COLOMBIA:
LA GUERRA CIVIL TRIPARTITA
En algunos circulos académicos no procede afirmar que
Colombia confronta una guerra civil, sino una suerte de violencia dispersa y
general. No teniendo los actores del conflicto armado colombiano una identidad de
visiones o intereses que los coloque dentro de una clase social específica, no
puede haber una guerra que califique de “civil”, dicen.
Intento controvertir aquí la anterior afirmación, sosteniendo
que los actores del actual conflicto colombiano sí se identifican como una
particular clase social o una fracción sustantiva de clase.
Para
explicar la materia, comporta fijar cuales son (según mi juicio) los
contendores que estructuran la guerra civil colombiana. Ellos son: a) La Insurgencia, b) la
Contrainsurgencia y c) la Clase dominante.
Rindo a
continuación una sucinta explicación de
su individual composición, así:
1. LA
INSURGENCIA. Si a través de la historia colombiana las hegemonías han usurpado
los intereses materiales populares [veanse artículos sobre la materia en L], entonces es cuestión de simple aducción concluir que las
clases populares entraron desde la génesis misma del Estado colombiano en
permanente conflicto de propiedad con sus avasalladores. No es menester, pues,
esgrimir rígidas definiciones weberianas, marxistas, thompsonianas, sobre el
tema de clases para conceptuar de existente en Colombia cierta identidad de
intereses políticos-económicos entre una insurgencia de tendencia popular y el
“pueblo”, aun si dicho nexo es casi imperceptible y en ocasiones mutuamente
antagónico.
De momento,
basta asimilar cómo la dominación clasista que sufre el sector popular ha sido
una constante histórica: la dominación de clase era madura de siglos en la
época de la Grecia arcaica y constante en el control tribunicio y centurial
romano, el que en connivencia con la alta instancia clerical burló por mucho
tiempo los derechos basicos del “plebeyo”.
Nada extraño entonces que en la concatenación histórica que en Colombia se extiende desde Tundama o Berbeo, cruzando por Gaitán y Camilo, hasta Marulanda, algunas fracciones de la clase popular hayan confrontado de mano armada a la clase dominante. Y nada insólito el dar por consecuente con la historia extensa de Colombia y por consustancial al segmento temporal que va desde los años cuarenta del siglo pasado al presente, el fortalecimiento de una fuerza popular contestataria del Estado hegemónico, la que lo ha llevado a la plena confusión y al borde del colapso. El desarrollo de la arremetida antiestatal insurgente que hoy padece el país no puede atribuirse a una aberración histórica, por el contrario, es la concreción obligada de los múltiples factores objetivos que arroja la dinámica de una nación en aguda y constante contradicción social consigo misma. Los anteriores conflictos de clase colocaron a la insurgencia en el terreno conceptual del socialismo.
Ahora bien, ¿a qué causas se debe atribuir que la
insurgencia colombia no haya consolidado a favor propio el apoyo total del pueblo, al que se dice referida, y que el
nexo entre insurgencia y pueblo no sea perceptible? Las causas contributivas
son (entre otras) las siguientes:
-El flujo apenas residual del narcocapital hacia las
capas sociales desfavorecidas y, por consecuente, el ilusorio ‘lucro’ económico
(nunca alcanzado) con que la droga socava
en dichas capas la concientización de clase.
-La secular atomización del agro colombiano en
núcleos productivos cuasi-suficientes y por lo tanto introactivos. Lo que trae
su propio concomitante: la dispersión
del método de lucha política.
-La auto-cooptación laboral en que incurre el
asalariado citadino (y que la fragmentación económico-empresarial del país
impone), la cual lo obliga a medrar sus reivindicaciones prestacionales en los
puntos de trabajo o, a lo sumo, a nivel sindical y en competencia desleal con
la gran masa de los microempleados.
-La inexistencia de un frente de guerra popular
unido, defecto resultante de la estrategia de fragmentación geográfica de
frentes, que para proseguir la guerra
adoptó el sector subversivo.
-El debido rechazo popular al discurso “socialista”
de la insurgencia. Rechazo cuyo curso diacrónico se plasmó en la
contrarrespuesta paramilitar, la cual evolucionó hacia:
2. LA
CONTRAINSURGENCIA. Habiendose originado en las regiones colombianas sujetas a
la versión nacional (retardataria) del capitalismo de mercado, en su modalidad
agrario-ganadera, la contrainsurgencia entró a confrontar su némesis --la
insurgencia--parodiando los expedientes de la libre empresa tercermundista, a
saber: destrucción inmisericorde de la competencia; costo/beneficios
cuantificados en vidas humanas; joint ventures con el narcotrafico;
incremento predatorio de su market share; connivencia con las
burocracias regionales de Estado; take-overs y finance mergers
hostiles; alianzas estratégicas con macroempresas; creación de una nueva plutocracia rural, etc.
Circunscrita la contrainsurgencia dentro de los
parámetros del capitalismo competitivo, su idea de la redistribución de la
tierra admite la gran propiedad y seguramente la agroindustria. Su concepto
sobre las riquezas nacionales por las cuales lucha (carbón de Cerrejón, oro de
Barrancominas, petríleo de Arauca y Casanare) no tolera el recurso de la
nacionalización ni la centralización socialista.
La mencionada orientación capitalista del sector
contrainsurgente se hace explícita de múltiples maneras. Con su puritanismo
(selectivo) craso. Su metafórica identificación con la clase media. Su respeto
fetichista por la autoridad institucional. Sus nexos con los “paramilitares” de la casta hegemónica, es
decir, con ciertos grandes hacendados,
grandes ganaderos, y con los
políticos “lactócratas”, saqueadores de
los fondos estatales y gubernamentales.
La Guerra Intraclase y la Interclase
Insurgentes y contrainsurgentes libran una subguerra
económica intraclase, por la tierra. Se trata de una verdadera reforma agraria
a la que es ajeno el Estado y marginales las hegemonías. La competencia por los
recursos naturales es, por el contrario, una guerra tripartita entre miembros
de dos clases sociales: la clase subordianada, representada por las dos
facciones en lucha, mas la clase dominante, personificada por los gobiernos de
turno: guerra interclase.
De lo anterior se deduce que si la confrontación
entre las dos facciones en que se ha dividido la clase subalterna es así de
amplia y así de importante, cada campesino, cada asalariado tiene mucho que ganar o perder en la demanda, es
decir, tiene razón suficiente para tomar partido, porque afecta al grueso de su
clase social. Lo que equivale a decir
que el brutal choque socialista-capitalista que sangra a la clase subalterna
seria uno de los dos grandes referentes con que se determinará el futuro
histórico de Colombia.
3. LA CLASE DOMINANTE. Grosso modo, la clase
dominante está compuesta por: la subclase media y la casta hegemonica. Dicha
casta se subdivide en los siguientes sectores (interconectados e
interactuantes): la paleo-oligárquica,
la alta gavilla burocrático-estatal, el clan oligopólico; los altos escalafones
militares y la alta jerarquía eclesiástica, la subclase política, los medios
elitistas de comunicación y la tecnocracia empresarial. El Estado es un adminículo
de esta casta.
Todos los elementos de la clase dominante son parte
de la actual guerra civil colombiana. Es verdad que no portan, o no deberían
portar, armas (con excepción de los militares), no extorsionan, no secuestran.
Pero son tan combatientes y letales como los frentes de las Farc o los comandos
de las Auc. Y como cada agrupación social lucha por lo suyo con las armas que
mejor maneja, la clase dominante y en especial la casta hegemónica, no defiende
sus interes y riquezas, malhabidos o no,
echando mano de petardos y motosierras. Los instrumentos legales, los
organismos estatales y su sistema político-social manipulativo e imperial son
su arsenal de guerra.
Si la desnuda brutalidad signa la metodología de
guerra de la clase soliviantada, la sutileza transfigura la estrategia
pretoriana hegemónica. Los actos de guerra de las hegemonías gozan, en su
mayoría, del ascendiente legalista del Estado,
al que usan como caballo de batalla. Es decir, su criminalidad surge metamorfoseada
en actos legales y se pavonea en hechos legítimos.
Pero es lo cierto, por ejemplo, que instrumentos como
el actual Estatuto de Seguridad son el equivalente hegemónico del secuestro y
del asesinato; el Régimen de Transferencias (o cualquier que sea su nombre), es
la imagen de las Pescas Milagrosas; los Fondos Interministeriales (o su
equivalente), son identicos al canje de droga por armamento a que acuden la
guerrilla y las AUC. El léxico moral de la casta hegemónica y sus recursos de
lucha se diferencia del vocabulario subversivo solo de forma nominal, sintáctica.
Ahora bien, la guerra civil colombiana es una
relación de producción mimetizada, un mecanismo violento para nivelar el flujo
de riquezas y la distribución económica. Las depredaciones de Jojoy y de Castaño son comparables con el
sufrimiento y luto que causan los disfrazados actos de guerra de las
hegemonías. Son tan nocivas para el pueblo las argucias semánticas de la
Reforma Política que la verborrea bizantina de los Comités Temáticos de la
guerrilla. Ofende tanto a la Paz de Colombia la corrupción del Congreso que los
secuestros masivos de los guerrilleros. Lo mismo afectan el bolsillo colombiano
los atracos de la mafia estatal-empresarial que la ley 002 de las Farc. Los
latrocinios de los políticos y los funcionarios del Estado inciden sobre las
familias colombianas con peso semejante al de las extorsiones de la
insurgencia. Es decir, por inocente que parezcan las fechorías consuetudinarias
de las hegemonías, dichas actividades tienen una naturaleza delictiva tan
protuberante y letal como la de sus opositores de clase.
En fin, si se suman la estrategizada actividad
predatoria de la subclase política, el abuso militar, la expoliación empresarial,
las arremetida multisectorial a los fondos del Estado, los golpes ideológicos
dados por los medios clasistas de comunicación, el despliegue rápido de la
duplicidad eclesiástica y los operativos
antisociales de los tecnócratas, se concluye que la clase dominante
colombiana es parte constitutiva--modo suo--de la guerra civil que
postra a Colombia.
En conclusión, como a través de la historia del
hombre la lógica de la lucha por la igualdad social siempre ha sido etnocida,
la confrontación armada que vive Colombia, su guerra civil tripartita, exhibe todos los elementos de inclusión,
extensión y barbarie --y todas las permutaciones de tiempo y método-- que
tradicionalmente caracterizan a las guerras civiles. Se trata nada menos que de
la contienda final (misma que involucra a más de medio millón de movilizados) entre dos clases sociales que por
siglos y en incontables enfrentamientos se han venido disputado el poder, la
tierra, las riquezas y las conciencias colombianas. L