POR LOS CAMINOS DE LA INJUSTICIA SOCIAL, DE 1886 a 1946.

 

“Los  indigentes y las personas sin trabajo forman el detritus en que se gestan las dictaduras ”.

Franklin Roosevelt, 1944

 

   Al tenor de la euforia producida por los atisbos a una prosperidad inducida por el comercio y, asimismo, al tenor de la depresóon de ánimo social a cuenta del recalcitrante y sanguinario belicismo intra e interclase nacional, la casta hegemonica colombiana dio en tierra con la Republica Federal y puso su esfuerzo en alcanzar un entente cordial  morigerador de las constantes pugnas fratricidas entre sus miembros. Corría el año de 1886.

 

   Debe darse por sentado que promover la “unidad nacional”, dar prelación al orden público, en dos palabras, ser pragmáticos, se convirtió en la consigna del momento. Era menester atraer el capital internacional y éste no echa raices a la vera de los volcanes. Debiase, pues, orientar toda la energía nacional a atemperar la paz y a protagonizar el desarrollo de la riqueza pública, que en realidad era la riqueza como propiedad de las hegemonías.

 

   Así las cosas, tomo cuerpo la necesidad de crear un Estado autoritario, regido por un ejecutivo con verdadero poder y munido de una organización pública centralizada. La Constitución Conservadora vino a plasmar estas exigencias.  Se emplazaba un sistema tradicionalista, jerarquizado, con un ejecutivo fuerte, pero dócil a estas filosofías, un sistema judicial obsequioso hacia los poderes del sector privilegiado, una Iglesia Católica confirmada cual copartícipe del aprovechamiento del Estado (nada nuevo en esto), las libertades civiles limitadas, el voto diseñado para conservar el poder en manos del sector “progresista” de la clase dominante y para mantener restringido al sector intransigente de la misma.

 

   La irrupción de dos guerras, una corta en 1895 y una larga y cruel en 1899 (la de los Mil Días) se encargó de probar hasta qué punto habia sido presuntuoso imaginar que las jerarquías gobernantes podían en realidad crear un estado de armonía en el seno de una clase aún incapaz de repartirse el Estado y la economía nacional y las departamentales, sin el recurso de las armas. Era claro, no obstante, que el centralismo traía consigo un elemento de estabilidad de positiva resonancia para el Estado, indudablemente benefico, y otro elemento de solidificación de las prerrogativas de clase, indudablemente deletéreo para el desarrollo social de un país inepto en lo de encontrar un módico de equilibrio entre las varias facciones de los de arriba y entre estos y los de abajo.

 

   Lo irrefutable es que la centralización del estado hizo posible la centralización del despojo y la corrupción. Al punto de que la creciente oposición al gobierno conservador rindió inaplazable una reforma derogatoria  de los peores expedientes del dominio partidista. Con el desmembramiento de Panama (1903)  y con el elevado monto humano de la (hasta entonces) mas cruenta de las guerras civiles nacionales, las fuerzas hegemónicas llegaron al nadir de su confianza en sí mismas. El resultado fue la dictadura de Reyes que, como la ejercida por Bolívar en razón del mismo problema, 77 años atrás, fue el segundo campanazo antidemocrático indicativo de que los poderosos no lograban dividirse la suculenta torta nacional sin acudir a las dentelladas.  

 

   Se dio cuerpo entonces en el seno de la clase dominante a un hábil malabarismo politico que ha subsistido hasta la fecha, consistente en manosear las existencias de la democracia con el fin de prestidigitarla hacia una de las formulas más astutas de las muchas que hayan inventado los grupos sociales privilegiados para mantener el orden y la tranquilidad pública. Y no hablo de conspiración, hablo de sutileza.

  

   El malabarismo estabilizador consistió en la regeneración de aquellos mecanismos democráticos formales sin los cuales cabía que el país eventualmente cayera en inestabilidades permanentes, valga decir, permitir el juego de los congresos aceptablemente libres, de los partidos políticos relativamente independientes, de los sindicatos no intervenidos, de los medios de comunicación de acepatable autonomía, de las libertades civiles y económicas de cierto rango, de cierta mobilidad social, de colegios públicos no politizados, todo en dosis estrictas y apenas suficientes para mantener la gobernabilidad y evitar que las partes  menos nobles del cuerpo nacional se tonificaran al punto de desafiar a los detentadores del poder, o lo usurparan.

 

   Se trataba de cooptar a la clase subordinada. De permitirle ciertas opciones de bienestar y de participación. La válvula de escape. El algodón entre los vidrios del antagonismo de clases. La manera de evitar que el vapor del descontento popular subiera a temperaturas incontrolables. El sistema bonancible para capear con finura toda crítica disruptiva del poder hegemónico. El expediente para evitar tener que acudir a la represión. Un pueblo medianamente satisfecho piensa antes que todo en reformas, no en guerras civiles, y las reformas son fáciles de manipular, los conflictos bélicos no lo son. Incumbe afirmar, por otra parte, que este talento sibilino de la casta hegemónica nacional ha mantenida viable la democracia y vivas las libertades civiles a través de más de un siglo. Muchos colombianos de talante y conciencia democrática han hallado en esa seudo apertura el norte de su metier  como ideólogos y  ocupación para su intelecto de repúblicos. Dejo para otro lugar tratar de demostrar cómo esta democracia a medias procura (como todo remedio diluido) curaciones a medias, lo que ha hecho de Colombia un permanente campo de batallas políticas y un hervidero para la injusticia social.

 

   Y ha sido esta democracia malabarista, conmensurada y graduable lo que ha dado origen a un segundo producto, que se cifra en la inevitable reaccion popular al esquema de democracia a gotas. Este otro producto consiste en la reaccion beligerante, sediciosa de la clase subordinada, desinclinada ¾como simpre lo ha estado y como la condicion humana dice que debe serlo¾ a someterse por una eternidad a vendimiar briznas de riqueza y poder en rastrojos bien trillados por los dueños tradicionales del eral. Tal es el dilema historico nacional: si los de arriba le dan campo a los de abajo para desafiar pacificamente  el arreglo democratico, los de abajo se estiman con derecho para amenazar violentamente el arreglo democratico de los de arriba.

 

   No puede hacerse caso omiso de que a principios del siglo xx la injerencia de Estados Unidos en Latinoamerica resquebrajo el orden quasidemocratico imperante, en su intento predatorio por adaptar al hemisferio a sus politicas de apropiacion de las riquezas naturales de la region.  El regimen presidencial del General Reyes fue acquiescente a esta situacion y en 1921 el Presidente Suarez asumio la misma postura implementando una politica petrolera docil a los intereses economicos del pais del norte. El Presidente Olaya Herrera fue instrumental en el despojo a Colombia. En la decada que corre de 1920 a 1930, las hegemonias nacionales gozaron de una bonanza financiera como efecto de la entrada de los capitales provenientes de Estados Unidos.

 

   Como tenia que suceder, estos cambios sucitaron una reaccion por parte de la clase dominada, la clase estancada en la pobreza. Ya en 1878 los trabajadores del ferrocarril del Pacifico entraron en huelga, los del Canal de Panama, en 1884 y todos por las mismas razones: infimo salario y pesimas condicines de vida. En la Costa Atlantica se declararon huelgas en 1910 y 1918. En Girardot en 1919.  En Bogota en 1924 y 1927. En 1928 se dio la huelga bananera que culmino en masacres. Al mismo tiempo se llevaron a efecto las reñidas huelgas contra la Tropical Oil Company. Desde entonces, las protestas obreras colombianas muestran un doble contenido, parte en contra de la represion nacional, parte en respueta a la solificacion de los intereses estadounidense en Colombia, implementados estos a traves de la agencia docil de las oligarquias y sus gobiernos.

 

   En el sector agrario, se presentaron migraciones de trabajadores hacia las zonas cafeteras y un auge volatil de la monetarizacion del sector, en el cual sector tampoco faltaron las combulciones reivindicativas: en 1916 el levantamiento indigena en el Cauca, en la region del Sinu en 1919 y en 1920 en los departamentos de Cundinamarca y Tolima.  En el lapso de 1930 a 1931 se registraron nada menos que 58 conflictos agrarios. En los cinco años anteriores a 1937 mas de 20.000 campesinos llevaron a efecto luchas agrarias. Nada insolito, entonces, que estas manifestaciones fisicas tuvieran que ver con la injusticia social de la epoca. (Otrosi: Estudiar con objetividad las causas y los efectos de luchas como estas ¾siendo tantas y tan virulentas¾ conduciria a multiples y reales explicaciones del conflicto que acosa a Colombia en el siglo xxi).

 

   La descomposicion del regimen conservador despues de 1910 avanzaba al paso de las visicitudes adscritas al gobierno despotico. Inclusive la voz cantante del conservatismo teocratico, el Arzobispo Primado, fue desconocida por los obispos regionales. La omnipotencia eclesiastica, mas interesada en conservar su poder temporal que en la justicia social, distorsiono los problemas nacionales en sus pastorales, pastorales politicas antes que sacras. Obnubilados el partido conservador y la Iglesia por el fanatismo, el liberalismo aprovecho la feral coyuntura para obtener el poder, en la persona de Olaya Herrera, el año de 1930.

 

   Erase un clasico cambio de poder elitista a poder elitista, como lo documenta un parangon calificado de tales elites, Carlos Lleras Restrepo, asi: “El liberalismo comprendió tambien [en 1930…] que había cambiado el curso de su destino. Alfonso López, percibio…el inevitable rerrumbamiento conservador. Eduardo Santos, Gabriel Turbay, Francisco Jose Chaux dirigieron a Olaya la memorable invitacion a la cruzada politica que abrio las puertas hacia la vertiginosa marcha hacia el poder”.  Y para demostrar que las oligarquias colombianas y el conglomerado de los de abajo abrigan los mismos propositos, Lleras continua postulando: “El pueblo liberal se encargo de poner fin a las divisiones de sus jefes, acallo con su enorme voz de victoria… las dudas y cubrio desde la ultima aldea hasta las plazas capitales… con sus banderas rescatadas a la gloria y al dolor del pasado”. Se pensaria que el “pueblo liberal” (o el conservador) ha venido izando a traves de las decadas las banderas “gloriosas” que le han traido pan y techo.   

 

   Siendo el manejo del estado un botin politico, los burocratas conservadores de gobierno fueron reemplazados por sus contrapartes liberales (lo mismo que, al reves, iria a suceder en 1946 al sucumbir el regimen liberal).

 

   En 1936, no obstante, se le limaron a la Constitucion conservadora de 1886 algunos de sus angulos mas asperos. Se implanto un timido intervensionismo de estado, que la enojosa propaganda conservadora tacho de “bolchevique”. Error craso, porque si la retorica liberal era, en efecto, socialista, el espiriru del partido, por simple sentido de preservacion, era elitista ¾algo que el lider populista, Gaitan, iria a comprobar en carne propia. Asi y todo, el enfasis en la libertad de conciencia y de enseñanza puesto por el nuevo regimen politico fue logro de primer orden. Se dio, ademas, inicio a un sistema rural de proteccion al campesino, y origen a una fragil politica de reparticion de tierras. En lo referente a la proteccion al obrero, se implanto una nueva modalidad de asistencia, a saber, el gobierno como arbitro en disputas laborales. “La revolucion en marcha” , obra del Presidente Lopez, trajo un modico de alibio a la clase dependiente, a pesar de que durante el gobierno anterior al suyo, el de Eduardo Santos, mas atencion se diera al orden que a la justicia social. Ni que decir tiene que siendo los presidentes liberales de este periodo (con excepcion de Olaya) los mas rancios exponentes del grupo ologarquico mas exclusivista del pais,  la “lexocracia” bogotana, este infimo sector nacional no descuido el cuidado de sus bastos intereses.

 

   Enerbados al paso de los años los dos partidos por el tono impelente de sus respectivas oratorias tribunicias y ante la sempiterna imposibilidad de segmentar la consabida torta nacional de forma armonica, el liberalismo se agrieto en dos facciones . Esta alteracion vino en beneficio de lo mas obstinado del ologopolio nacional. La Federacion Nacional de Cafeteros las emprendio contra algunas menores inversiones sociales del gobierno lopez. Los industriales, de firma analoga, pusieron el grito en el cielo. La Organizacion Patronal Economica Nacional, empolladero de  industrialistas, terratenientes y banqueros, ataco las medianamente justas politicas agrarias del Presidente Lopez y propicio la violencia anticampesina; Juan Lozano suplio la razon y la prosa.      

 

   El resultado era el predecible, en 1946 la ascension del conservatismo al poder puso fin a los arrestos, mitad populistas, mitad plutocraticos, del liberalismo. A la sazon, incapaces los caudillos y mandos superiores de los dos partidos de coordinar un minimo de libertades y ganancias economicas para la clase subalterna, y aun reprimida esta por los opositores a cualquier reforma social, el esquema de la injusticia social como penalidad constante fue mas que visualizado y entendido por el sector vanguardista y beligerante de esta clase. Sector para el cual fue tambien evidente que, si en las administracion “progresista” que quedaba atras no se obtuvieron ni los derechos politicos basicos ni los avances economicos minimos, menores serian en la contextura administrativa y en el periodo entrantes las garantias y los resultados, y que haria bien en pensar en serio remitir a la suerte de la protesta armada sus reivindicaciones. El temor anticomunista de la epoca y la concientizacion revolucionaria  que, bajo el amparo de luchadores de tendencia socialista, habia venido acumulando el campesinado ofendido prepararon el campo de batalla.

 

   Colombia entraba al lapso historico mas cruento de su historia. Los 54 años restantes del siglo xx no serian suficientes para dar fin al derramamiento de sangre que se inicio con ese cambio de gobierno. Aun mas, el primer lustro del siguiente siglo cursa sin que se vislumbre el fin de esta gordiana manifestacion de la lucha  de clases en Colombia. Una lucha nacional con innumerables causas, mismas que crecen o se debilitan con el tiempo, que se entrecruzan y retroalimentan una a otra. La mas importante de las cuales, la injusticia social, es la mas antigua, permanente, amplia y visible de todas. O sea, es la causa determinante, eficiente y primaria. Pero, de manera asaz incompresible, esta causa determinante ha sido flagrantemente ignorada  por los gobiernos, manipulada por los politicos, menospreciada por los intelectuales, indetectada por la ciudadania,  desmentida por los empresarios del pais y, a la postre, prostituida por los alzados en armas.  L