Aparte 5.  Simón Bolívar, sus años formativos.  Capítulo II.  La infancia. 

Autor: Jairo Sandoval Franky.  Plaza & Janés, Editores. 1991

 

   De Andrés Bello a Simón Rodríguez, el último y más influyente preceptor del joven Bolívar, el paso fue fácil pero drástico. Era Rodríguez un hombre poseedor de una curiosidad inefable, ricamente saciada en la lectura. De ésta había acuñado un caudal de aforismos y de impresiones que usaba hábilmente en el comercio de la vida. Sus viajes, sus observaciones y su escepticismo habían forjado en él a un iconoclasta torvo. Había templado su carácter en la adversidad, el estoicismo o el exilio. Desmesurado y eccéntrico, según dicen, era alternativamente lacónico y locuaz, enégico y flemático, reticente y polemista. Fue una paradoja viviente. Su credo socialista, es decir utópico, superior al de sus contemporáneos, lo puso en lo cierto y en colusión directa con las oligarquías imperantes. Por ambas razones, los faraones civiles y los patriarcas culturales que custodiaban el recalcitrante dogmatismo de su mundo lo excomulgaron de la sociedad civil. Decir: “Los artesanos y los labradores son una clase de hombres que debe ser atendida como lo son sus ocupaciones”, no sonaba bien en la Venezuela de su época. Sus aspiraciones no tenían una naturaleza sedentaria, y desde muy temprano sintió los síntomas del trotamundos. Su larga vida fue una continua peregrinación, un continuo desplazarse física y mentalmente.

 

   Temperamental e incisivo, fue su pensamiento un soplo de brisa racional. A lo escolástico y reaccionario opuso lo inductivo; a la intransigencia cultural de la época, una metodología empirista y científica. Sostuvo un conflicto pedagógico con el jesuitismo de sus compatriotas momificados y se gano, milagrosamente, la amistad de Feliciano Palacios, anciano de estirpe castellana y genio arcaizante, lector y rezandero, que le encargó de inmediato la administración intelectual, por el momento en despildarro, de su nieto Simón. La custodia intelectual del menor recayó en Rodríguez por orden terminante de la Real Audiencia. No sin antes entablarse un escándalo de familia incitado por el carácter contumaz del huerfano: abandonando la casa de si tío Carlos por tratos que el joven consideraba vejatorios, se acoge al amparo de su hermana María Antonia, quien siempre había profesado “un extremo amor a este hermano, considerándolo desde tan tierna edad privado de las caricias de sus padres”. El tribunal sanciona la medida, pero Carlos protesta y demanda la devolución del sobrino. Después de una descompuesta trifulca, llantos, golpes e improperios, es traído por la fuerza a casa de Palacios y de allí, por autorización de la Real Audiencia, a casa de Rodríguez. Pocas personas ejercieron sobre el futuro gran hombre mayor influencia que este persuasivo educador. El discípulo manifestó de inmediato la ambivalencia de su estado: firmes, admirables facultades por un lado, y un alarmante analfabetismo por el otro. El maestro descubrió fácilmente una similitud idiosincrática con su homónimo, la cual creció con el pasar del tiempo hasta cimentarse en una amistad “moral, física y mental”.

 

   La disposición amable de Rodríguez inflamó de inmediato el fervor del adolescente. Rodríguez acopló en las actividades consuetudinarias del muchacho el ejercicio mental al ejercicio físico. Le alternó la gramática con el arte de la esgrima, las matemáticas con la equitación, la natación con la sintaxis. Del célebre Citoyen  ginebrino, padre putativo de revolucionarios europeos y americanos: “el hombre nace libre y en todas partes anda encadenado”; del hombre subversivo a la par que sentimentalista: “¡Julia, oh Julia! ¡Oh, tú, que un tiempo osé llamar mía!”; de ese autor, que si no se creyó mejor, por lo menos se estimó diferente del resto de sus semejantes; de quien se propuso instruir la naturaleza del hombre escribiendo un tratado que comenzo: “Todo está bien al salir de las manos del autor de las cosas; todo degenera en las manos del hombre”; de este elocuente pensador (¿necesito decir que hablo de Rousseau?) había Rodríguez destilado y pasó a su joven compañero el placer de derrumbar las cosas (parafraseando un simil de Voltaire) mientras suenan las trompetas del Señor sobre los muros de Jericó.

 

   Los conocimientos se grabaron cómodamente en el entendimiento de Bolívar y los ejercicios corporales robustecieron la constitución del portentoso atleta. Rodríguez aunaba diversiones a sus enseñanzas para que el joven derivara enseñanzas de sus diverciones. Lo instaba a largas discusiones sobre sus ideales y sobre las ventajas de la excelencia física; dándole así fortaleza a los propósitos  y propósitos a la fortaleza de su educando. Durante largo tiempo fue el guía de Bolívar. Pero, impulsado el profesor por lo que en su patria había de retrógrado  y en sus ideas de progresista, se vío confabulado  en ocupaciones sediciosas  con personajes caraqueños que, burlando la sagrada vigilancia de la Inquisición, habían hecho circular entre otras cosas un panfleto explosivo traducido del francés por un granadino que respondía al nombre de Nariño. De esa manera pasaron los Derechos del Hombre a ser alimento, por ahora indigesto, para el apetito intelectual de su estudiante. Cinco de los conjurados terminaron exhibiendo sus extremidades y sus vísceras en diferentes lugares del país. Deseoso Rodríguez de mantener sus miembros juntos, decidió retirarse a regiones más seguras. Parte intempestivamente la compañía de su entrañable discípulo sin haber podido exterminar los últimos vestigios de su ignorancia infantil. Así quedó preparado el joven caraqueño, no por haber adquirido, sino para poder adquirir toda suerte de conocimientos.  

 

   No sería historiografía lícita en una biografía de Simón el Mozo, abandonar en plena juventud a Simón el Viejo (así los llamaron sus contemporáneos). Rodríguez parte para Jamaica; cruza a Baltimore, en donde por tres años se gana el pan “edificando frases” como tipógrafo, sigue a Cádiz y de allí pasa a la patria de Moliére. Permuta en París su idioma por varias otras lenguas; viaja por el resto del continente; se consagra al estudio de las ciencias esperimentales; se encuentra nuevamente con Bolívar, que se forma ahora su confidente y compañero de aventuras; se separan y el maestro desaparece por un tiempo sin dejar huellas que pueda recoger la historia. Cinco lustros después de haber partido aparece de nuevo por su América. El hombre que ya es Libertador le escribe: “con qué avidez habrá seguido Ud. mis pasos; esos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo”. Y, nada modesto, Rodríguez le responde: “La obra que yo iba a emprender exigía la presencia de Ud…. Y Ud., para consumar la suya , necesitaba de mí”.  Participa transitoriamente en la administración del nuevo orden, Deambula. Viaja a Chile. Se hace botático, agronomista y padre de tres hijos. Se convierte en fabricante de velas, de jabón. Y, al final de su vida, el profesor que en la finca de San mateo había tratado de educar la pólvora, termina fabricándola como incipiente industrialista. Falla; y en un pueblo cualquiera del Ecuador, octogenario pero lúcido y activo, veintitrés años después de muerto su discipulo, muere él la muerte del filósofo: pobre y solo. No estaría fuera de lugar  terminar esta breve reseña del gran inductor afirmando sin evasivas que la vida de Simón Bolívar ha sido el más auténtico homenaje erigido a la memoria de Simón Rodríguez.     

 

   Ni está tampoco fuera de lugar permitir que el discípulo, ya formado, se exprese sobre su maestro, el hombre “más extraordinario del mundo”, como él lo llamó: “No puede Ud. figurarse cuán hondamente se han gravado en mi corazón las lecciones que Usted me ha dado (le escribía Bolívar desde el Perú); no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que Usted me ha regalado”. “Es un filósofo consumado (repetía), es el Sócrates de Caracas…”. “Yo amo a ese hombre con locura”. No son elogios estos desdeñables ciertamente, viniendo como vienen de un maduro y experimentado pensador que había acumulado sus acertadas opiniones sobre la condición humana trajinando desde su juventud con sofistas y soldados, con filósofos y filisteos, con principes y prostitutas.

 

   Toda esta educación discontinua e intrascendente la recibió Bolívar  en las posesiones que su familia tenía en Caracas y en Aragua. Su formación era objeto de preocupación por parte de sus familiares, celosos por darle a la Quinta generación de Bolívares nacida en su América una cultura, tal vez una mentalidad, concordante con la aristocrática genealogía de la familia; genealogía que se remontaba hasta lo más arcano de la historia vasca.  L

 

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