LA “INJUSTICIA
SOCIAL” EN EL ENTORNO COLOMBIANO. (2)
“Para el estadista no hay tareas más difíciles o
urgentes que la igualdad del ciudadano al acceso a los medios de producción y a
la tecnología de su utilización, y la ecuanimidad [equity] en la compensación
al esfuerzo… Que las oportunidades para cada persona sean iguales debe
significar no sólo el acceso igualitario a la tierra… sino al capital de que
depende la manufactura…”
Westel Willoughby, Social Justice, a critical
essay.
“Se ha compilado
este volumen para ilustrar sistemáticamente “, escribe Thomas Hoult en su
celebrada obra Social Justice, “la idea de que los problemas sociales surgen a la medida en
que prevalezca la injusticia social”.
Consonante con la
anterior cita, escriben R. Mier y H. McGary, en Social Justice an Public Policy:
“La más potente fuerza en la actual expansión del papel que juega el
Gobierno Federal en E.U. se cifra en la lucha por la igualdad, y aunque los
expositores de este movimiento aún hablan sobre “derechos”, el fin a la mano
consiste en emparejar bienes y poderes en la sociedad americana”.
Es decir, mientras
que la tendencia moderna de palabra y obra en cuanto a la justicia social asienta
en sacarla del reino esotérico de los debates filosóficos y plantarla en la
conciencia colectiva y en las políticas públicas, en Colombia se “debate” (aún
después de que indicadores del PNUD, 2004, muestran un menoscabo del desarrollo
humano de los colombianos) si la injusticia social de verdad algo tiene que ver
con una guerra que ha producido cientos de miles de muertos y millones de
desplazados.
Hay algo de temor o
de falsedad intelectual en esa postura colombiana. Durante los últimos treinta
años el pujo igualitario a nivel mundial indujo a los gobiernos responsables a
redistribuir la riqueza y los ingresos, a igualar las diferencias educativas, a
suavizar el escalonamiento social y a finiquitar la noción de que el consumo
del ciudadano debía estar determinado por lo que éste produce o posee. Este movimiento fue esencialmente
autoritario y muy crítico del sector corporativode mercado y de la economía del laissez-faire. Examen
de análogas profundidad y consecuencias no hubo ¾ni hay hoy¾ en Colombia.
Para fines de los
años sesenta el movimiento igualitario mundial había superado los embates de
Friedrich von Hayek reducidos a sostener que en una economía de mercado la “justicia
social” no tenía sentido, toda vez que la expresión no aplicaba a la conducta
de individuos en mutuo y permanente intercambio de bienes y servicios. Así que,
cuando en 1971 John Rawls publicó su
formidable opus A Theory of Social Justice, se inició un enfoque crítico
del accionar social, cuyas oleadas conceptuales no permearon como han debido la
mentalidad igualitaria de los colombianos.
No que las
nociones de Rawls fueran inefables (veanse las críticas de Wolff, Sartorious,
Nozick, Arrow, Scanlon). Suficiente es anotar algunos de sus postulados. Cada
persona tiene derecho a libertades públicas compatibles con las de la
colectividad. Las desigualdades sociales y económicas se deben juzgar con miras
a la obtención de ventajas colectivas, en especial las del sector social menos
favorecido. Para ser justa, la distribución debe ser ecuánime. Los miembros de
una sociedad deben tener un incentivo para matener el orden interno siempre y
cuando los intereses de cada ciudadano sean tenidos en cuenta.
De los anteriores lógicos
razonamientos se podría deducir con no mucha dificultad mental que si un
sistema político genera un estado permanente de desigualdad, su efecto ¾igual de permanente¾ podría abrigar un componente de
injusticia. Y que como la injusticia permanente no es algo ameno al ser humano,
en especial al que la sufre, ésta podria dar pábulo a una protesta social de
similar permanencia. Postula F.
Vandenbroucke: “Se necesita un ethos cultural anidado en lo social y
económico para enaltecer la justicia [social]. Esto no es una cuestión teórica
apartada de las preocupaciones diarias del ciudadano, por ejemplo, las normas
del fair play afectan la
equitativa distribución de ganancias… la gobernanza democrática debe basarse en
virtudes sociales y en el compromiso… tanto de los poderosos como de los pobres
y desvalidos”.
Lo anterior
empalma bien con los postulados del sociólogo ingles Ginsberg, de los que se
deduce que la justicia social cuenta con tres tercos enemigos, el poder usado
arbitrariamente, la distribución inequitativa de los bienes necesarios para el
bienestar personal y la ausencia de métodos para rectificar errores sociales.
Ni que decir tiene que en Colombia proliferan estos tres patógenos
comunitarios. Y esto se deduce, no de examenes trascendentales, ni de
presuposiciones metafísicas, ni de valores ético-religiosos (ver la teoría
axiológica de S. Gopalan), ni de un arreglo contractual de la justicia, como se
postula en Social Justice in Sociological Perspective, de David Miller,
sino en una realidad pragmática colombiana alimentada por los palpables
desquiciamientos adjuntos a la división
social de clases.
En pocos análisis se palpa el efecto deletereo sobre la
justicia social colombiana impartida por el sistema de clases imperante en la
nación como en un análisis constitucional.
A la par que el
Estado, las múltiples constituciones de Colombia han sido instrumentos de, por
y para la casta hegemónica de turno, o sea, garantes legales de los intereses
del sector acaudalado y poderoso. Prima
facie, las constituciones
colombianas han sido nobles y notables esfuerzos por arreglar los antagonismos
entre el gobierno central y los locales, o entre las tres ramas del Estado
liberal (similar enunciado al de D. Bender y
B . Leone, para E.U.). Pero en realidad han fungido como subterfugios
para mantener la concentración del poder político y económico (verbigracia, sufragio
restringido por el patrimonio y la literacidad) en manos de la clase dominate,
misma que se fue formando desde los tiempos coloniales. Naturalmente, las
clases sociales colombianas representan los dos lados antagónicos en que el
capitalismo mundial vino a sedimetarse en el país. Durante la temprana
república ese capitalismo mediatizado tuvo una naturaleza marcadamente minera y
comercial, luego agraria, mas tarde industrial.
Pero el verdadero
impacto constitucional sobre la justicia social colombiana ha sido ideológico.
Como paliativo a la dominación de la clase hegemónica, las mencionadas
constituciones elevaron al primer plano la temática de los derechos, las
responsabilidades, las atribuciones estatales y ciudadanas, etc. Es decir,
ocultaron la lucha por la legitimidad del acto social, el cual quedaba hábilmente excluido del plano moral
y colocado en el legal, determinándose
como “justo”, no aquello que fuese recto y razonable sino lo que fuera “legal”,
lo cual hizo del trajinar político-constitucional colombiano el paraiso del leguleyismo y del abuso. Al tenor de
sublimes aforismos constitucionales la masa colombiana quedaba atada y bien
atada.
Además, no siendo
esas constituciones ejercicios de teoría política pura, sino productos
ideológicos momificados bajo prescripciones idealistas, el ciudadano también
quedaba a merced de la propaganda jurisprudencial manejada, en nombre de las
hegemonías, con suma eficacia por las élites pensantes, las que he denominado
“élites lexócratas”.
De tal manera, se ha venido inhibiendo al ciudadano colombiano en su
tarea de entender la realidad social tal como es y se le ha forzado a tratar lo
ideal como una descripción verídica de lo real. Un arreglo tal
precluye la comprensión de la dinámica social del país, no pudiendo enfocarse
de manera realista los antagonismos entre el sector de los dominadores y el de
los dominados. Ahora bien, los cambios reivindicativos sustantivos que ha
obtenido de tiempo en tiempo la clase subordinada se han materializado no
gracias a, sino en menosprecio de, las prescripciones constitucionales de la
República.
Desde luego, la mayor contradicción interna de dichas constituciones es la que existe entre la democracia política y la subordinación económica. En Colombia dicha democracia verbal no ha sido un instrumento para obtener la democracia económica, como que las constituciones colombianas son la extensión político-económica de un capitalismo casero mediatizado y dependiente pero así y todo instrumental en el empoderamiento del sector social de los propietarios, terratenientes y productores. Asuntos como “el imperio de la ley”, “la igualdad de oportunidades”, “las libertades del ciudadano”, no tienen sino un valor formal. Y la “‘soberanía del pueblo” y “el Estado Social de Derecho” son tantos otros slogans reduccionistas y vacios. En resumen, los arreglos contitucionales de Colombia han sido, en la práctica, empolladeros de la injusticia social. Lo analoga la siguiente cita del pastor protestante norteamericano C. Coughlin: ”Solo hay una manera de leer el termómetro de la prosperidad [económica en E.U.]: ¿cuántas personas cuentan con un trabajo argüiblemente remunerativo?… Al 85% de los americanos les interesa más ias utilidades que perciben los trabajadores y los labradores que los flujos capitalistas que vienen a abultar los bolsillos de unos pocos afortunados”.
Vale admitir, no
obstante, que la constitución colombiana de 1991 ha introducido elementos
populistas en la medida en que una nueva agrupación hegemónica se ha venido
formando, diferente de ¾y opuesta a¾ las hegemonías tradicionales.
Esto como resultado del volcánico e impredecible movimiento interno de los
dineros de la droga, de la corrupción política, empresarial y
político-empresarial, del despilfarro,
latrocinio y peculado de los dineros del Estado y de las propiedades nacionales
y de las actividades economicas de los alzados en armas.
Esta nueva y
potente subclase hegemónica colombiana es la que he dado en llamar el “sector lactócrata” de la actual clase
dominante. Su ímpetu como fuerza
político-social nacida de las capas no elitistas de la sociedad tradicional (y
su pujante trepar de la pirámide social) la lleva a demandar expedientes
inéditos de justicia social antagónicos hacia ¾o por lo menos exóticos para¾ las hegemonías de estatus y de poder, pero incidentes (esos
expedientes) en la paulatina reivindicación de la desigualdad de que
tradicionalmente ha sido victima la masa colombiana.
El anterior
fenómeno amerita el análisis inmediato que no ha recibido de los académicos,
mucho menos de los políticos y del Estado. Sea como sea, Colombia no podré
acabar con su guerra, mucho menos progresar, sin que medie razonable
prosperidad en el sector de los trabajadores y en el mundo rural y campesino,
en los que la justicia en el empleo y los salarios, la tierra, la educación y
la salud no se materializan.
Se hace menester
un cambio raudo en la retórica del activismo político. Y un nuevo escenario, en
el cual los pocos políticos de cabal responsabilidad que en Colombia hay se
apersonen de ¾y saquen
avante¾ los
programas estatales de protección y asistencia al débil y al vulnerado. Una
nueva mentalidad colectiva de compromiso con la justicia social, con el
progreso material y político de aquellos que simpre han compuesto los cuadros
de los desamparados y desposeídos. La multitud de puntos de vista y los
innumerables escritos de políticos y académicos no puede seguir dejando intacto
el problema de la injusticia social colombiana. Ni los programas
gubernamentales diminutos y engañosos ameliorativos del fenómeno pueden seguir
haciendo las delicias y absolviendo las conciencias de los burócratas de
gobierno y de las fichas legislativas encargadas de resolverlo. Advierte el
estudioso hindu B. Pathak, en su Social
justice in India: “La busqueda de la justicia social es un empeño de
absorventes ribetes para los funcionarios públicos en las sociedades que
muestran marcadas diferencias sociales, educacionales y económicas”.
Esta prescripción
aplica en Colombia, país de hegemonías las más recalcitrantes. Y aplica mucho
más la siguiente mea culpa
citada en Separate reservation ¾ a must for sweepers,
de otro analista hindú, Shayam Lal: “cuando en 1964
Jawaharlal Nehru habló ante los recolectores de basura de New Delhi dijo: ‘Ustedes
han venido sufriendo, tanto ahora, cuanto sufrían antes de la Independencia [de
la India], hace 49 años. No sé qué decirles, siento pena de acercarme a ustedes
y me embarga la vergüenza…’” .
¿A cuántos
académicos, políticos, legisladores, gobernantes y ciudadanos colombianos los
avergüenza la injusticia social que pesa en los pobres de la nación? ¿La justicia social no es “desarrollo
humano”? L