EL POLO “CENTRO-PERIFERIA” COMO HERRAMIENTA DE TRABAJO. (2)

 

   Similar ambigüedad a la de afirmar que la dualidad “centro-periferia” es a la vez importante y superflua surge de la imprecisión con que Callejón con salida maneja cada polo, es decir, a que no define con anterioridad al análisis particular el significado de “centro” o “periferia”. Por ejemplo, en la expresión: “en buena parte del centro impera la ley de la selva”, ¿a qué acepción de “centro” se hace referencia? ¿Al “centro” geográfico, al cultural, al político?

 

   Impedimento de cierta magnitud se encuentra en la unidireccionalidad de los exámenes bipolares en Callejón con salida. Por lo general la dirección evidente de esos exámenes va de la “periferia” al “centro”. Los conflictos supuestamente se generan por fuera del “centro” y la tarea consiste en observar su carrera hacia ese punto, adonde llegan a hacer estragos. Al contrario, los problemas que se originan en el “centro” político, social, cultural, geográfico, los cuales son numerosos, estos no suelen ameritar igual atención o casi ninguna. En tal sentido, se podría decir que el Informe de la ONU sobre Colombia (IDH 2003) sólo concibe un polo activo, la “periferia”, el otro es reactivo. Pasar de esta mentalidad, a la que mira al conflicto como relativamente ajeno al ¾y separado del¾ quehacer central económico, social e institucional del país, no requiere sino un paso. En la página 109 se lée: “… el conflicto ha convivido por cerca de tres décadas con una economía más dinámica, una democracia más abierta y una inserción más positiva de Colombia en el orden mundial…” ¿No cabría imaginar que, aceptando como cierto que por un tiempo la economía colombiana no fue “afectada” por la guerra, esta impermeabilidad se deba a la mediación de factores  que neutralizaron las repercusiones globales del conflicto, mismas repercusiones que tampoco han sido estudiadas a fondo? Los factores de un conflicto social tienden a ser endógamos.

 

   La conclusión obligada es que, para el Informe Callejón con salida, el malestar social colombiano de cuatro décadas se desarrolló en compartimentos herméticos y creció como un fantasma contiguo a, pero desconectado de lo “normal”. Así entendido, el conflicto es un demiurgo engendrado en la “periferia” en los años 60 y apenas exorcizado en el año 2002, en el “centro”. O, para decirlo de otra forma: el conflicto “convivió” por treinta años en el mismo vecindario que habitaba la historia amplia y viva de Colombia, pero sin que hubiese diálogo ni visitas de conocimiento entre las dos partes.

 

   Más curioso aún: el Informe personifica al conflicto como un turista internacional: “El conflicto acabó de llegar al ’centro’ del pais, llegó a Bogotá por la vía de Washington… cierra el ciclo de un conflicto que nació brevemente de la política, se prolongó por décadas al margen de ella, entró en la geopolítica y regresó convertido en la más grave crisis…” ¿Hay alguien en Colombia que de verdad crea que el conflicto nacional ha dejado un solo día, desde 1966 en adelante, de hacer acto de presencia en el despelote que afecta el sustento, los haberes, la tranquilidad y la vida de este o aquel grupo de colombianos “centrales”?   

 

   Y aun más. Según el informe, “el conflicto surge cuando ciertos grupos acogen un proyecto político que desborda el marco de la lucha electoral e intentan imponerlo por la vía militar”.  A más de que esta explicación genérica es conceptualmente arbitraria, es obvio que se está sustituyento el efecto por la causa. O, mejor aún, insinuar que una guerra que ha durado cuarenta años, heredera de otra que duró veinte, la que a su vez fue hija de múltiples otras, cuyas causas primarias se incrustan en las profundidades del tiempo y la historia nacionales, sugerir, digo, que la última guerra hizo acto de presencia de forma voluntarista, como acto mental, como fruto de la “acogida” dada por un grupo a la lucha extraelectoral, tal insinuación no luce persuasible.

 

   Con estas explicaciónes, y muchas otras que el espacio no permite acotar, el Informe ha dado al traste con las causas estructurales de los problemas sociales, incuestionablemente endémicos, que configuran el conflicto colombiano. Y la razón de esta metodología evasionista es obvia y es de doble naturaleza.

 

   Primero, nadie en el equipo central de analistas del Informe es obreo o campesino, es decir, ninguno pertenece al componente humano de la “periferia” ni empatiza con este. Todos son miembros calificados del “centro”. Esto quiere decir que si es cierto, como lo es, que un observador analiza la realidad sensible a través de los espejuelos que le coloca su identidad de clase y su íntimo entorno social (determinando de forma no probabilista su mentalidad e ideología), entonces la visión con que tal persona diseca un fenómeno social cualquiera no es objetiva, menos si la epistemología que rige el análisis no filtra y desecha, ab inicio,  todo bagaje de clase, prejuicio y tendencia que inevitablemente venga a enturbiar los procesos mentales. Y no basta con que el analista esté consciente de su parcialidad y que la registre de manera explícita, sino que le es mandatorio crear obstáculos y colocar retenes procedimentales suficientes para identificar los pensamientos y las teorías fraudulentas que circulan por su juicio, hasta eliminarlas, cabe el objetivo de mantener incólume la pureza del análisis. “The proof of the pudding is in the eating”.

 

   Así se entiende por qué la abrumadora mayoría de los cambios recomendados por el Informe son para la “periferia”. Y por qué al “centro” se le asigna la comoda, elitista¾y tendenciosa¾función de “diagnosticar”, “sobrevigilar”, “estimular”, “disuadir” y de diseñar las políticas públicas. Esta vieja tendencia “centrista”, consistente en que sea del resorte de los mandones de siempre decirle a la clase subordinada como pensar y como “modificar” su conducta, no es otra que la perenne forma de virlarle a los de abajo su derecho a incidir, con sus soluciones independientes, en la conducta pública de Colombia. Y esta estrategia autocrática (por lo general consciente) va de la mano de otra consistente en menospreciar el concepto de la injusticia social[1],  por “vago” y “simplista” y en eludir el análisis estructural del conflicto colombiano.  Con el menosprecio de la injusticia social se trabuca con la causa histórica primaria del conflicto, una tegiversación necesaria para que las hegemonías continuen sin cargos de conciencia en el ejercicio pedratorio del poder y el usufructo incompartido de las riquezas. Y con la elusión del análisis estructural las hegemonías quedan libres para adjudicar el conflicto a cuanto recurso acomodaticio venga en auxilio de su monopolio clasista. Y es de verse la manera ora sanctimoniosa, ora agresiva como la casta hegemónica y la oligarquía (la que no existe, segun sus testaferros) hiperventilan cada vez que se formula la explicación acertada sobre la secular  desigualdad social colombiana, y el grado de esquizofrenia a que llegan cuando se procede, así sea de forma timorata, a erradicar los privilegios de clase identificados como causales del conflicto.    

 

   Segundo, es obvio que el Informe tiene un preconcebido fin utilitario. Demostrar que el conflicto colombiano se soluciona aplicando los expedientes que aconseja el Programa de Naciónes Unidas para el Desarrollo, viz, el “desarrollo humano”.  Por lo tanto, todo lo que se incluye en el Informo y todo lo que se omite estan signados por esa imprinta utilitaria.

 

   Y no se trata de arguir que el desarrollo humano no es benéfico o incidente en las soluciones al problema colombiano. Sino de entender que el desarrollo humano es tanto la causa como el efecto del ambiente civilista y de la gobernanza nacional. Y sobre todo, de hacer propia la siguiente noción: si en Colombia no se soluciona definitiva (previa o concomitantemente con la busqueda de paz) el problema de la injusticia social que ha existido desde la época hispana, entonces el desarrollo humano sera una quimera y la paz permanente otra. Porque aun si una paz epidérmica lograra injertarse en la nación, su arraigo sería  casi indetectable, por tenue, y breve, por insubstancial. Los pasos fundamentales no son de libre o accidental aplicación.  L

 



[1] Injusticia Social. Una apostilla sobre el término “Injusticia Social” se halla en el artículo titulado “La guerra y la paz”, del archivo “Colombia”, y una explicación más a fondo en la serie de artículos denominada “Injusticia Social”.