LA CRISIS COLOMBIANA: FALACIAS DE EXPLICACION

 

 

   Hace carrera entre ciertos apologistas de la casta hegemónica colombiana una socorrida falacia cuya ubicuidad habla a la par de confusión  y de ineptitud analítica.

 

   Este es el argumento que esgrimen: “La existencia en Colombia de una clase dominante[i], de una oligarquía y de la injusticia social[ii], dicen, “no pude ser causal de la actual crisis que padece la nación, puesto que tales cosas existen en casi todos los países de América Latina y, sin embargo, ninguno sufre la guerra que avasalla a Colombia”.

 

   De inmediato esta aserción, espécimen clásico de la logique de coeur, entra en pugna con una regla fundamental del razonamiento. El argumento no se formula como hipótesis heurística (o sea, como recurso de descubrimiento) sino como una proposición afirmativa que no cumple misión diferente a la de mimetizar lo real, al estilo del viejo interlocutor de Hamlet, para quien la nube en la distancia parecía, indiscriminadamente, o un  camello, o una comadreja, o una ballena.

 

   También entra en conflicto con la historia. Porque la aserción niega la comparabilidad  de las instituciones humanas, al enfatizar que cada una de esas instituciones es única, aun cuando el análisis comparativo  indica que no lo es. Y niega la similaridad de los hechos históricos, similaridad que, a pesar de ir apareada con la diferenciación de los mismos,  es real, y en esa realidad  estriba la posibilidad y validez de lo que se conoce como la generalización historica.

 

   Es claro, por supuesto, que ni Uruguay, ni Costa Rica, ni Panamá participan de la crisis que hoy afecta a Colombia. Ni hay razón para suponer que dichos países, o cualquiera otro, remedarán el caos colombiano,  porque emularlo exigiría un literalismo temporal, una igualdad cronológica de eventos, instituciones y fenómenos nacionales que no ha existido nunca, en razón de que la vida de los países no se sujeta a una cadencia metronómica de aplicabilidad simultánea y universal.

 

   Nadie niega que la virulencia de la tiranía colonial española fue una causa contributiva del surgimiento de los movimientos independentistas decimonónicos de la América Hispana. Sin embargo, la primera declaración de independencia del subcontinente se produjo en 1809, en Bolivia, la de Cuba, en 1878 y la de Puerto Rico aún no ha tenido lugar.  ¿Significa este esparcimiento aparentemente caprichoso de sucesos que la tiranía hispana no motivó por igual el ardor independentista de cada uno de los países hispanoamericanos?

 

   En el caso contemporáneo, podría decirse que Argentina, México, Perú, Venezuela, Haití  y demás naciones llevan consigo los gérmenes de violencia que en Colombia ya llegaron a fruición. Cuándo o cómo tales gérmenes se manifestarán (o si en efecto se manifestarán) en tales naciones, eso lo determinará el bagaje histórico de cada una y la composición de fuerzas en el momento en que se dé.

 

   Por otra parte,  se sabe que los países de nuestro hemisferio no siguen  un plan político preordenado e inexorable, cuya identidad presuntiva los lleva a clonarse políticamente entre sí.  Al contrario,  cada uno le da curso sólo a esos gérmenes que representan a la perfección su natural, los cuales antecedentes se van manifestando en un amplio pluralismo de rumbos autóctonos, pero siempre demostrando una comunalidad hemisférica, un compartir de causas determinantes.

 

   En el caso que nos ocupa, la forma como los problemas tradicionales colombianos se llegaren a manifestar en los países iberoamericanos dependerá, repito, de la propia idiosincracia del país afectado, es decir, de la manera como su integumento socio-cultural pueda plasmarse en su particular momento.  Es más, podría alegarse¾invirtiendo el rumbo de mi exposición¾ que la actual crisis colombiana es la manera sui generis como en este país se vino a expresar la común problemática latinoamericana, la que ya se habia evodenciado parcialmente en México, con su vieja revolución; en Cuba, con su transición socialista; en Centro América, con sus recientes guerras; en Chile, con la crisis inconclusa de su dictadura; en Argentina, con sus desaparecidos; en el Perú con su Sendero Luminoso y, ahora, en Venezuela, con su bolivarianismo errático. Lo anterior equivale a decir que la injusticia social colombiana de que hablo, su casta hegemónicas y su cúpula oligárquica, son comunes a cada una de las repúblicas continentales, pero que la modalidad de cada respuesta a dicha injusticia y a dichas casta y cúpula es, en primera instancia, asunto de su propia composición histórica.

 

   Finalmente y resumiendo todo lo anterior, queda claro que el argumento falaz de que vengo hablando obedece a un enfoque mecanista de la realidad. Es decir, consiste en imaginar, paradójicamente, que los componentes de cualquier sistema social organizado¾tal como lo es un país¾son desarmables  y de libre transferencia.

 

 

 

   Lo ilustro con un ejemplo. El eminente clasicista inglés J. B. Bury, en su extraordinario análisis sobre la caída del Imperio Romano, descartó como causa de esa colosal catástrofe tres elementos: a) el éxodo de población, b) la religión Católica y c) el sistema fiscal. 

 

   Desafortunadamente, la siguiente fue la manera contraevidente como Bury intento explicar esa exclusión tripartita: “Si estos [tres] elementos fueron en efecto la causa de la ruina del Imperio Romano [de Occidente], deberiase preguntar ¿a qué se debe que el Imperio [Romano] del Oriente, en el cual operaron los tres mismos elementos, se mantuvo intacto durante mucho tiempo?”.

 

   La contundente respuesta que el lógico estadounidense Morton White dio a esta aserción, y que corroboró el epistemólogo David Fischer,  viene a mi análisis como anillo al dedo: “Tal explicación es errónea”, contestó White, “los tres elementos causales que Bury rechaza [como prueba de la caída de Roma] bien hubieran podido afectarse recíprocamente, e inclusive mezclarse con otros elementos, de tal manera que produjeran resultados en Occidente diferentes a los producidos en Oriente”. Pas plus.     

 

   La misma respuesta de Morton White vale para refutar la falacia a que aludo. La respuesta sirve para reafirmar que, en efecto: 1. El caos colombiano tiene por causas últimas (pero no únicas) la gestion secular dolosa de la casta hegemónica, en especial la del sector oligarquíco y, como causa paralela,  la injusticia político-social que ambas han generado a través del tiempo. 2. Que  ese pronóstico se hace coextensivo al resto de Iberoamérica. 3. Pero que factores colaterales, exclusivos de la historia colombiana, tales como el narcotráfico desbordado, la corrupción estatal como forma de gobierno, la prolongada ineptitud de las Fuerzas Armadas, la histórica connivencia de la Iglesia Católica,  la alta tradición de resistencia armada del campsesinado, la anomia actual del Estado, la apatia soporífera de la masa y el núcleo emergente de una nueva subclase socia desestabilizadora de la hegemónica, la anarquia cuasipermanente del sistema judicial,  para mencionar sólo algunos agravantes, han precipitado en nuestro país una situación cccccrítica, particular en cuanto a actores, tiempo, intencidad y consecuencias. Misma situación crítica que, de ser propicios el momento y la historia local, podría ser duplicada en otras latitudes continentales, modo suo.

 

  Válido como rebate adicional a la falacia es el argumento explicativo de la función que tienen, para la detonación violenta de un conflicto político, el entendimiento, las ideas y proclividades de¾y las opciones y expedientes contemplados por¾quienes  intentan precipitarlo y, en menor medida, por quienes se lanzan a neutralizarlo. L

 



[i] Clase Dominante. Para una síntesis del término “Clase Dominante”, referirse a mi artículo mmmm.

[ii] Injusticia Social.  Para una síntesis del término “Injusticia Social”, referirse a mi árticulo “La guerra y la paz”.