`POR LOS CAMINOS DE LA INJUSTICIA SOCIAL, DE 1946 a 1991.
“El elemento
esencial de la paz radica en la obtención de un estándar de vida justo para los
hombres y las mujeres de todas las naciones”.
Franklin
Roosevelt, 1944
El año de
1946 marcó con caracteres indelebles el inicio de la gran ola de sangre que
seguirá anegando a Colombia por el resto del siglo, y más allá. Esta violencia
contaba, entonces como siempre, con dos protagonistas ideológicos. Por un lado
la casta hegemónica que al momento luchaba, a) dentro de su propio interior por
la manera eficiente de dividir y disfrutar de una vez por todas el poder de
clase que había acumulado con el tiempo, y b) contra la clase subordinada que
interponía queja violenta, no deseando ser sorbida por su constante némesis;
esta constituía el otro actor ideológico.
Que los
patronímicos de quienes gobernaban y definían la suerte de Colombia a mediados
del siglo xx fuesen esencialmente los mismos que cumplieron la misma función en
el siglo anterior y siguen cumpliendola en el siguiente, los apellidos Lleras,
López, Lozano, Mallarino, Santos, Valencia, Caicedo, Gomez, Villegas, Samper,
Caballero, et al, habla a voces
de los cercados infranqueables que protegían (y protegen) los caminos de avance
y bienestar en la República.
El no dar
cabida a nuevos vientos sociales, económicos y políticos, mantenido al pueblo
colombiano al margen del poder, más y más se iluminaba entonces como la razón
central de la guerra de clases intermitente que zarandeaba al país. Y la
anterior aseveración nada tenía de lamentativa u oracular. Era simplemente el
acto de auscultar el vivero documental de la historia nacional, el cual
autorizaba a recalcar que, a pesar de las constantes promesas lusingueras de la
clase dominante, en el sentido de querer compartir el poder con los excluidos,
este poder no había transmigrado hacia abajo, ni menos gratificado las módicas
exigencias de este sector. Los insalubres egoísmos de los de arriba habían
propiciado en el país la inveterada resistencia de la masa. El conflicto
colosal de los colombianos no iba sino a empeorar a partir de esa fecha, dadas
las múltiples variables desquiciadoras, secundarias a la injusticia social, que
entrarían paulatinamente al interior del universo en lucha.
Concluida
la Segunda Guerra Mundial, el planeta seguía la derrota de la reconstrucción.
Estados Unidos, garante de la paz y potencia irrefragable de Occidente, a más
de recoger la lisonja propia del héroe, integraba su poderío económico. Las
materias primas y la seguridad anticomunista configuraban parte clave de su
visión estratágica mundial. Mientras tanto, la itinerancia propagandista y
expansionista del comunismo internacional hizo mella en Colombia. Lo cual
alentó a la Iglesia Católica a tomarse
más fuerte de la mano con el sector teocrático del conservatismo, con miras a
mantener viva la propaganda de la amenaza comunista. Se habla aquí, entonces,
de la difícil situación en que cayó Colombia en la lucha ideológica
internacional de posguerra pues, siendo Estados Unidos el numen tutelar del
continente hispano, nada que propiciara peligros en el campo de donde esta
potencia extraía sus materias primas se iba a tolerar.
Este
azaroso cuadro internacional iría a facilitar la tarea gubernamental, y sobre
todo la represiva, del conservatismo colombiano y a signar con la impronta de
la hoz y el martillo buena parte del pujo reivindicativo de la clase
dependiente. Es decir, fuerzas exógenas a Colombia, de izquierda y derecha,
entrarían a influir real e imaginariamente su futuro.
El cuadro
interno nacional no era menos alarmante. La propiedad era la piedra angular de
la arquitectura ideológica del conservatismo, tanto más sacrosanta cuanto más
ilegítima. Al mismo tiempo, el sector vanguardista de los campesinos buscaba
tierras y espacios. Lógico entonces que
los campesinos entraran en pugna con los intentos del partido
conservador en el sentido de controlar
el poder a través de esa propiedad que tanto defendía.
La
opulenta oratoria del lider Laureano Gómez en defensa de su visión falangista y
confesional, aunada a sus eximias dotes de conductor, precipitaron una oleada
de violencia que dio cuerpo a la tercera dictadura colombiana, la de Rojas
Pinilla. Se trataba de la tercera gran
campanada de alerta a la clase dominante, habiendo sido las anteriores dos las
dictaduras de Bolívar y de Reyes.
Tenue fue
por parte de la dictadura castrense que asumió el poder en 1953 la resolución
de arreglar el conflicto de clases, pero vigorosa su intención de prevenirse
contra cualquier disolución de sus vaporosos poderes. Se empinó entonces en el
entorno político nacional la figura emblemática del racionalismo liberal:
Alberto Lleras, cartesiano de intelecto, terso de dicción, incuestionable en
sus prosapias de “lexócrata” capitalino. El remedio por él ideado para mantener
a flote la naufragante casta hegemónica bautizó con el nombre de Frente
Nacional, que vino a ser la muralla china circunvalar con que por 16 años las
hegemonías protegerían los ejidos del exclusivismo y la discriminación
política, legislativa y electoral.
La
artificial y obligatoria alternación que se impuso en los siguientes cuatrenios
presidenciales ¾ cuatro fueron en
número¾ entre liberales y
conservadores, y la paridad en el Congreso, trajeron un módico de paz, de orden
y progreso, pero dejaron en la musarañas a cuanto colombiano deseaba ver
popularizada la democracia, de una vez por todas. Lo cierto es que el peregrino
engendro frentenacionalista no vino sino a reafirmar la verdad por todos conocida:
en Colombia el poder pertenece a dos, y
a solo dos partidos, ambos propiedad inalienable de la clase
dominante. De claro en claro se fue
perfilando una oposición al Frente, dentro de la oligarquía misma, que pocos
años después culminó en fracaso como experimento “revolucionario”. Debe darse
por sentado, entonces, que al defender por 16 años de una manera tan
escandalosamente cínica el exclusivismo clasista, las oligarquías y sus adeptos
gestaron, tontos útiles, su propia ruina y la de la casta de que eran cabeza.
La contextura administrativa frentista no podía, ni mucho menos, resolver los
problemas políticos nacionales de fondo. Cultores, los alternados presidentes y
sus mesnadas, de una noción absurda de la democracia, mientras más fieles eran a
sus erráticas concepciones, más invitaban la conflagración. El Frente Nacional
quedó nimbado por un alo de vacuidad que lo levitó hacia la evaporación
política. Ni los argumetos ensamblados
con cuidado por los exegetas del absurdo, ni su soberbia, ni su parcial
voluntad de contrición y enmienda, fueron parte a regenerar a una nación no
regenerable con paños de agua tibia o por chamanes.
Por de
momento, vale decir que el peculiar capitalismo requerido entonces por Estados
Unidos para Latinoamérica tuvo obediente aplicación en Colombia y que ciertos
índices de bienestar arrojaron cifras positivas. Así se hizo posible esgrimir
en el país un argumento socio-económico
bizantino: culpar al crecimiento poblacional de Colombia (i.e. la
“explosión demográfica”) de ser el
principal impedimento al desarrollo del país. Que fuese Alberto Lleras, niño
mimado de los políticos estadounidenses, quien enhebrara el argumento, explica
por que éste argumento era apenas un oportuno sofisma de distracción. El frente
nacional moriría como había nacido, o sea, con el fantasma de Rojas Pinilla
como expositor de la podredumbre política del momento. Y que los dos
contendores que las hegemonías propucieron para continuar gobernando
campantemente al país fuesen precisamente
hijos de los dos más connotados caudillos oligárquicos de los años
treinta y cuarenta, Gómez y López, reafirmaba la convicción general de que, tal
como sucediera en el País de las Maravillas, en Colombia, mientras más
cambiaban las cosas más igual seguían.
No por
haberme concentrado en las peripecias políticas de la cúpula gobernante, debe
asumirse que la vanguardia campesina de Colombia no afiló durante la
interinidad del Frente sus armas de lucha, no las blandió y no desató con ellas
un baño de sangre como pocos en la historia del continente hispano. Pues, lo
que para muchos campesinos había sido hasta entonces la jerarquía semisagrada
de los partidos hegemónicos perdió su patina intimidatoria y cooptante y sus
credenciales, y se hizo merecedora del
escarnio popular. Rompió plaza en muchas partes del país la patología
del odio. En contragolpe, el gobierno blandió en zonas rurales la villanías del
Estado para dar en tierra con las del combatiente sedicioso. El efecto fue
desastroso, pues que un Gobierno que acude al bombardeo aéreo contra quienes en
su juramento de poseción ofrece proteger, claudica principios y pierde razón de ser. Y cuando esos bobardeos
muestran su inefectividad, ese gobierno sin razón de ser se convierte en objeto
de irrisión, aun si continúa siendo temible.
Aquí urge
una corrección: negar el socorrido enunciado de ciertos analistas políticos que
presentan la estulticia y los conflictos internos de las hegemonías, su
“incompetencia” y patrañas, como la causa de la violencia rural iniciada en
1946. Este error no admite prueba. Pues que es el desarrollo de las dinámicas
internas de un grupo social, sus resortes intrínsecos, en contrapunto con las
fuerzas opuestas, lo que determina sus actuaciones y su pensamiento. Agravantes
exógenos podran incidir, pero como variables dependientes, jamás como causa
determinante. La violencia que desato el sector campesino no dependio de los
“errores” de las hegemonías, sino de los “aciertos” del campesinado pensante y
actuante motivado por sus propia cinética social. En tal sentido, la violencia
colombiana nace en donde lógicamente debe nacer, en la “periferia”, y allí se
alimenta de sus propios nutrientes. Lo único que faltaba sería que se hurtara a
la clase subordinada el derecho de ser movida por sus íntimas voliciones o
brujulada por sus propios pensamientos. Por lo demás, un análisis científico de
la problemática social hace imposible semejante suerte de amaños conceptuales.
Se afirma
que en 1974, cuando terminó el frente nacional, se retornó a la democracia. Tal
vez no se despeine el orgullo de quienes lo afirman si se adjunta un adjetivo
modificativo: se retorno a la democracia hegemónica.
Fue el
caso que los capitalistas nacionales recibieron con seño fruncido una nueva
administración (la de López Michelsen)
que acaloraba razones estabilzadores en lo económico, después de haber recibido
trato de favoritos en la administración de Misael Pastrana. El amenazador ahogo
de la inflación rampante vino a flagelar a la clase subordinada y a transferir
a los pudientes ganancias especulativas. El sector de los empresarios,
productores, financieros y comerciantes afianzó aún más su posición
privilegiada. Y el monopolio ejercido por estos capitalistas sobre los medios
de producción, sobre el mecanismo comercial, sobre los medios financieros y
crediticios, expuso meridianamente las divisiones entre ricos y pobres, con
efectos deletéreos para la paz del país. El cinismo de la Reina Maria Antonieta
hacía eco mudo en tierra colombiana: “Si el pueblo no tiene pan, ¡que le den
ponqué!”.
En la
siguiente administración, la de Turbay Ayala, la degradación del Estado como
garante de la igualdad y respeto a la ley fue total. El narcotráfico empolló
como elemento desquiciador de todo cuanto tocaba ¾y
lo tocaba todo. Político, Turbay, el mas felino de cuantos políticos felinos a
dado Colombia, repartió puestos públicos con mano rota. El control de clase
tuvo en este período presidencial gran holgura y el pueblo que por 16 años fue
reprimido en nombre de dos partidos, ahora lo era en nombre de uno, el liberal.
Se daba un raudo giro de 180 grados hacia el pretérito perfecto.
De 1982
hasta 1990 el país gravitó hacia el desorden y hacia la violencia política
incrementalmente narcotraficante, y transitó al garete las rutas de la
mediocridad administrativa en lo tocante al desarrollo económico y el progreso
social. La guerra interna se deboró la paz. Se controló al pueblo por medio de
la producción y el intercambio comercial, es decir, se le metió en cintura mediante
la brujería de la oferta y la demanda. La ciudadanía colombiana de la época
hubiera hecho bien en evocar el célebre aforismo del presidente Franklin
Roosevelt, epígrafe de este artículo: El elemento esencial de la paz radica
en la obtención de un estándar de vida justo para [todos]. Eso suele
llamarse “justicia social”. L