CALLEJON CON SALIDA”, CONFLICTO A LA ENTRADA

 

 

   La obra Conflicto, Callejón con Salida, auspiciada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, y dirigida por un equipo coordinador de quince analistas, examina a fondo el conflicto colombiano actual  y se compone de dos secciones, una indagativa, otra prescriptiva. Los tres primeros capítulos, de orden exploratorio, conforman el meollo histórico-político de que se alimentan los dieciséis siguientes. Son, entonces, los capítulos centrales de un trabajo prolijo, amplio, esforzado, incisivo  y razonablemente imparcial.

 

  Empero, y en  mengua del examen, la desarticulación teórica de estos tres capítulos primarios, mismos que forman, dije, el marco conceptual y el introito analítico del Informe, dificultan el entendimiento de los subsiguientes y generan confusión en el lector. Sin duda, son un producto clásico del inglorioso y proverbial trabajo de comité. 

 

   El problema de tales capítulos y, en efecto, del trabajo en general, asienta en la naturaleza apenas  intuitiva de las estrategias de análisis seleccionadas. Es decir, en la laxitud de la epistemología que debiera informar  cada rubro, para unirlos en una taxonomía funcional, pero que en el Informe se manifiesta tan sólo como un arreglo ecléctico[1] de componentes teóricos inconexos y en ocasiones mutuamente opuestos, cual corresponde a una orquestación a varias manos.

 

   Vale afirmar que examinar un problema social ¾en este caso el colombiano¾ desde el punto de vista de una mezcla de estrategias analíticas (i.e., epistemologías) no da ventaja cognitiva alguna sobre el punto de vista basado en una sola. Y esto debido a que, aunque es cierto que la verdad total no es propiedad y fruto de una sola estrategia, es todavía más evidente que la verdad total no se halla en la suma de todas las estrategias o epistemologías. La verdad emana de una epistemología aptamente seleccionada. Hacer uso indiscriminado de varias estrategias en un examen dado es un grave error de procedimiento en las ciencias sociales. 

 

   De ninguna manera es suficiente afirmar, como se anota en Callejón con salida, que “hemos tratado de ir al fondo de las cosas, de argumentar con rigor, de indicar las evidencias, de conversar con la literatura especializada y de apelar al juicio de los colegas…”, puesto que no se puede ir al fondo de “las cosas” y argumentar con rigor si se manca una estrategia explicita y conmensurable de análisis. La evidencia no es confiable sin el beneficio de una teoría prenotanda que elucide lo significativo o no significativo del dato empírico. La conversación con la literatura aplicable es muda si no se atiende de manera diacrónica (i.e., en su movimiento) la interacción entre lo conflictivo y lo harmónico, entre el cambio gradual y el instantaneo de la realidad sensible, entra la continuidad y discontinuidad, o la retroalimentación positiva o negativa de las situaciones y eventos traidos a prueba. Y apelar al juicio de los colegas, o a otros puntos de vista disciplinarios, sin previa auscultación de los presupuestos epistemológicos que los deben sustentar, equivale a intercambiar entre colegas un mismo patógeno analítico. 

 

   Y no se trata de insistir en que se dé inicio a todo análisis en base a proposiciones epistémicas incontrovertibles en su validez. prescriptiva, puesto que la historia del análisis científico social demuestra que de la anomalía puede salir la verdad; que de proposiciones metafísicas o irracionales también puede salir la verdad y que, tal como apunta Thomas Kuhn, aunque el análisis o los paradigmas explicativos sean erroneos, las recomendaciones en ellos basadas pueden ser acertadas. Y esto redime el Informe del PNUD. Por el lado anverso, comporta asentar que tampoco se puede aceptar la antítesis a lo anterior, valga decir, caer en el relativismo epistemológico de, por ejemplo, un Paul Feyerabend, para quien la anarquía analítica es sinónimo de flexibilidad, y el desaliño en lo semántico es un prerrequisito para el progreso científico en lo social.

 

   El Informe del PNUD no llega a este último extremo, cierto, pero ostenta una tendencia sistémica a dar por aceptable mezclar en la misma concatenación analítica cuerpos de teoría que se van sucediendo unos a otros sin que lleguen a empalmar como un todo disciplinado, cohesivo y hasta tautológico. Mejor dicho, los primeros tres capítulos del Informe, y en especial el primero, no exhiben la debida conjuncion teórica, ni cifran su plausibilidad en la mutualidad y acoplamiento de las estrategias con que se pretende iluminar el secular y complejo problema político-social de Colombia.   

 

   Por ejemplo:  Ya en el primer párrafo del primer capítulo se apela al tradicional esquema bipolar  “centro” y  “periferia”, el cual tanto auxilió hace treinta años en la clarificación de las antinomias presentes en las relaciones mundiales Norte-Sur, en especial en manos de Andre Gunder Frank (Metropoli-Satélite) y de Samir Amin (l’accumulation a l’échelle mondiale), et al.  El posible recurso epistemológico bajo que se pudiera estudiar el material del Informe, sin abandonar el concepto “centro-periferia” seria, grosso modo,  el del materialismo dialéctico, con sus dos polos antitéticos y una presumible síntesis final. Dejo para un artículo posterior escudriñar esta posibilidad más a fondo, pero anoto desde ya que el esquema bipolar sirve mal a un examen político-social ¾el colombiano¾ cuyos componentes tienen necesariamente que pasar por el estudio completo de las clases sociales, la tenencia, propiedad y uso de la tierra, la demografía rural pre y posbélica, la economía de explotación, el dilema del género, la anomia del Estado colombiano, la ausencia de gobernanza, la función del “líder” en la historia del país (ver Collingwood, Labriola, Pejanov, Carlyle, Sindey Hook), la función de la Iglesia Católica, la del sistema judicial, todos los cuales son elementos de protuberante incidencia en la morfología del conflicto. De estos análisis se hace caso omiso en el Informe, con grave perjuicio propio y vicio de oscuridad. En nada ayuda, tampoco, que se afirme: “se advierte que las palabras “centro” y “periferia”… se utilizan aquí como un recurso descriptivo sin las implicaciones dualistas que les dan ciertos teóricos”. Mejor dicho, se trae a colación una estrategia de análisis, pero se advierte de inmediato que se le ha robado la capacidad explicativa y se la ha cancelado como soporte teórico. Esta no es la manera de manejar una locomotora.     

 

   Luego se pasa a explicar, con base en una posible epistemología  histórica-funcionalista, el flujo migratorio colombiano. Aquí se toca el nervio expuesto del gran problema nacional, que el estudio desafortunadamente deja en el tintero: “Los derechos de propiedad deciden quién se apropia del producto del trabajo, de la naturaleza, del esfuerzo colectivo, del gasto público y de todos los bienes que existan en el momento”, anota. Es este un rayo de luz analítico que nace, pero que se extingue de inmediato.         

 

   Inopinadamente, sigue después una somera exposición sobre la violencia política en la que se apunta: ”…mientras las luchas sociales [en Colombia] tomaban el camino de la violencia, la política se estaba retirando del conflicto”. Aparte del uso metafórico inoportuno de las palabras, el defecto de la anterior cita, a más de no corresponder a la verdad, radica en asentarla sobre una epistemología empirista, a la manera de Hume, o quizás en el positivismo Comteano ….. Fuera de eso, si se concede que “la política” (un término sinónimo de “centro”) se retiró del conflicto, ¿no queda trunco el binomio “centro-periferia”, eje toral, quiérase o no, del aparato teórico del Informe? ¿Se pasaría a explicar el conflicto echando mano del reduccionismo sociobiológico? ¿Del marxismo estructuralista? ¿Del idealismo psicológico-cognitivo? ¿del oscurantismo, a lo Castañeda? ¿Del operacionalismo?

 

  A manera de sumatoria: la división estratégica entre “Centro” y “Periferia” crea dos silos inconexos de material analizable, mimetiza la naturaleza real del conflicto, desvía la atención de los exámenes causales y  posibles conecciones dialécticas,  y coloca su propia dinámica en el lugar de la histórica.

 

   Lo anterior es observable en el trato dado al problema de la tierra. El poco espacio dedicado a esta materia, quizas la que más incide en la secularidad del conflicto social colombiano, es indicativo de la deficiencia analítica de que hablo. Sólo cuatro cortas páginas, de las quinientas catorce que tiene el Informe, se dedican a describir el uso y la propiedad de la tierra, y cuatro a tabular las posibles soluciones inherentes al dilema del agro.  Ninguna a analizarlo a fondo. Tan magra atención a un factor determinante no puede explicarse sino en razón de los limitantes que crea la elección epistemológica del Informe. Cuyo chaleco de hierro por fortuna no puede ahogar atisbos explicativos como este de la pagina 348 del Informe: “El conflicto armado y no el mercado o el Estado, define hoy la propiedad y los precios de la tierra… En consecuencia, la solucion de los problemas estructurales del campo […] es necesaria para contener la expansión del conflicto armado”. Esto es tan evidente como significativo. El problema radica en que un análisis verdadermente científico sobre la problemática de la tierra en Colombia no podría hacerse estribándolo en el andamiaje conceptual de “centro” y “periferia”.

 

   La inconexión entre las partes epistémicas es también observable en el trato separado que se le da a los dos “fracasos”, el del Estado y el de la insurgencia, los cuales han debido tratarse unidos, como una síntesis diacrónica y quizas dialéctica. Aunque, en realidad, la noción del “fracaso” que aquí se ha traido de los cabellos, que yo sepa no tiene validez analítica ni base o trayectoria científica.

 

   Lo cual me trae al concepto del operacionalismo. Este es un término fundamental en las ciencias sociales, consistente en crear una inseparabilidad entre el significado de una proposición emitida y los pasos lógicos y empíricos necesarios para verificar la existencia del evento histórico o las relaciones a las que dicha proposición se dice referida.  El operacionalismo es necesario para reducir la sobrecarga conceptual (creadora de confusión) de las expresiones del análisis, tales como institución, gobierno, grupo, clase, conflicto, economía, tierra, violencia, agresión, cambio, fracaso, etc.  Desde luego, incumbe racionalizar bien sobre el operacionalismo, no sea que se caiga en el defecto en que estuvo incurso el mismo exegeta del término, Noam Chomsky, quien por defender el conocimiento intuitivo, descuidó el sano equilibrio entre los conceptos debilmente operacionalizados y los conceptos más estrictos, lo cual aumentó la propensión de los científicos sociales a personalizar conceptos de forma idiosincrática y por lo tanto no científica. Mucho de este dilema se observa en Conflicto, callejón con salida.  

 

   Acota Marvin Harris, en su Cultural Materialism:  El materialismo cultural se opone al dogmatismo y  “está totalmente comprometido con el operacionalismo y con los exámenes de verificabilidad y falsificabilidad. Las estrategias de investigación no pueden ser falsificadas, sólo las teorías lo pueden ser… Nada es más dogmático que insistir en la creencia de que los científicos sociales no necesitan escoger una estrategia de investigación antes de embarcarse en el estudio de la vida social humana”.   

 

   En conclusión: el Informe El Conflicto, Callejón con salida fuera más convincente si se sostuviera sobre el armazón de una buena epistemología de trabajo.  L

 



[1] Eclectisismo. El eclecticismo busca consiliar, de una manera indeterminada, sistemas distintos. El ecléctico no considera todas las estrategias como igualmente probables. El ecléctico es estratégicamente agnóstico, y de una manera no definible. Ve como determinativos todos los sistemas probatorios y crea teorías que no hacen conecciones entre sí . Dos ejemplo de eclesticismo (y de no operacionalidad) pueden señalarse en el primer capitulo del Informe: 1. En el recuadro 1.2, de Marco Palacios, se hace mención de la “clase gobernante”, la “clase dirigente”, la “clase capitalista”, la “clase rentista”, sin que se defina ninguna o se determinen sus nexos y/o diferencias. Tampoco se puede saber si esta lista de “clases” es una simple  tautología de la forma “A=A”.  2. En la parte “C” del capítulo primero (p. 30ss) titulada: “El fracaso de la insurgencia”, se citan y comentan seis opiniones, sin que se haga una comparación entre ellas o se intente una síntesis. Así, se le remite al lector la tarea ¾obligatoria para el expositor¾ de sintetizar una conclusión en base a seis opiniones que bien pudieran ser igualmente válidas o análogamente inocuas.