Aparte 3. Simón Bolívar, sus años formativos. Capítulo II. La
infancia.
Autor: Jairo Sandoval Franky. Plaza & Janés Editores. 1991
Pero si al acercarse el siglo xix, cuando hace Bolívar si
irrupción en la historia España decaía, América atravesaba por un períido de momentáneas
prosperidad y placidez. Para 1780 todavía era cierto que el sol no se ocultaba
nunca en las enormes posesiones españolas, mas había declinado yo en la
realidad de su economía y en la percepción de su poder. En las colonias su
hegemonía permanecía intacta; intacto su papel de gendarme, juez y ley. Pero el
omnipotente león comenzaba a ser asediado por el descontento popular y sus
cachorros le comenzaban a morder la cola. Se ha observado con algún grado de
razón ser precisamente en tales momentos de relativo progreso, relajadas
inesperadamente las fuerzas por largo
tiempo activas en la represión, cuando se gestan las revoluciones y se perfilan
los hombres que las llevan a efecto. Entre los prohombres que en América
participaron en la gran transformación de independencia, Simón Bolívar ocupa el
sillón de la indisputable primacía. Con la augusta investidura del supremo
arquitecto del conflicto, este hombre demandará la atención muy pronto y muy
recio; con el hábito del adolescente lo hace inmediatamente. Por lo tanto
volvemos de nuevo hacia el pequeñó Simón, a quien en un acto de incompetente paternidad literaria dejamos
abandonado en su cuna de nacimiento mientras emprendíamos un necesario viaje de
reconocimiento por el país patria de sus antepasados y futuro objeto de su
beligerancia.
Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, nombres evocadores
a la par de la religiosidad y del linaje de sus progenitores, fueron los
recibidos por el infante en la Iglesia Metropolitana de Caracas a los seis días
de su nacimiento. El nombre de Simón le fue otorgado por su padre deseoso, sin
duda, de preservar en su segundo varón el de varios de sus antepasados. Pero
existe una discrepancia, y sobre esta discrepancia la historiografía no ha
querido resolutamente establecer la veracidad: el nombre de Simón , según la fábula,
le fue suministrado por el presbítero que en el preciso instante de ofrecerle la
sal del bautismo recibió inopinadamente una premonición, divina, seguramente, en
el sentido que estaba bautizando a un segundo Simón Macabeo, y al punto le
cambió al niño el nombre de Pedro, originalmente deseado por su padre, por el
del indómito judío. Luego de admitir tan un prodigio tan auspicioso, se haría
menester demasiada audacia para desear indagar el porqué de los nombres de José,
Antonio y, más aún, el de la Santísima Trinidad con que se complementó al
primero del jovén Macabeo. No cremos tenerla. Pero sí nos embarga una obligante
satisfacción al contemplar que la comodidad caritativamente acorto su nombre al
de Simón Bolívar, y su fama al de El Libertador. Con aquel corto apelativo
patronímico y este famoso adjetivo sustantivado la historia ha recogido sus hazañas,
en busca de las cuales nos dirigimos a su país natal.
Los primeros quince años de su vida trancurrieron en su nativa Venezuela.
Unos en la villa de Caracas, otros en la provincia. Los unos adquiriendo las
refinamientos de la vida urbana; los otros saboreando los placeress de la vida
camprestre. Durante este tiempo nada interesante sucede, ni tenía por qué
suceder, en su formación y progreso. Nada que indicara ¾como Mozart lo indicó en su infancia¾ la presencia del prodigio. Nada que manifestara ¾como no lo manisfestaron ni Churchill ni Einstein¾ la presencia latente de futura grandeza o genialidad.
No obstante, este período inicial de su formación fue de gran momento para él y
es de interés para la historia porque contiene
los ingredientes provechosos en su vida para alcanzar singulares
prerrogativas, abrir o cerrar puertas, suprimir opositores y edificar su
cultura y su reputación. Hablaremos de su nombre, su fortuna, su formación física
y su preparación ¾o
falta de preparación¾
intelectual, no necesariamente en ese órden. Nos referiremos a las personas y
condiciones que hicieron viable su desarrollo y, por lo tanro, su estatura de
pensador, soldado y estadista.
Era de presumirse que su infancia discurriera bajo el tierno
mimo de todos sus mayores y la solícita atención de toda la servidumbre, como
correspondía al último vástago de una familia acaudalada y dominante. Deplorablemente
para el pequeño, el afecto que de los suyos recibiera, más oficioso que
profundo, no le fue adecuado e indujo en él una reciprocidad explícitamente reservada
y débil. Entre los miembros inmediatos de su casa no existió, por causas de temperamento
y muertes prematuras, un apego intransigente y compacto. No conoció él esos
lazos de amistad que un padre cariñoso establece de mil maneras y diariamente
con sus hijos; ni la blanda y afanosa devoción de una madre dedicada
irrevocablemnte a los suyos. La atención natural que su progenitora de debía se
desvió irrevocablemente, o quizás por designio, hacia otros intereses. L
(Este libro
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