LA “INJUSTICIA SOCIAL”, DETERMINANTE DE LA GUERRA CIVIL EN COLOMBIA. (2)
“¿No podemos
los occidentales entrever… que una civilización como la nuestra, erigida sobre
una tan masiva y hosca explotación de un hombre por otro, o encuentra el modo
de terminar con esa explotación, o perece en la sangrienta violencia de la
revolución fratricida?”.
Harold Laski,
Foreign Affairs, 1948
En un artículo anterior de
análogo título a éste, afirmaba que el conflicto colombiano se ve afectado por
varias causas, una de las cuales es determinante y permanente: la injusticia
social. Y que las restantes son contributivas y precipitantes. Que estas
últimas en ocasiones fungen como temporal o parcialmente determinantes, pero
que a la hora del vals la injusticia social es la causa matriz. Y que los
análisis que de la causalidad del conflicto se han hecho tienden a mistificar
el problema, pues en unos se ignora la secuencia de causas, en otros se rehusa
valorarlas comparativamente, y en otros más la concatenación causal se
comienza o trunca a voluntad del analista.
En este artículo deseo
señalar algo que una lectura atenta del primer capítulo del Informe El
Conflicto, callejón con salida hace irrebatible: que aplicando las
observaciones prescriptivas independientes que en él ofrecen los analistas, se
podría formar un cuerpo de teoría, unificado y coherente, demostrativo de que
la injusticia social es ¾en efecto¾ la causa primaria, la avariable independiente del
conflicto y, por ende, de su explicación. Dicho de forma contraria: la causa
central del conflicto colombiano está implicita en los trozos explicativos que
merodean sin dirección en el primer capítulo de Callejón con salida.
Antes de iniciar mi aducción,
intento hacer referencia a ciertos puntos aplicables al caso colombiano,
extraídos del reciente reporte “American democracy in an age of rising
inequality” (American Political
Science Association) de Junio 7, 2004.
En mi opinión, lo atinente a
Colombia se podría sumarizar diciendo que el Reporte resalta la relación casi
simbiótica que, para los reformadores sociales, existe entre la desigualdad
política, civil y económica y la injusticia, y mas allá, su impacto negativo en
todo el cuerpo social de la nación. El examen del impacto que la disparidad
política-económica tiene en el régimen público real y en la gobernanza republicana es
iluminativo. El reporte declara: “La fuerza de trabajo[llamada] ‘Desigualdades en la
Democracia Americana’ tras un extenso análisis sobre la participación política,
la gobernanza y las políticas públicas en Estados Unidos, parece indicar que
los ideales de la participación igualitaria y el gobierno obsecuente (responsive) de nuestro
país podría estar bajo una creciente amenaza en esta era de progresivas y
persistentes desigualdades. Las disparidades en la renta, la riqueza y el
acceso a las oportunidades se van tornando más agudas en Estados Unidos que en
otras naciones, y las brechas entre razas y grupos étnicos persisten. El
progreso hacia la realización de los ideales americanos de la democracia pueden
haberse atollado, y en algunos casos haber retrogradado”.
No se puede
escapar a la siguiente reflexión: si un problema político comparativamente
liviano, como este que se plantea, crea injusticia social y quiebra el proceso
democrático en una nación con una arraigada tradición civilista y republicana,
¿cómo no será real y
catastrófica la injusticia social en un país como Colombia, que por siglos a
marchado pari pasu o ligeramente a la zaga de disparidades aun más
pronunciadas y permanentes que las estadounidenses, en lo relativo al ingreso,
al empleo, a la distribución de la riqueza, a la dirección del bien público y,
sobre todo, a la tenencia de la tierra?
Pero, regresando a la
prioridad causal inherente a la injusticia social, aclaro de inmediato no estar
proponiendo un reduccionismo artificial. Mi propuesta es ésta: el arquetipo que
explica el conflicto colombiano no se basa en una serie de causas intolerantes
que no admiten mezcla, sino en una estrategia valorativa de múltiples causas,
objetivamente sopesadas y objetivamente estratificadas, en sujeción analítica a
la dinámica histórico-social real. Porque agrupar causas sin darles
orden y concierto parodia el método del escolástico, el alquimista o el frenólogo.
El secreto de una buena causación estriba en el uso de ese sexto sentido con
que se capta el zeitgeist de la época estudiada, su razón de ser y su
“sabor”, pues se sabe que las convicciones de una época son compartidas por la
generalidad, tal como lo afirmo Ortega y Gasset. Y como lo pregona el proverbio
arabe: “Un hombre se parece más a su época que a su padre”. Estudiar la época
sirve para saber cómo es que los analistas que no cuentan con una epistemología
de teorización caen en errores heurísticos, y para corregirlos. A toda síntesis
debe seguir una contrasíntesis.
Pero hay también una
antilógica del zeitgeist, una alteración del sentido básico que suele
dar a las cosas sociales toda generación (R. Stromberg), y sobre esa alteración
se construye la crítica, la cual sirve de base para neutralizar las ideologías
que se infiltran en el debate científico, por ejemplo, darle prioridad
analítica a la causa determinante del asunto. H. Fisher lo sumarizó bien al
criticar a Toynbee: el análisis social,
dijo, “no puede consistir en colocar una emergencia causal tras otra emergencia
causal, de la manera como una ola marina sigue a otra”.
Incumbe retomar el hilo
centra de mi árticulo, aludiendo de nuevo a la idea sustantiva en el sentido de
que las observaciones prescriptivas en cuanto a las causas del conflicto que de
forma explícita ofrece el Informe Callejón con salida podrían formar el
germen de un cuerpo de teoría, unificado y coherente, demostrativo de que la injusticia
social es ¾en efecto¾ la causa primaria, la avariable independiente.
Siguen algunas de esas prescripciones:
·
”…el fracaso del
Estado obedece a razones estructurales…”
·
”…el ‘caso’
colombiano… [es] una exclusión y una desigualdad social muy intensas…”
·
”Unas élites que…
invierten la energía en avanzar su carrera personal…”
·
” La violencia fue una
disputa burocratica y también ideológica por el control del Estado entre los
dos partidos mayoritarios.”
·
”… [hace] falta
política de Estado y sobran activismos de gobierno.”
·
”…el sistema político
colombiano es altamente clientelista… los políticos no se dedi[can] en realidad
a la política… se dedican más bien a administrar empresas electorales..”
·
”…mercantilismo para
los de arriba, patrimonialismo para los del medio y clientelismo para los de
abajo masifica la cultura de apropiación privada de lo público.”
·
”La dispersión y falta
de ‘sentido nacional’ de las élites conlleva un tratamiento aun más inadecuado
del pais periférico.
·
”…las élites perciben
a esa ‘otra Colombia’… como un mundo raro, primitivo, inferior y amenazante…”
·
“Las élites someten a
la ‘otra Colombia’ a ‘un régimen de ‘colonia interna’, sujeta a la voracidad de
terratenientes, comerciantes y funcionarios venales que extraen el excedente y
lo trasladan a la ‘metrópoli’…”
·
”Las élites
nacionales… no le pusieron coto a ese proceso que habría de entregar varias
regiones de Colombia al maridaje entre señores de la guerra y auroridades
locales…”
·
“…la extrema derecha,
igual que otros segmentos de la élite,
tiene… unos modelos de influir [sobre el] gobierno no central, las
corporaciones públicas, el aparato judicial… los gremios, los medios de
comunicación y la opinión pública nacional e internacional.”.
·
”Al interior del
aparato estatal, la democracia… se plasma… en entregar cada esfera de gestión…
al sector interesado de la élite para que la administre.”
·
”La exclusividad a las Fuerzas Armadas para atender el
conflicto reforzo su tendencia a [hacer de la ‘periferia’] un getto…”.
·
“Esta visión del
conflicto como un asunto criminal y periférico… aun predomina en la actitud del
Estado y las élites”.
Que un cúmulo así de elevado
de proposiciones connotativas y acusatorias verificables (independientemente de su
exactitud), demostrativas de que las
hegemonías impartieron históricamente ¾y continuan impartiendo hoy¾ exclusión, desorden e injusticia, no propiciara una contextualización
de causas según su carga probatoria en un cuerpo teórico rector es
indefensible.
En realidad, la dualidad
“centro--periferia”, formulada en el Informe como mecanismo de trabajo,
correctamente divide a la sociedad colombiana en dos sectores, uno dominante
del otro. La deficiencia consiste en que los analistas no buscaron, ni llegaron
a las conclusiones que lógica, analítica e históricamente se desprenden de esa
dualidad. Las razones de esa grave omisión no son del caso analizar, pero sí debo
decir que la falta de una sístesis final produce un torrente de conclusiones
sin garantía conceptual, pues hace que el dato social caiga en una circularidad
incesante de valoración. Basta señalar que de todas las causas contributivas al
conflico colombiano, ninguna antecede, ni cronológica ni locativamente, a la
injusticia social.
Comporta, entonces,
diferenciar entre la causalidad general y la causalidad específica. La general se refiere a la
totalidad del asunto analizado, la específica, a cada uno de sus aspectos. En History and social science, de Gerhard Lanski, se afirma: “en los
eventos sociales existe una causa general de desarrollo que puede ser acelerada
o desacelerada pero que en general no puede ser abrogada por sucesos [causas]
esporádicos y/o tangenciales”.
El argumento contundente viene de Marshall Sahlins, en la forma de
una imprecación a los analistas fofos: “Uno no desprueba una proposición acerca
de la distribución [de causas], a nivel de la teoría general sobre la
evolución de un caso social citando un caso ¾o una serie de casos¾ que conciernan a la evolución social específica,
sino demostrando que se ha fallado en la satisfacción de la generalización
hipotetizada”. Y este es el problema central
de El Conflicto, callejón con salida, puesto que en su cuerpo
teórico no se hacen planteamientos
científicos de causalidad ni de replicabilidad. L