POR LOS CAMINOS DE LA INJUSTICIA SOCIAL, DE 1510 A 1886.
“Los hombres pobres no son hombres libres”.
Franklin Roosevelt,
1944
De 4.000.000 millones de personas era la
población indígena de la Nueva Granada en 1510; para 1790 era de 135.000. Las
bacterias europeas arruinaron la fisiología del aborigen. Su universo supranatural
¾su religión
¾ dejo de
existir a golpes de cruz apenas décadas después del desembarco hispano. Una de
sus más importantes herramientas de relaciones humanas, el idioma chibcha,
murió a golpes de alfabeto castellano a medidos del siglo xviii. En menos de 50
años la tortura sicológica al indígena acabó con su panteón cultural.
Y en términos reales, para la segunda mitad del siglo xix las pocas
tierras que todavía demoraban en manos del nativo ¾su único medio de producción y
fuente de sustento¾ les fueron
arrebatadas. Es posible que algo de injusticia social hubiese en todo esto.
Que los indígenas lo entendieron (y lo
sintieron) así, no admite género de incertidumbre. La resistencia al invasor
marchó pari pasu de su deculturación. Guerras retaliatorias de los
pueblos caribes, urabaes, tahamíes, chirareros, tunebos, pijaos, andaquíes, yalcones, quimbayas, bugas, sutagaos,
sativas, catios, panches, zenues, turbacos, taironas y de los pueblos
tributarios del indomito Tundama, del rebelde Acaime, del cerebral Cacique de
Turmeque y del no menos bravo Nutibara. Dondequiera que hubo opresión y saqueo
allí hubo resistencia. Y la lucha no fue de años, fue de más de una
centuria.
Destruida en la baja colonia la economía
indígena al tenor de las migraciones y del arraigo de colonos ultramarinos, la
economía del hispano pasó a cimentarse en la extracción minera y ésta en cinco
polos de desarrollo, la mayoría de ellos en el centro y occidente del país. La
minería propició la división social entre grandes propietarios y crecidas masas
de trabajadores empobrecidos. El contrabando de metales preciosos, en ocasiones
de un 50% a un 100% del oro registrado, anonado el sistema de control
virreinal, que unido al persistente saqueo al indígena completó el cuadro
desolador social de ese momento histórico. Por último, las reformas tributarias
y a las rentas públicas impuestas por los Visitadores reales irritaron el
descontento popular, mismo que se canalizó, hacia 1781, en la primera gran
protesta a la injusticia social en Colombia, el movimiento comunero, el cual,
tras el despliegue de una duplicidad ignominiosa por parte de la autoridad
gobernante, vino a ser reprimido por la mano andrógina, mitad sacerdotal, mitad
politica, del emperifollado arzobispo Caballero y Gongora, de memoria non
grata.
Rememórese que para 1620 las mejores vetas y aluviones aureos habían quedado explotadas. Y que con los grandes yacimientos cerrados, se desquició la producción agrícola, desapareció la inversión en infraestructura y la minería restante se atomizó en grupos de pequeños extractores, lo cual pauperizó más a la masa subalterna. Diesmada la población indígena, el comercio sufrió mengua equivalente a la propiciada por la calamidad minera. La depresión económica dio nacimiento al ausentismo del terrateniente rural y al estancamiento de la tecnología agrícola. Obviamente no fueron las castas hegemónicas peninsulares ni las criollas las que sufrieron hambre.
Todo lo anterior rinde palmar la realidad capitalista de la época. Una España sufragana del pujante capitalismo inglés y holandés, la Nueva Granada una dependencia de esa Epaña, metrópoli ésta y colonia aquella, ambas al servicio de una formación económica mundial ajena a sus intereses e imposible de eludir.
Hacia 1789, la población de la Nueva Granada estaba compuesta en un 45.71% por mestizos, lo cual prestaba cierta dignidad a un proceso de transfiguración social que, no obstante, vino a desquiciar definitivamente las tradicionales diferenciaciones entre castas. Los abismos patrimoniales entre los granadinos se ahondaron, hasta que los antagonismos sociales, otrora basados en la etnicidad, comenzaron a compactarse bajo un esquema diferente, bajo el sistema de clases. Las familias señoriales fueron cimentando su poder oligárquico a la medida que crecía su influencia en el comercio, la minería y la agricultura y que se sellaba la conquista cultural del territorio, habiendo culminado ya la conquista física.
Mientras tanto, el indígena desaparecía definitivamente bajo el peso del mestizaje, y el mestizo pobre, a pesar de su peso numérico, sufría el desplazamiento económico-social que brindaba un país en que la “limpieza de sangre” era el único pasaporte al bienestar y al poder. El negro arrastraba su esclavitud, pero incrementalmente demostraba su descontento a través del cimarronismo, las rebeliones y los palenques, estos últimos formando los primeros pueblos libres de la América Hispana, como el de San Basilo, cercano a Cartagena de Indias. La esclavirud, por otro lado, subsistiría inmitigada en el Cauca y en el Valle hasta 1850.
Recapitulando: casi todos los virreyes del siglo xviii hablaban con marcado desengaño sobre “la postración” económica del Reino ¾en comparación, la colonia anglosajona del norte mostraba en este siglo un crecimiento económico y político incomparable ¾. Desde luego, “postración” territorial significaba relativa plenitud para las hegemonías y penalidades para los de abajo.
En los albores del siglo xix llegó y pasó la Independencia. Vio la luz una Colombia republicana y, dicho en idioma dickensiano, todo cambio y todo siguio igual.
El poder quedó por los criollos, es decir, en manos de las oligarquías autóctonas, arropadas ahora bajo leyes, constituciones y poderes propios. Las tierras, que durante las guerras por la Independencia fueron marrulleramente ofrecidas a los “pardos” (lease, clase media baja, comme ci comme Va) cual carnada para atraerlos a la lucha armada, terminaron por arte de birli birloque en las manos espectantes de las hegemonías “patriotas”. Incapaces de definir cómo administrar sin dolo o sangre la gran torta, que en actos de espeso heroísmo pretoriano supieron ganar del hispano, estas mismas hegemonías resolvieron partir la apetitosa confección en tres pedazos ¾los mismos de antaño: Venezuela, Colombia y Ecuador. Tres tajadas de clase en donde sendos poderes omnímodos recaían en las consabidas manos acaparadoras y las consabidas mentes autoritarias. Y la clase subalterna, zarandeada de aquel a este otro sistema de gobierno, antes sujeta a dos amos, uno europeo, otro natural, quedaba ahora a disposición de solo uno. Tal fue la “independencia” para la clase subalterna: cambio definitivo de amos. El Via Crucis republicano de esta clase comenzaba. La injusticia social (¿hay algo de injusticia social en todos estas prestidigitaciones políticas?), la injusticia social, digo, tendría en adelante un auténtico sabor criollo.
Obsérvese: Pocos años despues de la batalla de Boyacá, Santander restableció las viejas cargas tributarias, el impuesto de indígenas y la alcabala… la misma exacción en contra de la cual el patriota había levantado con tanto fervor la lanza del encono. Diferencias de enfoque y acaparación, crearon disensiones entre los grupos ahora dueños del botín. Bolívar, Santander, Páez, Márquez, Obando, Florez, et al, epitomízan las facciones hegemónicas en pugna. De inmediato se sucedieron unos tras otros cambios en el supremo mecanismo del domino de masas ¾las constituciones políticas nacionales: Angostura, Cúcuta, Ocaña. En 1828 se abonó la primera dictadura, indicio clásico de que el botín se estaba repartiendo mal. El nuevo presidente, Bolívar, restituyó varios impuestos onerosos. Y tuvo que eliminar las fricciones ideológicas y económicas con una Iglesia Católica local no muy inclinada a ser orillada, o a abandonar la más conspicua y sagrada de su doctrinas, cual era el monopolio sobre la mente y la conciencia colombianas. O deseosa de perder así porque sí una sola de sus prebendas materiales, tan abusivamente obtenidas todas como correspondía a un componente ilustre y el más rico de la clase hegemónica nacional. Ni en tierras, ni en patronatos y utilidades, ni en asuntos de fe habría de ceder. Se apretaba un punto más la correa de la injusticia social.
Las luchas intestinas caldearon los ánimos y como resultado, Bolívar, en una noche septembrina se vio obligado a amanecer tiritando de amor y frio bajo el puente del Rio San Francisco: la sed de poder y riquezas no respeta ni a los libertadores. Obando, por el Sur, expresó con el vocabulario de la rebelión que en sus lares él y su clase social mandaban la parada. Córdoba hizo lo propio en Antioquia, López en el Cauca. “¡Que cesen los Partidos!”, alcanzo a suplicar Bolívar antes de morir.
Los partidos no obedecieron. De 1830 a 1850, Colombia fue un inmitigado campo de batalla. El tabaco continuó como monopolio del Estado, pero como el Estado era monopolio de la casta hegemónica ¾entonces como hoy ¾ , el tabaco quedo a la suerte de esta casta. Durante el período se mantuvieron los gravámenes y monopolios tradicionales. Hubo conpiraciones, fusilamientos, querellas comerciales e industriales, divisiones entre militares y civiles, los primeros salvaguardando no solo los intereses de clase sino los regionales. Nada demuestra mejor la naturaleza vulgar y asfixiantemente elitista de la época que la nómina de los apellidos de alta prosapia que gobernaron por entonces al país, Márquez, Obando, Alcántara Herrán, Mosquera, Ospina, López, Mallarino, Murillo Toro, Holguín… La clase dominante no cambiaba de composición: sus componentes eran los de siempre, terratenientes, prelados, militares de rango, funcionarios de gobierno, letrados, exportadores.
Al compás del crecimiento marginal de la agricultura y la manufactura, el comercio fue sedimentándose en un nucleo ciudadano afín del artesanado, ambos gravitando hacia una misma agrupación política, discrepante, no tanto en ideología como en organización, de otra agrupación compuesta por el sector oligárquico y sus asociados. De estas disímiles tendencias nacerían los dos partidos políticos tradicionales del país. Partidos hegemónicos que jugarían el mismo papel mimético jugado por las constituciones políticas: presentarse como repositorios de los intereses ciudadanos generales, insinuando no importar las diferencias entre ricos y pobres, terratenientes y labradores, industriales y jornaleros. En una palabra, alardeaban los partidos ser colectividades policlasistas.
Falsa como era esa generosa ilusión política, en 1852 se suprimió la esclavitud, mas como para los terratenientes estos seres humanos eran apenas una suerte de herramienta parlante, muchos podertenientes pusieron el grito en el cielo, el más elocuente entre ellos, en verbo y pólvora, era el poeta soldado Julio Arbolada. Durante esta interinidad, las asociaciones de comerciantes tomaron fuerza, en parte debido a la eliminación del monopolio estatal del tabaco. En 1860 el movimiento federalista dividió a la clase dominante, incierta en lo tocante a fragmentarse territorialmente o unirse. Se siguió, hasta 1886, un fermento intelectual de claros ribetes liberales, sin precedentes, que abrio campos especulativos a la problemática nacional, sedimentó aún más la division de clases y propició el análisis doctrinario de las mismas. Por su versatilidad y aliento, estos análisis dieron lustre a la reputación intelectual de Colombia. En efecto, el lapso de tiempo que se extiende desde 1863, cuando se promulgó la constitución federalista liberal, haste 1866, cuando se revelo la confesional y conservadora, período denominado como el “Olimpo Radical”, exorna a la República en lo referente a la conceptualización de grave contenido teórico y alto vuelo literario. ¿Los nombres pinaculares? Nuñez, Caro, Samper, Martinez Silva, Cuervo, Camacho Roldan.
Colombia bulliría por varias décadas como una república liberal, catílica,
jerárquica, emergente, democratica… e injusta. La clase dominante se había
escindido entre liberales y conservadores, en razón de orientaciones y logros
económicos. El Estado posaba sobre los hombros
de uns pocas familias tradicionales. La Iglesia y el Ejército también.
Los esclavos y los indigenas se vieron forzados a participar en guerras contra
los “oligarcas” y los “aristócratas” o contra los “camanduleros” y los
“clericales”, igual daba. Fue el
momento de la gran división del liberalismo entre “Gólgotas” (los del
igualitarismo “cachaco”) y “Draconianos”
(los del populismo contestatario). Los conservadores no se quedaban atras: bajo
el bastón jesuita comenzaron a hablar el idioma de la democracia amplia.
En resumen, por estas calendas ni las necesidades básicas del pueblo fueron satisfechas, ni el transporte se racionalizó, ni hubo mejorías relevantes en planta y equipo. Gracias a las importaciones , los gastos suntuarios de la casta hegemónica se catapultaron a las alturas y la libre importación y el bajo régimen de tarifas deprimió la producción artesanal, la cual sucumbio a los zarpasos competitivos de la producción inglesa, niña mimada de las oligarquias criollas. El último agarre tentacular de tierras indígenas se dio en gracia a la puesta en venta de las extensiones indígenas de resguardo: golpe de gracia a los remanentes humanos nativos. Como consecuencia creció el latifundio y mermo la población rural. Al mismo tiempo que se consolidaban las oligarquías regionales. Esta fragmentación del poder y de la gobernabilidad, se tradujo en travas al comercio de aliento nacional y obstáculos para las nacientes ologarquías comerciales urbanas, forzando una caída vertical de las exportaciones y un impacto brutal entre los receptores de la renta de la tierra.
Colombia era todavía un pais rural, aunque la industria bancaria hubiese crecido logarítmicamente entre 1871 y 1881 y aun si proliferaban los usureros y caciques citadinos, doblando a veces como terratenientes. El capital se concentraba aún más. En el campo, la colonización de valdíos, el remate de tierras eclesiásticas y el retorno del capital urbano, crearon cierta unión entre latifundistas y profesionales ciradinos, los cuales vinieron a dominar la política nacional, en detrimento ya se sabe de que clase. Los artesanos y pequeños comerciantes debieron marchar bajo los tambores de una hegemonía deseosa de solidificar su poder elitista, el que en parte recibía el concurso de un naciente sector social medio.
La incipiente y ¾como
se verá en el siguiente artículo sobre el tema¾ potente arremetida política del sector conservador
revigorizado vino a darle un vuelco largo y rotundo a todo esto. Y, claro, a la
injusticia social. L