. Y de él se dirá por lo pronto venir de
Extremadura, en España, ser versado en el manejo del caballo y estar destinado,
tanto por sus cualidades como por sus defectos, a convertirse en poco más de
dos años en uno de los capitanes más famosos de la historia universal.
Habiéndole
adjudicado la suerte un padre de mucha honra y de poca hacienda, pertenecía
Cortés a una familia de arregladas costumbres y de frugal vivir. Habiendo
estudiado algo de gramática y de leyes en la famosa Salamanca, y bastante de
ardides en calles, mesones y recámaras, sabía hablar, sabía engañar y sabía
disimular. Enfermizo de niño, era salvado de la muerte por su ama de leche.
Inclinado en su juventud a la sensualidad, una aventura de amor ponía al
sibarita en el lecho del enfermo. La brillante reputación del Gran Capitán,
Gonzalo de Córdoba, atraía la atención del joven temerario y lo movía hacia Nápoles,
pero los encantos de las doncellas locales lo incitaban a permanecer en su país.
Deseoso de sobresalir, pero no siendo suyo ni vivir bajo la sombra de otro
hombre, por famoso que fuera, ni buscar abrigo en el regazo de las damas, por
exitantes que fueran sus sedas, resolvió ir en busca de aventuras donde la fama
no fuera compartible y donde el pago al esfuerzo fuera en oro, no en hijos. La
reputación de las Indias y la fulgencia del precioso metal americano ganaron la
partida, y el aventurero se embarcó para Santo Domingo. Contaba diez y nueve
años cuando dijo adios a la árida pobreza de su suelo natal. En la península
había acumulado algo de experiencia y ambición, en la isla se haría a tierras y
a indios. Pasaría luego a Cuba, donde se oiría llamar alcalde, se haría conocer
como encomendero y se dejaría admirar como amante de irresistible
galanteo.
Electo comandante
de la expedición a tierra firme, poco tiempo empleó en organizar su escuadra,
pero lo empleó con eficacia. Corto de dinero pero, por cuestiones de
matrimonio, bien relacionado, solicitó y obtuvo con facilidad un préstamo de
cuatro mil pesos oro, de donde resultó luciendo ropas de terciopelo filigranado,
penacho de plumas y medallón flamante. Juzgado por muy varón y hábil, se dio de
lleno a la tarea que intuía providencial, hallando en unos que agradecer y en
otros que temer, y con mucha astucia para evitar problemas, dio a entender con
hechos y palabras penitentes que su ambición no aspiraba a más que a satisfacer
las espectativas ajenas y tener por suficiente cumplir la orden del gobernador.
Para superar la
malicia de los solapados y los temores de su superior, resolvió llevar las
cosas por el camino de la docilidad, si le fallara el del disimulo, pero, eso sí,
a paso de soldado. Ordenó estandartes con las armas reales, pregonó la empresa
y apercibió a la gente y a los posibles maestres y pilotos de navío. Casi todo
el gravamen material de la empresa recayó en él, y todo a precio de especulación.
Compró vinos y aceite, tocinos y garbanzo, tomó fiada una tienda de buhonería y
recibió mil castellanos de una hacienda ajena, es decir: “compró dos naos, seis
caballos, y muchos trajes. Socorrió a muchos. Tomó casa, hizo mesa, y comenzó a
ir con armas y mucha compañía, de lo que muchos murmuraban, diciendo que tenía
estado sin señorío.” (López de Gomara, Francisco, La conquista de México,
Crónicas, 1986).
El estandarte que otearía victorioso en tierra firme e inspiraría
hasta la proeza el orgullo de su tropa, ostentaba por blasón, sobre terciopelo
negro bordado de oro, una cruz sobre fuegos blancos y azules con un magnífico
letrero en latín en que, según la filosofía a la sazón común al español, se aseguraba
que seguir la cruz y triunfar de los adversarios era cosa ordenada por la
infalible voluntad del Creador.
No sólo los enemigos sino los émulos de Cortés optaron por
soltar el monstruo de la envidia, de tal suerte que le era imperativo partir de
inmediato, siéndole, creía él, menos funesto enfrentar la incertidumbre del
futuro sin estar preparado por completo, que las ciertas urdimbres de sus
adversarios. Con toda la resolución y firmeza que caracterizó todos sus actos,
compró algunos negros y algunas indias, estableció los derroteros, legisló el
regimiento y habló así a su tripulación:
“Dejaré aparte el peligro de vida y honra que
he pasado haciendo esta flota, para que no creáis que pretendo de ella tanto la
ganancia como el honor; que los buenos quieren mejor honra que riqueza… Dios
poderoso, en cuyo nombre y fe se hace, nos dará gloria… yo os haré en muy breve
espacio de tiempo los más ricos hombres de cuantos jamás acá pasaron… Pocos
sois, ya lo veo, mas tales de ánimo, que ningún esfuerzo o fuerza de indios
podrá ofenderos, que experiencia tenemos de cómo siempre Dios ha favorecido en
estas tierras a la nación española”. (López de Gomara, Francisco, Ibid.)
Con esta oración
estupenda había tocado los sensitivos nervios del celo religioso, de la
rapacidad y del honor, los tres más poderosos incentivos del esfuerzo humano. L
(Este libro
no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso
escrito del editor.)