Los
Políticos Colombianos: Personajes de Ficción
Mientras
que en algunas latitudes del planeta los políticos suelen crecerse al tamaño de
las vicisitudes que confrontan, en Colombia se contraen al tamaño de las
pequeñeces que cometen.
Hay hambre.
Hay guerra. Hay desolación en la República. El Estado disfuncional apenas obra.
La sangre corre. El país todo --para no hablar de nuestra conciencia cívica—vive
un trance eufórico. Y ante este confuso escenario los exponentes del sector
político nacional siguen apelando, como casi siempre lo han hecho, al morbo, a
la impostura y al absurdo.
El
absurdo. Reviviendo la historia inmediata
de Colombia se entiende este problema. El Presidente Samper, asumió la
presidencia, cortesía de dineros espolvereados de cocaína. El escándalo lo orilló a la inoperancia
administrativa. El embajador de Estados Unidos, Mr. Frechette, aprovechó el
malestar público, asumió el mando y devinó regente. La Potencia del Norte, ni
corta ni perezosa, canceló el visado al Presidente depuesto. El cual,
lejos de seguir los dictados del
pundonor, ofreciendo su dimisión, optó --para mantener una hilacha de poder--
por acicalarse la investidura de sátrapa estadounidense, sobrevigilado, por
supuesto, desde las ventanas de la embajada de Washington en Bogotá. Años más
atrde y como ex presidente, Samper vuelve a hacer presencia en los círculos
políticos de Colombia, en los cuales delitos como el suyo son mieles de cada
dia.
Aún no
había accedido a la Primer Magistratura de Colombia el Señor Pastrana, sucesor
de Frechette, cuando ya se internaba en la marisma, listo a regalar con sus
cumplidos el oído de un guerrillero impenitente, sin comprender que con esa
imprudencia degradaba la dignidad de su
cargo y, por ende, hacía más difícil su futura tarea conciliadora. Más
adelante, cedía a la guerrilla una veinteava parte de la tierra colombiana a
cambio de la mitad de la mesa en que los voceros de las Farc lo volverían un
ocho, pero le daban un “cinco” en el arte de asentir. Se ufanaba luego de abonar sin descanso el árbol de la paz, pero
sin darse cuenta que lo estaba alimentando con las cenizas de las víctimas
inmoladas impunemente mientras chachareaba sin tino con los victimarios. El
secuestro de sus connacionales no impidía que aceptara las demandas de los
secuestradores. Ponderó necesario erradicar el virus de la corrupción, pero se
mostró renuente a admitir que en las antecámaras de su palacete se cultivaba el
mismo patógeno. Buscó enemistad con dos rivales, enfrentándose al Congreso y al
liberalismo. Al Congreso como inquisidor espurio, al liberalismo como mandarín.
Por último, el Plan con que pretendía templar los problemas de Colombia lo
sometió a la fiscalización del gobierno estadounidense, pero no al examen de
sus conciudadanos. Y, juzgándolo maná caído del cielo, aceptó el apoyo de
ciertos ex presidentes en ascuas por arreglar como "Notables"
aquellos problemas que no habían sido capaces de resolver cual Mandatarios.
El nuevo
Presidente, Alvaro Uribe, entra a cumplir la rara faena de hacer lo que prometió
como candidato, combatir la insurgencia llueva o truene y al precio de la paz.
La paz pagó el precio. En su lucha contra la politiqueria, arremete lanza en
ristre contra los culpables del Congreso y los mandarines de la politica, pero da
morada en las recámaras del gobierno, como superministro, al mas politiquero y
ladino de los modernos funcionarios colombianos. Parco en talentos de
estadista, opta por la absurda politica de buscar enemistades internacionales
nada menos que contra la conciencia mudial defensora de los derechos humanos. Y
en segunda salida arremete sin Yelmo de Mambrino contra las organizaciones no
gubenamentales que los defienden.
Ocupado de buena fe en afanes antipolitiqueros, manufactura un referendo
sostenido sobre recursos políticos los menos connotados por su probidad. Efectua
el Referendo sin ponderar que, en una escala costo/beneficio, el costo
exponencial de la jugada no guarda proporción con el diminuto beneficio. Pierde
el Referendo, a pesar de que la panoplia del Estado anduvo diligente en
inclinar a su favor la batalla. Indoblegable en su propósito, salta la valla de
la legitimidad para hacer entrar por la puerta del servicio los puntos perdidos
en el Referendo, apelando a la componenda clásica de los políticos colombianos,
dirimir las diferencias repartiendo pequeñas, medianas y grandes cuotas de
poder, en una consagrada jugada cabalística: la Reforma Politica. estudia
proteger las libertades civiles de los colombianos a tiempo que asalta las libertades
civiles de los colombianos.
La
impostura. De todas las transgresiones
con que los malos hijos de Colombia martirizan a sus conciudadanos, pocas tan
ignominiosas como las que tienen al Congreso nacional por teatro de
operaciones. La mayoría de los congresistas colombianos gozan de su sinecura
estatal como de un derecho ingénito. La altanería parlamentaria, la vulgaridad
sartorial, los lujos del "parvenu", el ausentismo, las arteras
cofinanciaciones (cualquiera sea el nombre que pasajeramente reciban), los
autoaumentos de sueldo, los viajes y los "per diem"
injustificables, las escandalosas pensiones, los absurdos auxilios y partidas,
las oscuras prebendas y el tráfico de influencias, el hurto, son considerados -ya por éste, ya por aquel
parlamentario- como una dádiva obligatoria otorgada por la nación en
reconocimiento a sus "servicios" legislativos. Que así ha sido
siempre la política en Colombia y así el Congreso, esas son las falacias y el
desplante casuista con que defienden sus felonías y delitos. La agudeza con que
imaginan acallar la opinión pública es ésta: "Colombia tiene por
congresistas a quienes el país se merece"... y quizás sólo en ese punto
estén diciendo la verdad. De todas maneras, el Congreso es, por saturación, el
íncubo nacional de la impostura.
El morbo. Los políticos departamentales y municipales
remedan las argucias verbales y las maquinaciones prácticas de los políticos
nacionales. Cada uno de ellos constituye (a veces en coyunda con los pícaros
del sector privado) un virus discreto que, como los parásitos biológicos, debe imbricarse
a un organismo sano y fértil para poder crecer y propagarse. Las instituciones
de provincia cumplen esa función. La mutación de estos políticos, de agentes
gubernamentales a delincuentes burocráticos, crece. La infección subcutánea
sigue progresando hasta que rompe la membrana protectora del cuerpo civil de la
nación, ataca el núcleo del Estado y se reproduce en la proteína de la
burocracia generalizada. Finalmente, la diseminación de la infección se hace
coextensiva al territorio nacional.
Con base
en el anterior proceso y de un tiempo para acá, ha nacido en Colombia un nuevo actor
social: el ciudadano urbano “lactócrata”, nueva especie que se amamanta del
tráfico de drogas y/o de la corrupción rampante, creando una nueva casta social
de gran arresto financiero y vitalidad de acción, misma que entra en lucha con
la casta hegemonica tradicional. Esta nueva casta incursiona en la política
como expediente de fortificación y maniobra. Entender este nuevo fenómeno de
competencia intraclase es crucial para comprender las situaciones en que al
presente se está manifestando el problema social colombiano. Es de presumirse
que este potente sector lactócrata se alzará con el poder y entrará a desbancar
a las viejas hegemonías y a modificar la configuración político-social del
país.
Parece
evidente, entonces, que la nación no podrá escapar a sus políticos (viejos o
nuevos), ni a la suerte impía que éstos le prodigan. Evidente, también, que los
políticos metropolitanos y de provincia, el Ejecutivo, los partidos y los
congresistas, fumarán por algún tiempo la pipa de la "reconciliación"
y de la “Paz”, y que so capa de lograr el orden dividirán el ejido --eso es
Colombia para ellos-- en partes alícuotas, cada uno de ellos monarca temporal
en su propia parcela.
Y, de esa
manera, los saltimbanquis de la izquierda obtendrán por fin entrar en escena,
los de derecha sabrán conservarse en la cuerda floja y los independientes
maromear en su precaria y no muy diferente tolda aledaña. Quienes se atarean en
modificar la Constitucionen lo tocante al período presidencial, echan mano de
cuanto expediente dispone el repositorio nacional de los trucos políticos. Los
titiriteros del Congreso continuarán hurtando, intrigando y, claro, embrollando
las leyes.
Y el
resto de los colombianos, ¿continuaremos extrañando a esos políticos que en
otras naciones se crecen a la dimensión de sus problemas? ¿aceptando a los
propios, expertos en contraerse al tamaño de su pequeñez y su garrulería? ¿o
buscaremos una alternativa?