UN ANTIDOTO AL CAOS COLOMBIANO: LA SOCIEDAD CIVIL

"El cambio se gesta en el poder, y el poder se basa en la organización. Para desempeñarse, la ciudadanía debe unirse."   Paul Alinsky

   No se necesita acudir a los anatemas que desde el materialismo histórico antaño se esgrimían  contra “la burguesía", para dar por sentado que ¾en cuanto a Colombia se refiere¾ el grueso  de la responsabilidad del desbarajuste social de la república puede colocarse casi que en su ominosa totalidad, no en la ciudadanía, sino en el conglomerado político (del que los caciques regionales y la élite de poder forman parte). Valga decir, las causas de muchos de los actuales problemas políticos del país pueden, de forma directa o indirecta, próxima o lejana, ponerse a los pies de un conglomerado político que por décadas ¾y en cuanto a sus antecedentes, por siglos¾ ha venido usufructuando sin piedad a Colombia. De lo anterior se desprende que no pueden ser ni los programas de los burócratas de gobierno, ni las disposiciones del Congreso, ni las manos anémicas de los partidos, muchísimo menos las cogitaciones de los "Notables" (miembros los anteriores de la misma conglomeración), los instrumentos críticos que iran a reconstruir la malbaratada nación colombiana.

   Por consecuente, el mejor instrumento de regeneración nacional, libre (hasta cierto punto) de contaminantes institucionales o de vicios políticos, es la sociedad civil. Y lo es simplemente por ser el único poder que logra trabajar pro bono (y pro bono suo)  sin que por ello deba acudir a expedientes ilegitimos. Todo lo contrario, la sociedad civil cumple mejor con sus obligaciones cuando trabaja por y para sí. Y, por ende, cuando obliga al gobierno, a la empresa privada y a la sociedad política a que trabajen en pro de la nación.

   Se deduce, entonces, que ni el gobierno, ni la empresa privada, ni la sociedad política de un país forman parte de la sociedad civil. ¿Quiénes, entonces, o qué entidades, forman el estamento social que se conoce con tal nombre?

   Son varios quienes lo conforman. Pero antes de intentar su enumeración (incompleta, como tendrá que ser) trataré de explicar la razón de ser de la Sociedad civil. Decir, verbigracia, que una sociedad en transición necesita entregarse a un proceso discursivo en el que los problemas nacionales puedan ser debatidos y juzgados en público. Y que ese proceso no puede hacerse tras de bambalinas o estar integrado por grupúsculos políticos o estatales, antes bien, debe ser accesible ¾y no sólo en lo lingüístico¾ a todo ciudadano. Tal trabajo no lo puede llevar a efecto sino la sociedad civil, porque ésta se ubica estratégicamente en el cruce de caminos de los varios elementos sociales que avanzan (o debieran avanzar) en su tarea de proteger, primero al individuo, luego la forma democrática de manejar lo público.

   La fuerza democrática de un país es directamente proporcional a la fuerza de su sociedad civil, y cuando se debilitan las libertades públicas se debilita también la sociedad civil. El capital social que ésta genera es siempre superior a la suma generada por las organizaciones que la componen, y ese capital social es una condición sine qua non para la creación de ese otro gran capital: el económico de las comunbidades y naciones. Es decir, no es la economía la que enriquece a la sociedad civil; sino que es ésta la que enriquece con su existencia y su vigor a la economía. En resumen: la democracia es la forma de gobierno político-económico de la gente libre, y la sociedad civil es el elemento colectivo indispensable de la sociedad democratica.

   Ahora, incumbe tenerse en cuenta que uno de los propósitos de la sociedad civil consiste en influir, a través de las asociaciones privadas, sobre la actuación de los gobiernos y en la vida política de los países y sus comunidades. Lógico entonces suponer que la sociedad civil se da por existente si, y sólo si, las personas y sus grupos filantrópicos gozan de la libertad de proseguir en su servicio social utilizando su propio concepto de lo "bueno" (en sentido práctico) y de llevarlo a fruición sin ninguna interferencia.

   Error craso es suponer que la ciudadanía de un país y la sociedad civil son una sola y misma cosa. Un coronel, un registrador, un congresista, un gerente de empresa, un político, son ciudadanos, mas no por serlo forman parte de la sociedad civil, ni pueden hablar en nombre de ella, aunque sí puedan hablar y trabajar con ella.

   Miembros calificados de la sociedad civil son: las asociaciones profesionales, las académicas, universitarias, artísticas, culturales, recreacionales, deportivas y científicas; las organizaciones pro derechos civiles y humanos; los medios de comunicación realmente independientes, los periodistas; las iglesias, pero no como tales, sino como entes sociales; los centros docentes y artesanales; las comunidades campesinas, las indígenas; los grupos ambientalistas, los movimientos feministas y de género; las ligas estudiantiles y juveniles; las asociaciones familiares y vecinales, las de auxilio público, las de transporte; los centros de salud y las unidades independientes y democráticas de trabajadores, etc. Ahora bien, las organizaciones paramilitares, las violentas de extrema izquierda, y otras de género opuesto, tales como el Opus Dei, no pueden ser parte de la sociedad civil, puesto que disuenan dentro de un contexto de responsabilidades democráticas.

   Algunos analistas formulan tres clases de sociedad civil:

1. El modelo antigubernamental. Justificado sólo en momentos de fermentación pública. Por ejemplo, el surgido dentro del bloque soviético en su momento de desintegración. Este modelo no ofrece una base de trabajo sostenible.

2. El modelo asociativo. Excluye a los grupos comerciales y a los corporativos de mercado, y da énfasis a las asociaciones voluntarias privadas. Se identifica como separado y aparte del sector gubernamental.

3. El modelo comunicacional. Enfatiza la función de la comunicación social como elemento democratizante. Mantiene que la sociedad entra en quiebra cuando el debate público cesa. Problematiza todo lo que es de interés comunal, incluyendo la forma de dialogar, y mantiene que la comunicación debe ser universalmente accesible, inclusivista y libre. Da prioridad a las asociaciones igualitarias, tales como las de derechos humanos, los sindicatos de trabajadores y los "think tanks".

   Ahora bien, la sociedad civil debe transmitir, de grupo en grupo, el hábito de la participación y la responsabilidad cívicas. Es la forma de obtener lo que se conoce con el nombre de “empowerment” (fortalecimiento, empoderamiento), sin cuya existencia nada en las faenas políticas es obtenible. Más aún si se tiene en cuenta que la sociedad civil está siempre corriendo el riesgo de ser cooptada por los políticos, comprada por los empresarios y aplastada por los gobernantes. Valga recordar que el empoderamiento de la sociedad civil marcha "pari pasu" con la regeneración del Estado y la administración y con las reformas políticas que el público suscita.

   Conviene reiterar que la sociedad civil es, por naturaleza, el vehículo filantropico de la crítica social. Pero la crítica que ésta lleve a efecto no debe estar dirigida contra la totalidad del gobierno, del Estado, de las instituciones políticas o de la empresa privada, sino contra la parte, o las partes disfuncionales del gobierno, de la institución política, estatal o privada. Asimismo, conviene recalcar que, en su talante operacional, la sociedad civil no es un enemigo fanático de nadie, pero que sí es un juez implacable de todo. Se trata del concepto del “accountability” (rendición de cuentas) que exige la sociedad civil, sin cuya práctica implacable no puede existir democracia digna de su nombre.

   A manera de conclusión: la sociedad civil necesita edificar su obra reconociendo el papel soberano que las personas y organizaciones que la conforman juegan en la construcción de la democracia moderna, porque, tal como lo postuló Habermas: reconocer la importancia del sector independiente (en el trabajo por una mejor sociedad) es medular al concepto de lo social y su devenir.  L