LA “INJUSTICIA SOCIAL”, DETERMINANTE DE LA GUERRA CIVIL EN COLOMBIA. (1)
“We hold these truths to be self-evident, that all
men are created equal…”
Thomas Jefferson
Declaration of Independence, 1776
Afirmo como
válida y confirmable esta tesis:
La injusticia social es la causa determinante, primaria, valga decir, condicionante, del conflicto social colombiano.[1] Ninguna otra tiene similar poder de aspersión, de permanencia o de penetración.
Al
afirmarlo estoy apelando al “pesimismo constructivo” que ha informado el
pensamiento avanzado de tantos analistas sociales: ”No soy ni optimista ni
idealista. Los estadounidenses pueden darse por optimistas debido en parte a
que sus instituciones, incluida la Constitución, fueron concebidas por hombres
que pensaban de forma trágica. Antes que el primer presidente [de la nación]
hiciera juramento, ya se había forjado el artículo sobre el juicio al
presidente (impeachement)… Así como la
función del escritor es inspirar, así también lo es perturbar ¾decir lo que su audiencia prospectiva prefiere no
oir”. (Robert Kaplan, “Warrior politics”).
Lo ratifica Michael Kingsley: “Los estadounidenses deseamos un Presidente que
obligue a la situación objetiva a justificar el optimismo, no un Presidente que
sea optimista ante cualquier situación objetiva… Un optimista piensa que puede
trotar hacia Iraq, tumbar a Saddam de su percha, establecer la democracia en
todo el Medio Oriente y regresar a casa a tiempo para la cena. Un pesimista
[sensible a lo trágico] entiende mejor la cosa”.
Para hacer inteligible el análisis de la
injusticia social, como causa determinante y
primaria del conflicto colombiano, debo ubicarlo en el tiempo y también en el
espacio de la historia nacional.
En su
ubicación espacial, la génesis de la injusticia social colombiana se emplaza en
el ambito del capitalismo germinal del siglo xvi y, más especificamente, dentro
del ciclo expansionista del primer poder imperial de la Europa contemporánea:
España. En su ubicación temporal, las mesnadas hispanas que llegaron al
territorio hoy conocido como “Colombia”, circa 1510, y los prohombres que las guiaron, trajeron consigo su condicionado
desenfreno por oro y tierras. Sus depredaciones sanguinarias al nativo ¾y a lo nativo¾ incubaron y parieron la injusticia social.
Tras la transición
republicana, Colombia devino un botín de libre acceso para los criollos
habilitados para obtener riquezas y tierras. También devino ¾pero paulatinamente¾ una dependencia de Estados Unidos. La injusticia social creció y se
transformó. En un extremo bullía la injusticia implantada in situ como variedad casera (que para fines del siglo xvi ya
incluía a los criollos pobres); en el otro extremo, la dispensada o propiciada
por Estados Unidos a través de los gobiernos mediatizados del país
suramericano, de sus dóciles socios empresariales y de las más que cómplices
oligarquías locales.
En la
actualidad, el oleaje todoenvolvente del capitalismo global, destructor de
matrices socio-culturales y propiciador de inequidades en la distribución del
excedente, irrita aún más la dinámica del antagonismo entre dos clases, la
emprendedora (aquí resalto el nuevo sector hegemónico de la clase dominante
colombiana: el lactócrata), misma que
dispone de los capitales, los mercados, las comunicaciones modernas y el
Estado, junto a sus adlátares, y en el otro extremo, la clase de los
asalariados, campesinos y pobres, misma que en buena medida se transforma en
subproletariado: “los millones de trabajadores marginados, recientemente
arrojados del campo, asinados en las crecientes barriadas que rodean a las
grandes ciudades en Africa, Eurasia y América Latina”. (R. Kaplan).
La
manifestación en Colombia de este moderno desquiciamiento mundial de clases es
caldo de cultivo para el recrudecimiento de la desigualdad y su concomitante,
la injusticia social. Las clases sociales colombianas se juegan ultimadamente
el todo por el todo en ultrajante desequilibrio de partes y con la clase
dominante inmune ¾como de costumbre¾ al desastre y aferrada al poder.
Los
precipitantes que militan como las actuales causas contributivas o derivadas de
la injusticia social, el narcotráfico (elemento sui generis), la anomia del Estado, los bajos índices de
gobernanza, la evaporación de los partidos políticos mayoritarios y el acoso a
los minoritarios, los problemas estructurales o aleatorios de las Fuerzas
Armadas, la evasión social de la Iglesia Católica, la anemia (falta de voz
política y participación) ciudadana, el caos judicial, la debilidad en la
sociedad civil y de los medios de comunicación, etc., vienen a transfigurar la
causa primaria, la que al fin de cuentas y tarde o temprano metaboliza toda
otra causa. Empero, las causas inmediatas atrás enumeradas, que con sus
metástasis en ocasiones esconden y en otras disfrazan y enredan ese hilo
conductor de la injusticia (permanente desde la época colonial) no son parte
capaz a romperlo o “desaparecerlo”.
Reitero: las causas precipitantes, secundarias, en ocasiones fungen en
reemplazo de la causa determinante, la reencarnan bajo diferente ornato y
variable intencidad, extensión y permanencia. Este barroquismo que manifiesta
el conflicto, i.e., la guerra civil
colombiana[2], ha sido fuente de mucho embaucamiento en los
análisis que de ella se hacen. Muchos optan por ignorar el enjambre
iconográfico de su causalidad. Otros rehusan darle a cada variante su puesto y
su valor comparativos.
Otros se
precipitan a darle un inicio caprichoso a su eslabonamiento causal, o a
truncarlo de manera no reflexionada o legítima. Los más, a reunir bajo un mismo
techo un popurrí de causas variopintas concatenadas sin ton ni son, como si de
la explosión de una tipografía pudiese salir un poema épico. L
[1] Operacionalizo, es decir, defino los términos “desigualdad”, “exclusión”, “causa”, etc., tal como son usados en este artículo, en el titulado “Definiendo los términos del análisis”.
[2] Guerra Civil. En el artículo titulado “Colombia: guerra civil tripartita”, del archivo “Colombia”, trato de elucidar la razón por la cual el conflicto nacional en realidad es una guerra civil.