El PORTICO INDISPENSABLE PARA “CALLEJON CON SALIDA” (1)
No debe existir razón alguna
para que el Informe IDH2003 auspiciado por el PNUD y denominado El
Conflicto, callejón con salida, en torno a la problemática social
colombiana de las últimas décadas, no pueda ser complementado y afinado, e inclusive reenfocado. El acervo de
información acumulado durante la investigación parece enorme y por lo tanto
está listo para ser objeto de nuevos exámenes desde estrategias de análisis
diferentes a las ya usadas.
Habiéndose desarrollado la
investigación como un trabajo conjunto de observadores (investigadores) y participantes (actores, informantes), el
escenario quedaba listo para la aplicación de una epistemología (estrategia de
conocimiento) que sacara ventaja de una compaginación de las dos fuentes. Esa
compaginación no se hizo formalmente en el Informe y, en donde se nota, no es
científica.
Bajo un tipo estricto de
estrategias de análisis, se atiende tanto a los actos mentales (ideacionales),
como a los comportamentales (behavioral), y a diferenciar los
unos de los otros. De tal manera que los pensamientos y los actos de los
participantes sean susceptibles al análisis desde la perspectiva de los mismos
participantes y, por separado, desde la perspectiva de los observadores
analistas.
Cuando la realidad se analiza
desde la perspectiva de los participantes actores, los observadores echan mano
de conceptos válidos, en cuanto a significado, desde el punto de vista de los
participantes. Cuando se analiza desde la perpectiva del analista, los
conceptos se deben acomodar al significado que ellos mismos, i.e., los
analistas, les dan. En ambos casos es posible obtener resultados objetivos,
valga decir, científicos. Y aunque los resultados de uno y otro modo de
analizar sean divergentes, las dos perspectivas conducen al entendimiento de
los hechos “reales”, ya sean mentales, ya comportamentales, siempre y cuando se
empleen los requisitos probatorios de la replicabilidad.
Como los puntos de vista de
observadores y participantes pueden ser presentados objetiva o subjetivamente,
las ciencias sociales han apelado a dos términos extraidos de la lingüística
antropológica: “emic” y “etic”.
Las operaciones “emic” tienen
como distintivo elevar al informante, actor o participante, a la categoría de
juez, en torno a la verosimilitud y legitimidad del análisis hecho por el
observador. El observador entonces piensa y actúa como si fuese el
participante, mediante un acto de profunda empatía. Y la prueba del éxito posa
en la aceptación que esta operación genera en el participante.
Las operaciones “etic”, por
el contrario, tienen como distintivo la elevación del observador a la estatura
de juez último de las categorías usadas en el análisis y en la descripción del mismo.
Y la prueba del éxito se cifra en la habilidad para producir teorías válidas
sobre la causalidad, la similitudes o diferencias entre los problemas
socioculturales analizados.
La ventaja de esta estrategia
depende en mucho de la operacionalidad
de los términos usados en el estudio del problema (términos como
democracia, conflicto, gobierno, violencia, fracaso, etc.), puesto que la
cientificidad del análisis se evapora si se permite que la terminología acarrée
ambigüedad y que el universo mental del observador sea indistinguible del
universo propio del participante. Las estrategias que omiten distinguir entre
la corriente mental y la operacional, y
entre las operaciones “epic” y las “etic”, nunca podrían desarrollar cápsulas
teóricas capaces de escudriñar con efectividad la problemática social.
La anterior es una de las
deficiencias capitales del Informe. Lo cual se manifiesta verbal y
accidentalmente en el capítulo tres (p. 93), así: “No hay duda de que algunos
guerrilleros… están arriesgando la vida por una idea… una guerra degradada tiende a atraer la gente equivocada y a
reclutar por razones equivocadas… ni está escrito que deba haber un único
motivo, ni el ser humano los conoce siempre ni están ellos exentos de cambiar
con el tiempo.. Digamos entonces que… los motivos para estar en la guerra son
tan poco o son tan degradados como es la guerra”.
Aqui vemos cómo el
investigador no cree ni remotamente necesario entrar en el universo mental del
guerrillero para determinar sus razones, compararlas con las de él, las del
observador, y luego con la realidad objetiva (behavioral) desde lo
“emic” y desde lo “etic” mismo, todo con el fin de determinar el status
epistémico y por lo tanto el “fondo real” del asunto . De ahí las futiles
expresiones “razones equivocadas” y “motivos degradados”. Estos juicios de
valor son impropios en el análisis científico. Además, cuando se entiende por
qué un guerrillero piensa como piensa, ofrecer, como explicación, que el
guerrrillero está “equivocado”, sin más ni más, es superfluo.
En adición, es cierto que no “está escrito que deba haber un único
motivo”, pero el científico social debe encontrarlo (o, como alternativa,
probar su inexistencia), o deja de serlo. Una crítica contundente a un defecto
análogo al citado la hizo el behaviorista Robert Berkhoffer al estudiar
la forma como algunos investigadores exminaban el comportamiento de varios
agentes históricos (actores) del remoto pasado universal: “La perspectiva dual
del analista social lo obliga a catalogar lo que es “conocimiento” y lo que es
“creencia” de acuerdo al punto de vista
de quien es el objeto del estudio y de las actitudes prevalecientes en su
sociedad. [Es un error creer que] lo que la gente del pasado consideraba ser
verdades existenciales, sea rotulado de “mito’ o “leyenda” por el
investigador…. Si los actores pensaban que sus imagenes eran reales, ¿por qué
el analista no acepta esto como el punto de vista del actor? Para determinar lo
que es mito, en oposición a lo que es realidad, el analista debe producir
evidencia explícita en el sentido de que los actores creían que sus
proposiciones sobre la realidad eran falsas.”
La objetividad se realza aquí, sea reiterado, como el
estatus epistémico que separa la comunidad de los observadores de la comunidad
de los participantes. Y, además, como el puente analítico que las une, en
última instancia, en la exposición de conclusiones. L
(Continúa en la parte “2”
del mismo artículo)