Aparte 4.  Simón Bolívar, sus años formativos”.  Capítulo II.  La infancia.

Autor: Jairo Sandoval Franky.  Plaza & Janés, Editores. 1991

 

 

   A los pocos días de nacido el niño Bolívar, lo recibió el regazo de Inés Mancebo de Mijares, joven ibero cubana, amiga muy querida de su madre, “la que me alimentó como madre… Fue ella la que en mis primeros meses me arrulló en su seno”, recordaba él agradecidó cuando ya era un comandante afortunado. Pasó pronto a los pechos de la cariñosa negra Hipólita, su nodriza, o como él la llamó, “mi madre Hipólita”, esclava de la familia que había recientemente dado a luz. Por ella sintió Bolívar toda su vida gran afecto: “su leche ha alimentado mi vida, y no he conocido otro padre que ella”, revelaría después.

 

   Que Bolívar, el hombre siempre profuso en elogios y afanoso en manifestaciones de amor y de agradecimiento, no expresara nunca, que se sepa, su devoción filial por su madre, es ya bastante concluyente. Esa devoción seguramente no existió ni en el joven ni en el adulto, o si existió, se extingió bastante pronto. Qué impacto tuvo en él esta condición, es algo que el historiador deja librado al incierto terreno de la especulación psicológica. Lo cierto es que su reconocimiento fue exitado solamente hacia la bondadosa negra. A ella debío Bolívar, si no más, no menos que a su madre.

 

   Cuando el pequeño llegaba a los tres años murió su padre, un hombre orgulloso y sensual, adusto y sensible, amante del lujo y altivo de temperamento. Desde esos años a los nueve quedó bajo la nominal disciplina y el sereno cuidado de su madre, María de la Concepción Palacios y Blanco, mujer joven y fina, en quien el refinamiento, la amabilidad y la energía vivían en estable y feliz hermanamiento.  En hermanamiento también con una glacial impersonalidad, como se sigue de esta cita: “es un dolor dar trescientos pesos [escribía] por unos esclavos que apenas pueden servir ocho años, y la negra que ni parir puede mucho”. ¡O tempora!

 

   La comprobada belleza de esta dama, su insinuante manerismo, su devoción por la música, el baile y los saraos, una aduladora simpatía, así como una alegría contagiosa, le aseguraron felicidad y admiradores. Mas el rasgo peculiar de su carácter era el delicado equilibrio entre su voluptuosidad y su firmeza, voluptuosidad que no de desbordó en desenfreno, firmeza que no se transformó en abuso. Agobiada, no obstante, por el calamitoso fallecimiento de su esposo, compartió con otros la formación de su hijo menor, contrariando su instinto maternal pero no su voluntad. Tras vivir o soportar las inocuas y las duras ocupaciones de una viudez transitoria y leve, abandonó prematuramente al mundo y a sus hijos, seis años después de su marido.  Había nacido en 1758. Había contraído matrimonio a los quince años con un hombre de cuarenta y seis, Había sido madre de cuatro hijos y moría a los treinta y cuatro años, devorada por una tuberculosis pulmonar.   

 

   La tutoría del huérfano recayó literalmente en las manos de Miguel Sanz, un grave jurisconsulto, administrador de un mayorazgo legado a este hijo menor de la familia Bolívar, niño que desde muy temprano  se mostró rebelde a la disciplina y que fingiendo una teatral gradación de infantil bufonería  desesperaba a sus deudos y allegados. Sanz era ilustrado pero intolerante. Exhibía con candidez su autoridad. Replicaba con severas admoniciones  las palabras impudentes del revoltoso Simón.  Era un docto litigante, profesional en la palestra y profesional en el hogar. El pequeño, por su parte, era ingenioso e incorregible. Acentuaba con alacridad sus demandas. Se sabía objeto de importancia gratuita. Era indócil, caprichoso, impertinente. Era, para decirlo de otra forma, un niño perfectamente normal. La frecuencia de sus transgresiones, todas veniales, le granjearon con la misma frecuencia, atención y reprensiones.   

 

   En casa de los Sanz pasó Bolívar cerca de dos años. Durante esa interinidad fue objeto del cuidado o la negligencia de varios instructores que, con una sola excepción, llegaron, lucharon y fueron derrocados por la naturaleza vehermente del pupilo. De los referidos, el capuchino Andújar y el presbítero Negrete le enseñaron los rudimentos, y solo los rudimentos, de la gramática de su lengua y la ciencia de las palabras, de historia, de matemáticas y de religión. Esta última enseñada con la pujanza que desde la larga lucha de la Reconquista los españoles habían puesto en la diseminación de los misterios y en la apologética de los complicados argumentos del Catolicismo. El pupilo escuchó interesado la parte más sensible del catecismo. Pero su niñez no parece haber sido infectada por las torpes supersticiones de su ambiente.

 

   Estos dos prelados fueron suplantados en poco tiempo. La pupila discerniente de Sanz se fijó en un maestro de poca edad y muchos conocimientos, precoz, discreto, autodidacta. Su nombre: Andrés Bello, más tarde uno de los notables valores del continente hispano, tanto por la profundidad como por la variedad de su colosal sabiduría, que fue el fruto bien ganado de más de una noche de asidua y paciente meditación, de más de una hábil disertación. De este joven profesor recibió el estudiante una saludable infusión de conocimientos. Bajo su dirección el joven pupilo hizo un esfuerzo meritorio por tocar, si no por dominar, varias ramas del saber. Le fueron presentadas con cuidado las nociones de la geografía y los elementos de la aritmética. Aprendió a estudiar cuandoquiera que la responsabilidad  o la fatiga (porque era aficionado al ejercicio) lo impulsaban a los libros. Pero generalmente estaba listo a eludir la completa y esclavizante sujeción a los libros. La historia ha puesto de manifiesto en más de una ocasión la naturaleza desarticulada fragmentaria y superficial de su formación primaria. Y como el discípulo Simón contaba apenas dos años menos que su erudito preceptor Andrés, la prueba más persuasible de la impreparación de Bolívar era la impresionante preparación del joven Bello.  Los vículos afectivos entre discípulo y tutor, aunque equívocos, continuaron durante muchos años y fueron de sumo beneficio para la ulterior labor de la diplomacia revolucionaria. De su joven profesor anotaría Bolívar un año antes de morir: “Fue mi maestro cuando teníamos la misma edad… Yo lo amaba con respeto”. Bajo la indulgente pero habilidosa dirección de Bello, el futuro estadista comenzó a salir con lentitud, pero a salir al fin, del oscuro ámbito de la ignorancia. Ni qué decir tiene que fue indudablemente este gran lingüista y poeta quien suscito en el espíritu de Bolívar el amor a la palabra y el respeto por la poesía.  L

 

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