La Insurgencia: ¿Parte Exorable
o Inexorable del Gran Cambio?
En una sociedad como la colombiana, donde
casi toda idea es o blanca o negra, afirmar que la insurgencia colombiana es al
mismo tiempo útil e inoficiosa, necesaria y superflua, buena y mala, se tendría
por parla de enajenado.
Permítaseme,
¿por qué no?, contraer por un momento esta aflicción. No es contagiosa.
Permítaseme
afirmar, por ejemplo, que los movimientos guerrilleros hoy existentes en
Colombia no sólo deben ser considerados útiles, en términos teóricos, sino
indispensables para la magna faena de traer a buen puerto la transformación
político-social que Colombia ha buscado por décadas con tan mala voluntad y que
hoy gestiona a mano dura.
Los
movimientos guerrilleros son útiles porque, a pesar de las proposiciones
acomodaticias del momento, en el sentido de que la injusticia social y su
concomitante, la violencia política, no son elementos "estructurales"
de nuestra historia, es evidente que tanto la una como la otra son parte
integral de "animus" colombiano. En efecto, la violencia política ha
sido tan propia de los colombianos como lo son el arequipe y el ajiaco casero y
a la manera de esos dos suculentos preparados, ambas se han venido preparando y
consumiendo en una cantidad inordenada de veredas y regiones nacionales desde
el nacimiento mismo de nuestro protoestado –y aún antes. Cuando en la tierra
que hoy es Colombia las gentes se saludaban de "Vuesa Merced", la violencia
política ya era parte de su modus operandi y la injusticia social, de su
modus vivendi.
Ahora
bien, si en nuestra nación esos dos flagelos --injusticia y violencia-- son
endémicos, lógico será suponer que también lo sea la lucha armada que para confrontarlos
se ha gestado en sus propios miasmas. Es decir, a los Comuneros de antaño, a
los guerrilleros del siglo pasado, al Quintín Lame, al M-19, a las Farc, al
Eln, al Epl, et al, los ha venido moldeando la mano andrógina -–mitad
piedra, mitad bálsamo-- de la sociedad colombiana. Más aún, los ha creado de la
misma manera inexorable como, hoy, los horrendos errores estratégicos de estos
tres últimos movimientos armados creaton su propia antítesis, su propio
anticuerpo: el paramilitarismo, primero, la contrainsurgencia despues. Salvo
que nuestra violencia política no se registra como un mero epifenómeno, es
decir, como un simple "error", sino como un desenvolvimiento obligado
de nuestro acontecer histórico.
Los
movimientos insurgentes han sido útiles y son necesarios, además, porque siendo
producto determinista-probabilísta[i]
de ese devenir histórico, crecieron vitaminizados por los gérmenes de los
entuertos sociales nacionales y obtuvieron pasaporte para divagar por el país
tanto en lo locativo como en lo temporal. Desde Maicao hasta Mocoa, ayer como
hoy, la insurgencia se movía (¿se mueve?) cual pez en el agua, por la razón de
ser pez nacido en esas aguas y alimentado de sus nutrientes. Un
"fenómeno", pues, que siendo tan colombiano viene a cuestionar, y de
qué manera, lo colombiano, no puede darse por fortuito. Y quien ponga en duda
dicha aserción debiera contestar este interrogante: ¿a qué se debió que la
fuerza sediciosa de la insurgencia tuviera durante largos años al Estado
colombiano semiparalizado; a la sociedad, petrificada; al Ejército, turulato; a
la casta hegemónica al borde de la esquizofrenia; al Gobierno haciendo
genuflexiones; al pueblo, huyendo y a la Iglesia, contrita? ¿Sería mera
accidentalidad histórica? ¿un simple ex abrupto de la fenomenología nacional?
¿o una mutación absurda de nuestra genética social? En absoluto. Una
concatenación así de compleja, fuerte y prolongada de accidentes sociales como
la que desató y aún desata, como simple resultado de su natural doloso, la insurgencia,
habla de la existencia de una cadena causal con eslabones malignos inserta en
la esencia, en la sociología misma del país.
En
fin, usando como analogía un conocido aforismo, se podría decir que si la
insurgencia colombiana no existiera, sería menester inventarla: tan útil es en
lo conceptual, y tan consubstancial, primero a nuestra historia y, segundo, a
la solución definitiva de nuestra indócil problemática social. Dicho de otra
manera, ignórense las reivindicaciones objetiva y razonablemente legítimas que
le prestan validez al discurso y al accionar subversivo, y Colombia tendría que
sufrir de tiempo en tiempo pero por una eternidad el flagelo de la violencia
política. En ese sentido y por absurdo o repugnante que parezca, la función
nacional que cumplen, y el peso que en Colombia han ejercido un Marulanda o un
Gabino, se manifiestan como de importancia capital para nuestra futura
bienandanza. Y si se silenciaran el fusil y la tonada de estos guerrilleros,
sin antes atender o interpretar la razón de sus estruendosos decibeles, se
estaría amordazando un grito que, aunque aterrador y cacofónico, es la
expresión desesperada de las seculares Furias colombianas, el pavoroso aullido
de la injusticia encadenada a nuestro ser.
La
insurgencia es, entonces, a la vez el testigo y el síntoma de nuestra
enfermedad, el catalítico y el precipitante del cambio y, en última instancia,
la medida de nuestro éxito o fracaso en la tarea regenerativa social que por
fín nos hemos impuesto después de tanto tiempo de complicidad y negligencia. En
conclusión, Colombia debe hacer uso racional del prognóstico y del material
insurgente que tiene a la mano.
Permítaseme
ahora, para terminar, impugnar los anteriores enunciados, redactando las
siguientes contrarrespuestas:
-Que
la insurgencia, tal como se ha venido desempeñando últimamente, muda a pasos
agigantados a un algo exorable, o nocivo para Colombia, es decir, a un elemento
inútil y peligroso para la construcción del cambio que demanda la república.
Porque es innegable que en la medida en que el peso específico de la política
guerrillera se base en la continuidad, extensión y virulencia de su
criminalidad, en esa exacta medida la subversión pierde autoridad, credibilidad
y, sobre todo, razón de ser. El "quantum" de utilidad que ésta ofrece
a la nación se eleva o baja en proporción inversa a sus delitos: mientras más
sangre innecesaria (la necesaria, lamentablemente no se puede evitar) derrame
la guerrilla, menor será su habilidad para asistir en la determinación del
futuro colombiano, muy a pesar de que en lo inmediato gane terreno psicológico
o, a futuro, ventaja real. Cuestión de simple aritmética.
-Que
el movimiento insurgente, tras de cuarenta largos años de lucha ininterrumpida,
no haya sido capaz de producir un tomo que aclare, redactar un ensayo que
elucide o proferir una frase que epitomice el ideario de las transformaciones
que Colombia debe emprender, o las rutas programáticas que necesita transitar
para llegar al cénit supuestamente visualizado por la guerrilla, habla a voces
de su frigidez mental. La guerrilla colombiana, a diferencia de dos viejos y
famosos grupos subversivos, no ha tenido suficiente intelecto como para
ofrecernos ni su propia "Carta de Jamaica", ni la versión autóctona
de "La historia me absolverá". Extraño predicamento, porque muy pocos
ejemplos -entre los anales del hombre social en conflicto- acreditan que un
grupo conceptualmente acéfalo sepa llegar al poder o pueda mantenerlo.
-Que
si una insurgencia nacional no sabe, o no puede, o no desea conseguir la unión
de las múltiples facciones en que está dividida, y no exhibe el arresto
necesario para resolver pacíficamente su mortal querella con la
contrainsurgencia, dice a gritos estar mal capacitada para unificar más tarde a
una nación atomizada en partes letalmente antagónicas, o para dirimir en el
futuro los grandes diferendos de nuestro Estado convaleciente. Dicho con una
simple metáfora: el párvulo que hoy no puede manejar un triciclo, menos podrá
mañana manejar una motocicleta.
-Que
la "mini-Colombia" futurista que las Farc han debido crear en el
pedazo de tierra cedido por un gobierno ingenuo, como “zona de distensión”,
resultara siendo el abrevadero de la extorsión, el secuestro y la muerte,
invita a tener por preferible el arreglo injusto de la República por todos
conocida, a vivir adelante en otra aún más sanguinaria que la anterior.
¿Qué
hacer?
Por
lo pronto la insurgencia necesita:
-Establecer
un diálogo efectivo entre las partes que la componen y con su némesis, los
paramilitares. Porque tanto la insurgencia como su antítesis forman parte de la
misma clase social; una clase que, para consuelo de sus seculares
avasalladores, ha dado en devorarse a sí misma. El caso de los
afroestadounidenses debería servirle de ejemplo: al principio de su lucha
emancipativa éstos dirigieron su violencia contra sí mismos; cuando cesó ese
canibalismo absurdo, los logros no se hicieron esperar. Diezmar un guerrillero
colombiano a un paramilitar, o viceversa, cumple a cabalidad con los propósitos
de nuestra casta hegemónica, cuales son: 1. Disminuir la presión demográfica
que le entorpece el usufructo elitista de la torna nacional. 2. Evitar que sea
la clase dominante la que tenga que hacer el "jarto" trabajo de
erradicar el incómodo y paupérrimo "excedente" social.
-Y,
por último, la insurgencia: 1. Debe crear un nexo eminentemente pragmático con
intelectuales progresistas de todas las clases sociales (incluyendo a los que
puedan verbalizar el punto de vista estatal, ciudadano, contraguerrillero y
militar), so pena de perder las cartas de juego que le permitan arrancarle a
los gobiernos de turno un modico de justicia para los de la clase que dice
representar. 2. Aceptar como vital para ella una ofensiva sistemática de las
armas del Estado que la mantenga distraída en cosa diferente a la de ultimar
gente inocente, o escalar un conflicto armado que no puede ganar de y para sí.
3. Buscar en la sociedad civil la contrapartida con que analizará los problemas
colombianos y gestará los mecanismos que los solucionen. Porque si entrase a
dialogar exclusivamente con el Estado sobre el futuro ordenamiento
político-civil de la República, corre el riesgo de "alcaponizarse",
es decir, de contraer la conducta delicuencial del malhechor citadino y
burocrático (ya obtuvo la del malhechor rural), conducta mimética que ha
caracterizado desde siempre a la subcasta política nacional, a los partidos
politicos y al Congreso. ¿Cuarenta años de lucha contra el establecimiento,
para convertirse en compinche de los filibusteros civiles de Colombia?
Escoja
la insurgencia si va a ser parte exorable o inexorable del futuro colombiano.
[i] El “Determinismo probabilista” en lo pertinente a la historia privilegia el encadenamiento causal de los eventos historicos con base en fuerzas inexorables que predeterminan el efecto, según la naruraleza de su causa. Pero a la vez admite un elemento de indeterminación que niega la predicibilidad del efecto. Una causa produce un determinado efecto, pero admite resultados fortuitos, variantes y amplificaciones.