Si un Rodin moderno entretuviera la graciosa idea de esculpir la semblanza del intelectual colombiano contemporáneo, evitaría evocar la imagen cavilante de “El Pensador” y trataría de imitar la desgonzada humanidad de la “Pietà”.
Defino al “Intelectual” a la manera flexible como lo fija el científico social Nozick, valga decir, como aquel artífice de la palabra que en el empleo de sus instrumentos vocacionales determina la inflexión, el flujo y contenido de las ideas con que el público forja su ideario societal. La definición excluye a quienes se expresan a través de fórmulas matemáticas o trajinan en el campo de las ciencias naturales (físicos, astrónomos, botánicos etc.) y a quienes trabajan con los medios plásticos o auditivos (escultores, pintores, músicos, etc.). Incluye a literatos, académicos, periodistas, altos burócratas de gobierno, et al.
Mi aserción –mi reto, si se quiere- es simple: que el intelectual colombiano contemporáneo (excluyendo a escasas pero meritorias figuras) falla escandalosamente como tal, no importa desde cuál ángulo visual se le analice. Y falla en el momento exacto en que más indispensable se hace el ejercicio meticuloso de su profesión.
Si es con la antiquísima investidura del sustentador de los valores universales que se solicita su presencia en el escenario postmoderno de las ideas, como legitimador de los más ilustres prenotandos que de antiguo exornan la cultura Occidental, el intelectual colombiano irrumpe en la palestra del debate apenas en los paños menores del adlátare, del marginado. La contribución original al diálogo mundial, por ejemplo sobre la ética, que debiera estar haciendo en gracia de vivir en un microcosmos humano anfitrión de cuantos patógenos inciden en la degradación de esa categoría moral, esa contribución no la ha plasmado. Cavilaciones platitudinarias y erráticas son apenas los aportes votivos que para el efecto hace ante el santuario donde hoy flamea tan crucial dilema mundial.
Si es con el herramental crítico-opositor de quien debe interrogar los acontecimientos coyunturales de su mundo, y de quien debiera postular la potencialidad alcanzable del orden existente, a la manera recomendada hace años por Marcuse, así tampoco aprueba el examen de su atareamiento. Antaño fungía como el ideólogo clásico, hoy ha mudado –consciente o inconscientemente- en funcionario mediatizado al servicio de fuerzas superfluas o adversas a la comunidad. Su tarea de exponer y criticar hasta vencerlos, la injusticia y el abuso, tal como lo demandaba Sartre, o de luchar a fondo en la esfera pública en pro del debate democrático sin cuyo aporte toda comunidad se atrofia, tal como lo advierte ahora Habermas, esas tareas no han sido de su competencia. Convertido en mero operador mental, el intelectual colombiano ensambla y distribuye comodidades utilitarias, unas para legitimar, otras para cuestionar las formas sociales de su conglomerado humano y la problemática concomitante. Pero siempre dominado o siempre al servicio de ideologías subsidiarias y parciales. De ahí la permanente truculencia del comercio de ideas en Colombia. Pues, tal como le acaece a todo trabajador alienado, labora bajo presiones tan impersonales como las que en Manchester soportaba el adolescente proletario en las hacinadas factorías del capitalismo incipiente. Y la beligerancia y antipatía con que escasamente dialoga con sus pares, muestra de forma meridiana su bagaje mental. Casi todo es para él una antítesis o una paradoja, todo es blanco o negro, todo un medio para defenderse o atacar. Salirse de su marco de referencia, asumir con empatía la posición del contrario, abrogando momentariamente la propia, eso ¿para qué?
Y si es como el “Intelectual de lo Específico” –tal como lo propuso no hace mucho Foucault-, es decir, como luchador por modestas causas locales, difusas, minipolíticas, por causas que excluyen las exaltadas batallas contra las macroinstituciones (el Estado, el mercado, etc.), aquí tambien flaquea. Los molinos de viento que lo inspiran nunca han sido producto de la industria casera, no señor, son los de tamaño descomunal, Sancho, los que estimulan su adrenalina. Hacer suya la lejana recomendación de Popper, de usar un método gradual y mesurado para arreglar incrementalmente las instituciones, los mecanismos y sistemas de la existencia humana, en oposición al método de la “ingeniería social holista”, tampoco. Los grandes cometidos metahistóricos (transición del capitalismo al socialismo, de éste al neoliberalismo, a la tercera vía…), he ahí el norte y la pasión de muchos. He ahí también su sarcófago
Pero me apresuro a esgrimir un argumento intuitivo tendiente a exonerar la reputación de nuestros intelectuales: su declinar no es el producto de una epidemia social predeterminada, o de una tendencia sociológica irreversible. No, se trata en realidad de la más liviana y desechable de las debilidades del hombre pensante: la incuria.
A la incuria mental de sus intelectuales debe Colombia que después de cuarenta años de lucha inmediata y más de cuatro siglos de conflicto social no cuente con las multiples obras conceptuales que clasifiquen, analicen, desflequen, extrapolen, polemicen, desconstruyan , reconstruyan, estructuren, la sociedad y la cultura nacional. ¿Cómo justificar, por ejemplo, que al presente los hombres de ideas colombianos no hayan diseñado un contrapunteo sostenido y todo-envolvente sobre nuestros problemas actuales? A la incuria se debe, entonces, que los torrentes de sangre que fluyen en nuestras veredas apenas soliciten de ellos exégesis espasmódicas, pero no una contribución determinante a la teoría del conflicto social. ¿Dónde está, digo, el pensador colombiano, posterior a Camilo, que haya apostado sus neuronas en defensa de las clases subordinadas colombianas? ¿O es que al haber desaparecido el comunismo de la escena mundial desaparecieron también el hambre y la miseria? Cuál el analista que se haya entregado de por vida a defender con solvencia analítica los vulnerados intereses del campesino y el obrero colombianos? ¿O es que, al diezmárseles, estamos ahorrando la fatigante tarea de teorizar sobre su suerte? La acusación de Jean Baudrillard aplica aquí: “La izquierda ha perdido su energía política. Se volvió una estructura legalista”. Y desde el ángulo opuesto, ¿cuándo leeremos al conceptualizador derechista que exponga con argumentos contundentes lo contrario, viz, que no se deben comprometer ni la reputación ni el intelecto en aras del obrero y el campesino, sino de los magnates de la producción neocapitalista y de sus últimos apotegmas económicos? ¿ Y, por otra parte, dónde está el trabajo que analice los postulados de quienes luchan hoy en el mundo por una economía que no es ni estatal ni plutocrática, sino ciudadano-cooperativista, aquella nueva economía que no intenta “redistribuir” la riqueza existente sino crear la futura bajo un nuevo paradigma ? ¿La conocen?
Es válido, entonces, preguntar ¿por qué el país donde se perfeccionó el “Sicario” ha dejado la explicación de la violencia juvenil en manos de estudiosos no colombianos, por ejemplo Lewis Yablonsky? ¿Por qué el irreverente dictum económico de la “Exuberancia Irracional” lo vocean Greenspan y Robert Shiller y no un especulador antioqueño, y por qué a la economía experimental la está elaborando Holt y no un uniandino? ¿Por qué las especulaciones contemporáneas sobre la “Teoría del Caos” las maneja Gleik y no un boyacense? ¿Por qué la teoría del conflicto social es dominada por Brewer y Schwartz, cuando Colombia debiera ser un hervidero de ideas en ese campo, cuenta tenida de su complejísima problemática social? En fin, ¿por qué todo concepto sustantivo moderno en el fuero de las humanidades, desde los de la filosofía de la historia (el aspecto no-cognoscitivo del narrativismo histórico, por ejemplo), hasta los de la “Optimality Theory” del analísis lingüístico en que se ocupan Judith Aissen y Linda Lombardi (a pesar del Caro y Cuervo) es importado? ¿Idem sobre las ideas vertebrales modernas en el terreno de la jurisprudencia, la filosofía, la epistemología?
Mas ¿cuál es la causa de tal debilitamiento? La respuesta no se hace esperar: la incuria de que hablo es fiel reflejo de la realidad empírica que vive Colombia. El trabajo del intelectual colombiano es un espejo consciente de su postura subjetiva pero, también, un reflejo inconsciente del aberrante medio social que lo rodea. En una sociedad en guerra, en garras del narcotráfico y la corrupción y fraccionada en clases sociales en plena guachafita, como lo es la colombiana, no puede haber intelectual sin tendencia: porque la vía crucis de su jornada profesional lo inclina ya a uno ya a otro lado de la balanza y, además, porque no tener una tendencia en medio de semejante caos equivale a tenerla, así no sea perceptible. Ahora bien, como es cierto que en toda sociedad la clase que domina en lo social y lo económico domina también en lo cultural, es lógico que las tendencias de nuestra inteligencia reflejen el ascendiente de la casta hegemónica, por más que -tal como sucede en el país- esa casta esté en galopante desbandada. Y si el intelectual colombiano hasta ahora no ha lanzado una requisitoria estructurada y exahustiva contra tanta podredumbre e injusticia como existe en nuestra nación, se debe a que es muy realista, a despecho de su propia ideología. No le cabe describir a fondo lo que ES, menos aún lo que debiera ser, porque de inmediato entraría en pugna con la realidad político-social que lo domina o lo intimida. Por lo tanto, los únicos expedientes que le impiden zozobrar del todo son o la mistificación, o la incuria de que vengo hablando. Ha optado por la última, ha optado por esa indiferencia que gotea sobre su cabeza desde los sobretechos sociales hegemónicos. Sea dicho de una vez: la incuria de nuestros intelectuales en una incuria de clase.
Y esa incuria de clase es -entre otras cosas- lo que suscita el letal antagonismo de la insurgencia y de los paramilitares hacia él, antagonismo que lo está abocando al mutismo. Y es que éstos paramilitares y aquella insurgencia lo consideran antagónico, no ya porque sustente una ideología de izquierda o ampare una de derecha, no, la clase dominada colombiana es mucho más inteligente de lo que se admite: se opone no a quien milita de uno u otro lado del espectro político, sino a quien representa ser (según su aguda percepción) un enemigo de sus legítimos intereses de clase.
Ahora bien, huelga decir que la persecución al intelectual es una rastrera, una abominable cobardía. Pero es de suponerse que si la inteligencia colombiana diera en colocar su voluntad y su talento al servicio de la conciliación y paz internas y del éxito humano y social de los de abajo (víctimas desde siempre de la injusticia consustancial a nuestra historia) de seguro podría transitar tranquila por el Caguán y el Nudo de Paramillo cualquiera que sea su arsenal ideológico. Tiene algo de chantaje esta realidad, es cierto, pero se trata de un chantaje determinado por nuestra historia, así sea la boca del fusil el que lo ladre.
Con qué opciones cuenta, entonces, el intelectual mediatizado de Colombia? Por su identidad de clase, con dos: 1. Ser un desertor, es decir, un fiscalizador social tímidamente “engagé”. 2. Ser un tránsfuga, personificado en los últimos tiempos por los apóstatas que evacuaron la estulta retaguardia de la izquierda para entrar por la puerta de servicio a la vanguardia vociferante de la ultraderecha. Y por su identidad colombiana, con la opción definida atrás: ser el catalizador de la concordia y el instrumento conceptualizante del avance popular (lo que no significa, ni mucho menos, trabajar ciegamente por la “Paz”).
¿Opciones?
Una. Entender el intelectual colombiano que, por razones de asociación, forma
parte –sin poderlo evitar y a veces sin saberlo- de la SOCIEDAD CIVIL (estamento que no es sinónimo de
“ciudadanía”). Y que una vez conscientemente ubicado dentro de la SOCIEDAD
CIVIL, cuyo resurgimiento mundial es
paladino y vigoroso, podrá recuperar su identidad profesional, no
importa su ideología. Podrá ser mediador entre la anarquía del mercado y el
paternalismo del Gobierno, crítico severo del problema de la droga y
adalid en la justa aunque brutal
querella del pueblo. Además, podrá laborar sobre la base del mutualismo social,
sin tener que incurrir en el cálculo egoísta de ventajas personales, es decir, convirtiendo el “yo” en
“nosotros”. Podrá desarrollar anticuerpos para no ser aplastado por los
gobiernos, comprado por los empresarios o cooptado por los políticos. Podrá
munirse de “Empowerment” (Potestad), corolario de su transparencia ética.
Podrá hacerse dueño del capital social
y la civilidad con que reconstruiría el ethos
nacional y lo retroalimentaría a la ciudadanía. Pero, sobre todo, podrá tomar
conciencia absoluta de que cuando el diálogo público -accesible, inclusivista y
libre- cesa en un país, ese país quiebra. Y, en consecuencia, persuadirse de
que si lo anterior sucediera en Colombia, la responsabilidad de esa catástrofe
caería con todo su oprobio sobre su conciencia de intelectual amodorrado. Jairo Sandoval Franky Permitida su circulación.