MISION, VISION Y FALLAS DE LAS FUERZAS ARMADAS COLOMBIANAS

   De todas las instituciones colombianas que vinieron a menos hace dos o tres décadas, ninguna como las Fuerzas Armadas dejaron precipitar sobre la ciudadanía tanto dolor.

   Hasta hace poco las Fuerzas Armadas tenían contraída una deuda de vergüenza con el pueblo colombiano, como que la modestia de sus cometidos y la magnitud de sus omisiones durante esa larga interinidad  pusieron a Colombia entre el yunque y el martillo.

   Permitir, como lo hicieron a lo largo de nuestro interminable conflicto armado, que la ciudadanía quedase expósita y fuese atrozmente victimizada, centuplicaron el dolor y la angustia que aun hoy  martiriza a vastos sectores sociales colombianos, en especial dentro de la clase subordinda. Además, al no haber interpuesto a tiempo suficiente carga cerrada para impedir la desmembración física del país, propiciaron la triangulación territorial de la barbarie y del poder sedicioso que todavía arde impune.

    Sobre el Ejército, en particular, se aglomera una crecida cantidad de culpa. Con el agravante de que, al presente, cuando se batalla por hallarle soluciones internacionales a nuestro conflicto armado, esta institución emblemática todavía provoca el ultraje exterior que salpica a Colombia, cuenta tenida de las faltas institucionales que persisten y de los argumentos vituperativos y sofistas que de antaño han venido esgrimiendo los infantes como apología por sus comprobadas violaciones a los derechos humanos.

   En vez de admitir, con la verticalidad que distingue al soldado, sus yerros (emulando, verbigracia, la entereza de un Sumo Pontífice que pocos años atrás supo impugnar los pecados transeculares de la Iglesia Católica), y de ofrecerse de manera voluntaria a una inspección internacional de sus sindicadas prácticas, optaron por defenderse, ¿cómo?, llamando la atención sobre las violaciones contra civiles que cometen los opositores al margen de la ley. Lamentable expediente, puesto que no es para yugular con distingos retóricos al adversario que las naciones conceden poderes extraordinarios, privilegios onerosos y fuerza contundente a un grupo selecto de sus ciudadanos, sino para mantener incólumes los elementos indispensables de una permanente tranquilidad doméstica, pero vigilados por la ética . Y peor todavía, optan las Fuerzas Armadas por el absurdo expediente  de crear camorras públicas con organismos internacionales de mayor prestigio y lustre que el suyo.

   Todas estas deficiencias concitan múltiples explicaciones: la operacionalidad efectiva del Ejército nacional quedó  estancada hasta hace mas o menos un año en los programas de los años setenta. Durante la década pasada, cesó de contar como fuerza de combate y, por consiguiente, como cuerpo efectivamente protector de la integridad territorial y de la ciudadanía colombianas. Su probado nexo con el paramilitarismo (un nexo institucional) lo acercó a la delincuencia común y lo desprestigió ante tirios y troyanos.

   Las derrotas que sufrió de manos insurgentes en los últimos años propició el debilitamiento del Estado, cuya secuela se refleja en las subsecuentes vacilaciones político-administrativas nacionales frente a sus enemigos internos; en el pánico que cunde en municipios y extensas zonas rurales; en el obligado talante y hechos belicistas del actual Presidente de Colombia; en la debatida necesidad de un Estatuto de Seguridad, que no fuera necesario si el Ejárcito hubiese cumplido a cabalidad con su deber castrense en los últimos veinte años, y en la oportunidad brindada a Estados Unidos para incursionar en lo tocante a la seguridad pública colombiana. Sus pecados de omisión le han cobrado la vida a un alto número de personas, en especial campesinas. Es decir, el precio de su distrofía se ha venido pagando con sangre civil y, por supuesto, sangre de soldado, y con la hipocondría de unas instituciones públicas renuentes a funcionar en un ambiente de amenazas, caos y persecución.

   Como remanente de todo lo anterior, el Ejército aún se mantiene como impedimento mayor para que se materialice sin traumas o secuelas nocivas la total ayuda europea a Colombia, pues al sindicársele todavía como violador de los Derechos Humanos ha colocado al país en la mirilla de quienes protegen mundialmente y/o dan por universalmente indispensables esos derechos.

   Fuera de eso, no se podría descartar que de esta ambigua percepción se extrajeran razones suficientes para dar por aceptable una más contundente injerencia de los EE. UU. en los asuntos internos de nuestra nación.

   ¿Hay soluciones? Desde luego. En lo referente a la protección ciudadana, el Ejército debe proseguir con operaciones ofensivas contrainsurgentes “sanas”,  sistemáticas y sostenidas. Pero, claro está, nada más que hasta el justo punto en que el poder punitivo de la guerrilla quede neutralizado y nada más que neutralizado. Un paso más allá de ese tope desataría un innecesario escalamiento de la guerra fratricida; un paso menos dejaría a los colombianos sumidos por una eternidad en el vértigo de la barbarie.

   ¿Es posible alcanzar este equilibrio malabarista y, si se quiere, maniqueo del terror? Por supuesto. La historia lo corrobora con múltiples y exitosos ejemplos: Crimea, Corea, Angola, Yemen, Irlanda, Iran/Irak... Y no sólo es posible, sino que es necesario: una insurgencia golpeada con limpias operaciones militares en varios frentes de guerra perdería de forma exponencial su capacidad de continuar infligiendo a la población civil tanto dolor como lo hace ahora, pero quedaría con poder táctico suficiente para mantener su integridad física y estratégica para negociar en pie de igualdad con el Estado. Aquellas criaturas de Dios que tiemblan al visualizar a la esquiva paloma de la paz volando espantada caso de que se implementara el anterior escenario, se equivocan. La calma estable que históricamente resulta de la paridad entre fuerzas beligerantes, la induciría a ofrecer más pronto la elusiva rama de olivo que tanto se desea.

   En lo referente alu saneamiento e imagen internacional de las Fuerzas Armadas:

   El Ejército se debe emulsificar. Es decir, necesita industriarse de inmediato una oficialidad compuesta por elementos de todas, de absolutamente todas las capas sociales del país. Dicha recomposición debe ser un componente inseparable de la nueva democracia colombiana, tal como lo fue ayer de los países que hoy disfrutan de cuerpos pretorianos integrados.

   En EE. UU., por ejemplo, aunque si bien es cierto que los conscriptos de extracción africana o hispana suelen terminar como raciones de cañón, también lo es que a las élites sociales no se les permite sustraer el bulto en lo referenta a los menesteres básicos de guerra. Téngase presente que el joven Joseph Kennedy, hermano que fuera del futuro presidente del mismo patronímico, entregó su vida como simple aviador en la Segunda Guerra Mundial. Que en la de Corea, el hijo del comandante de las fuerzas expedicionarias norteamericanas ofrendó la suya en las filas menores de la infantería. Que el Presidente Kennedy fue héroe de guerra. Y que uno de los ex candidatos a la presidencia de ese país, el aviador John McCain, hijo de un almirante, por varios años languideció en Vietnam como prisionero. Que varios senadores y representantes vistieron el uniforme. Y que el candidaro presidencial, John Kerry, fue herido en combate.

   2. El Ejército y por extensión las demás Armas necesitan suscribirse cuanto antes a una proposición elemental, ésta: que a las academias militares del país deben comenzar a ingresar en numero elevado jóvenes pertenecientes a los sectores más desfavorecidos y a los más favorecidos. Me refiero en especial a jóvenes venidos de la zona rural y de la oligarquia nacional. Ahora bien, es cierto que hacia Saint-Cyr, en Francia, y Sandhurst, en Inglaterra, gravitan sólo las altas burguesías locales, pero es igualmente palmar que de las academias de West Point, Annapolis y Colorado Springs, en Estados Unidos, se gradúan jóvenes de muy modesta extracción, provenientes de la remotas praderas de Kansas y Kentucky, de los hervideros de Texas, del Bayou de Louisiana, con magníficos resultados para la nación.

  Es indispensable, pues, que jóvenes campesinos colombianos entren a formar parte de la oficialidad que producen nuestras altas escuelas militares. Empero, como a causa de nuestra actual descomposición social existen en el país varias "Fuerzas Armadas", es apenas lógico aspirar a que en las conversaciones que bajo el concierto de la sociedad civil se instituyan para determinar el derrotero de la futura Colombia, se estudie el tema de la total homogenización social de los cuadros armados nacionales (el Congreso, la casta hegemónica y sus partidos políticos, dado su actual abajamiento, no están calificados para tocar el primer trombón en este fandango).

   Es indubitable que en toda nación democrática se necesita una fuerza armada capaz de mantener el orden y la seguridad. Pero ese orden y esta seguridad no pueden ser mantenidos a largo plazo si el costo/beneficio de la representación militar no se reparte equitativamente entre todos los nichos sociales de la nación.

   Dos simples conclusiones se desprenden de lo anterior: 1. Que si a la clase dominante la lesiona pero de forma tardía y tangencial la violencia y ha demostrado una apatía pertinaz en lo de ensuciarse las manos en el trabajo de su erradicación, eso se debe en parte a que los servicios castrenses por ella debidos al país los han venido pagando de una manera fortuita y selectiva. 2. Que si los sectores rural y obrero hubieran estado representados de tiempo atrás en los altos escalafones militares, la virulencia de nuestra guerra civil quizás no habría tomado rasgos tan extremos o enraizado tan hondo. Dicho en el argot doméstico: Colombia necesita colocar hijos de "cacaos" en las filas de la "soldadesca" e hijos de "indios" entre los oficiales que se transportan en Mercedes-Benz.

   Finalmente, el Ejército debe operar bajo los estrictos mandamientos que componen el alfabeto ético del mundo contemporáneo. Tal cosa, empero, parece estar trabucando con la realidad, ya que la gestión actual del Ejército ante la comunidad internacional en lo relativo a las acusaciones sobre las violaciones de los Derechos Humanos sigue amparándose en razonamientos acrimoniosos y en sesgadas tácticas explicativas, expedientes ambos que lo señalan como una institución opuesta a abrir las ventanas por dónde debiera haber expelido ya sus rancios y viejos humores.

   Además, casar pelea en el foro mundial sobre puntos de ética, nada menos que con prestigiosas organizaciones internacionales y defender lo indefensible con el auxilio de falsos silogismos, no fue nunca demasiado cuerdo. Es decir: para que el Ejército colombiano vuelva a dar los "pasos de vencedores" a que acostumbró a nuestros abuelos, necesita: 1. Llevar a cabo y de inmediato su propia Perestroika, supervizada por agentes independientes y apolíticos, es decir por parte de la sociedad civil. 2. Ordenar una tarea de limpieza tendiente a expeler y erradicar todo elemento (humano o funcional) violador de los Derechos Humanos. 3 Aceptar sin rezongos que su personal, sus fueros y sus códigos penales no sean los determinantes en las investigaciones jurídicas que por pasadas o futuras violaciones a los derechos humanos se radiquen en su contra. 4. Implementar una estrategia de austeridad y un desbroce de cuerpos que lo conviertan en una fuerza "descarnada y arrecha": "lean and mean", según el slogan prescriptivo de su doctrinador angloparlante. 5. Instituir una fiscalización inmisericorde de su presupuesto, fondos y desembolsos, supervigilada por la sociedad civil. 6. Sostener (como se sugirió atrás) operaciones armadas indefinidas tendientes a recuperar su dilapidado historial, a devolver a los colombianos la seguridad y el orden totales y a mantener estable el escenario para los arreglos de paz. 7. Asignarse la misión de llegar a la sociedad civil (que no es sinónimo de "ciudadanía"), conocerla y trabajar con ella. 8. Y, por paradójico o repugnante que parezca, respetar a la insurgencia a  pesar de su terrorismo, así tenga por mucho tiempo que cruzar armas con ella para neutralizarla.

   En conclusión: si un ejército falla en sus asignaciones básicas, pierde su razón de ser. Mas como las consecuencias de semejante tragedia son de tal magnitud que ningún país¾mucho menos uno torturado por la violencia crónica como lo es Colombia¾las tendría por aceptables, el simple uso de razón debiera instar al Ejército a orear su casa y a crecerse (cosa diferente a adularse) en público. No existe género de duda: Colombia no puede sobrevivir como nación democrática a no ser que cada kilómetro cuadrado de su territorio esté ética y eficazmente protegido por las armas... por las armas del Estado, esto es.  L