El Congreso colombiano: calamidad parlante.

   Si la intención fuese apelar a la ironía, podría sostenerse que existen en Colombia dos clases de parlamentarios: los que se hace necesario enviar a las penitenciarías y aquellos que debieran estar buscando diferente empleo.

   La anterior afirmación, claro, es hiperbólica y no aplicable a los pocos legisladores éticos y competentes. Pero se ve justificada por los escandalosos acontecimientos de los ultimos años, mismos acontecimientos que sindican a la mayoría de los congresistas de por lo menos una de estas cuatro transgresiones capitales: la corrupción, la complicidad, la impunidad o la inefectividad.

   Sea dicho de una vez: Colombia, en sentido práctico, no tiene Congreso, si por Congreso se entiende aquella entidad transparente, eficaz, “accountable”, atenta a la tarea legislativa que le asigna la Constitución.

   Funesto pero cierto: en sentido pragmático, la base tripartita del Estado colombiano asienta hoy en sólo dos columnas, la ejecutiva y la judicial.

   Las continuas manifestaciones del atrofiamiento profesional y ético de los congresistas¾precisamente cuando la nación atraviesa por el momento más trágico de su historia¾hace procedente trastocar el aforismo rector del sistema occidental de derecho: “Toda persona es inocente hasta ser juzgada culpable”, para que cada congresista colombiano sea declarado culpable, ya de corrupción, ya de complicidad, de impunidad o de inefectividad, hasta que logre demostrar su inocencia.

   Tarea nada fácil la anterior, pues la truculencia retórica de los legisladores colombianos es inagotable y alambicada. Util, pues, porque contrasta con el perfil gallardo de los pocos parlamentarios que escapan a la  sindicación de chicharreros  y constituiría un molde para ser evitado por las futuras generaciones de políticos nacionales.

   LA CORRUPCIÓN. Esta condición se sustenta en la conducta delincuencial de los congresistas para quienes el Estado es una cornucopia de libre acceso. Es decir, la corrupción del Congreso va más allá de que los fondos nacionales que caen en sus manos o manejan evidencien el flujo hemorrágico de una vena rota, o de que, en su conciencia, venderse o comprar voluntades, sea una operación admisible. La corrupción llega hasta a enceguecer las operaciones intelectuales de dichos congresistas y a entorpecer sus métodos de acción. De lo primero surge un cúmulo de legislación torcida, con lo otro se da vía libre a tal legislación.

   LA COMPLICIDAD. La corrupción de ese lote de congresistas trae por concomitante la complicidad de ciertos colegas (¿compinches?) cuya ética acomodaticia o identidad de intereses los hacen proclives al silencio. Y a ofrecer la hoja de parra con que oficiosamente cubren los escandalosos agravios de sus protegidos. Estos son los legisladores bizantinos y con ellos el Parlamento pasa de la corrupción por acción a la corruptela por omisión.

   LA IMPUNIDAD. La impunidad del Congreso tiene por caldo de cultivo el silencio tácito de aquellos congresistas que, intuyendo y aun palpando, el desarreglo moral de la Corporación, optan por sustraer la vista y cerrar los labios. Y si la culpabilidad de estos babiecas no iguala, en términos jurídicos, la de los delincuentes o los cómplices, en términos políticos y éticos sí es su equivalente. Estos sujetos conforman la amplia cofradía de los congresistas maniqueos.

   LA INEFECTIVIDAD. Aun si la corrupción y la complicidad no signaran con su impronta a muchos congresista, ya sería suficiente, para dar al traste con un número de ellos, el hecho incontrovertible de su incompetencia profesional. Durante mucho tiempo los congresistas (como individuos y como cuerpo colegiado) han venido demostrando su incapacidad para funcionar no ya con ecuanimidad y acierto, sino hasta para sujetarse a los más modestos cánones de la eficiencia parlamentaria y corporativa modernas.

   Para los colombianos que tienen la oportunidad de comparar al parlamentario colombiano vis-à-vis al de otras latitudes del planeta (canadiense, inglés, estadounidense, verbigracia), el espectáculo de su inanidad produce vergüenza o irrisión. Colombia tiene por parlamentarios no sólo a los más predatorios de sus hijos, sino a políticos comparativa y desastrosamente incompetentes. Caso que lo anterior se pusiese en tela de juicio, examínese con objetividad la calidad de los instrumentos legislados por el Congreso colombiano en la última década. Y evóquense aquellas piezas que no se legislaron o las que sí, y fueron deletereas para el país.

   Y es precisamente esta corporación la que se presenta ahora como la agencia del saneamiento político nacional y la higienización republicana de Colombia. La que se propone autoenmendarse y poner en razón las hoy nefastas prácticas delictivas de los colombianos. La que se ostenta capacitada para alterar la periodicidad del Ejecutivo¾su término presidencial¾sin tropezar en los clavos de la mezquindad, la trampa o el sofisma.  

   Sea entendido: el Congreso debe ser sanitarizado de cabo a rabo. Y esa empresa de fregado recae en la sociedad civil colombiana. La anterior demanda es evidente por sí misma, al punto de que parece redundante traer a colación el corpus exegético que sobre la materia existe a nivel mundial; y existe desde que, hace ya casi 400 años, se gestó la teoría del Estado liberal y la responsabilidad del ciudadano asociado.  A la sociedad civil colombiana le incumbe cumplir con un deber civico ineludible y urgente: enmendar un Congreso que le ha fallado miserablemente a Colombia.  L