Aparte 3. Colombia
en la Guerra de Corea. Capítulo III. Los gladiadores entran en escena.
Autores: Gen. Alvaro Valencia Tovar, Jairo Sandoval Franky.
Editorial Planenta. 2001
Cuando en
diciembre de 1941, en plena guerra mundial, se tomó en Washington la tremenda
decisión conjunta (EE.UU.-Inglaterra) de concederle a la lucha contra el
nazismo europeo la prioridad estratégica y logística del esfuerzo aliado, las
consecuencias para el teatro del Pacífico y para los países del Lejano Oriente
fueron, en realidad, de vida o muerte.
Con la guerra
contra el Japón relegada a segundo plano, se degradaba la beligerancia de la
China. Se dislocaba el pensamiento estratégico y operacional del legendario
general MacArthur, se le daba la oportunidad a José Stalin de concluir con tiempo
sus conquistas europeas antes de volver la cara hacia el Japón, se le permitía
a este último país la ventaja de luchar contra un enemigo menos pujante de lo
que debiera. ¿Qué significaba este desarrollo para Corea?
“Las mencionadas
tres grandes potencias, conscientes de la subyugación que padece el pueblo de
Corea, determinan que a su debido tiempo Corea devendrá libre e independiente”.
Tal providencia acordaron, casi que en passant , Churchill, Franklin D.
Roosevelt y el generalísimo Chiang Kai-check, en la conferencia de El Cairo,
celebrada en 1943. En Teheran, ese mismo año, Stalin, Churchill y Roosevelt
reiteraron el acuedo de El Cairo, aunque el presidente norteamericano llegara revolviendo
en la mente un trusteeship para Corea, un ente administrativo que la
mantuviera bajo el control de las democracias occidentales.
El gran conductor
norteamericano murió en abril de 1945. Al siguiente mes se rindió Alemania. En
julio del mismo año se celebró la conferencia de Postsam. Y en agosto el mundo recibió
su bautismo atómico.
Muerto Roosevelt,
ascendió al estrado de los presidentes el modesto vicepresidente Harry Truman.
Demasiado inseguro al principio de su mandato como para hablar con voz engolada
sobre gravísimos asuntos de estrategia, acepto de sus consejeros, y sin
pensarlo demasiado ¾suceso
fatal¾, una zona
de ocupación en la península, a saber, todo el territorio al sur del luego célebre
paralelo 38. Al norte de ese paralelo, La unión Soviérica jugaría el mismo
papel que los EE.UU. al sur.
La partición
resultante, bilateral, arbitraria, de un país pequeño y débil no estaba muy
lejana de merecer el epíteto de “imperialismo compartido”. Porque es evidente,
a la luz de la información actual, que se desconocieron totalmente las
aspiraciones del pueblo coreano, se ignoró la complejísima y volátil
situación política dentro de la península y se llegó a su tierra con una
mentalidad confrontacional e impositiva.
Las tropas
norteamericanas llegaron a Corea en septiembre del año 1945. Allí, las fuerzas
políticas de la izquierda demandaban cambios drásticos y populares, las de la
derecha buscaban mantener la totalidad o una parte de los privilegios obtenidos
bajo la ocupación japonesa. Algo fundamental, empero, unía a los dos bandos: su
anhelo por la independencia de Corea.
No se hizo esperar
la repatriación a la Corea norteamericana
de una ficha política que respondía al nombre de Syngman Rhee. “Orgulloso,
obstinado, tenaz, parlanchín, era también conservador en lo político y un
estridente anticomunista, que condenaba lo que el llamaba “la esclavización” de
Corea bajo los sovieticos”. La Corea soviética, entre tanto y por su parte, mostró
su propio alfil: Kim Il-sung, un vigoroso joven de treinta y cinco años,
formado bajo la estricta disciplina pretoriana de los soviets, luchador de la
resistencia antijaponesa, altivo, recursivo, arrojado y…fanático.
De ahí en adelante,
la situación se fue desintegrando a pasos agigantados. Eventos internacionales
forzaban a los Estados Unidos a redoblar su atención en puntos geográficos de
mayor importancia estrategica. Y la ONU, señoreada entonces por los Estados
Unidos, aprobaba en noviembre de 1948 la formación de una comisión temporal que
supervisara los comicios peninsulares propuestos
desde las orillas del Potomac.
Efectuados estos,
el gobierno quedo en manos de Rhee, mitad autoridad independiente, mitad títere.
Rhee no sorprendió a nadie. Inició una serie de medidas represivas que
alarmaron a la Casa Blanca. Como retaliación a sus desmanes, guerrillas
izquierdistas quemaron y saquearon la isla de Cheju. La violencia generalizada
cobró 30 mil vidas. La fuerza de alguaciles se amotinó. La Policía y el Ejercito
se hicieron mala cara. Lo mismo sucedió entre las facciones antagónicas del
Parlamento. Y cuando la anarquía llegó a su apogeo, el Pentágono resolvió
retirar sus tropas.
A pesar de todo,
nada satisfecho quedó el nuevo dirigente de Corea con la negativa de Washington
a suministrarle los bombarderos, tanques y buques de guerra que revitalizaran a
los 100 mil efectivos con que este quijote asiático creía poder conquistar las
partes septentrionales de sus dominios. No era un cuadro halagador. Y un
documento, hoy clásico, que emitió el Consejo Nacional de Seguridad, en
Washington ¾el paradigmático
NSC-68¾, da la
medida de la histeria que en el momento sentaba sus reales en los círculos
gubernamentales de la Unión Americana: “El asalto que sufren las instituciones
libres es mundial ¾decía el
inmoderado documento¾, y en el
contexto de la presente polarización del poder [mundial], la derrota de las
instituciones libres en cualquier parte [del mundo] equivale a una derrota en
todas partes”. L
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